Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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La Sombra del Cónclave y la Impaciencia de Valoria
La Sombra del Cónclave y la Impaciencia de Valoria
A pesar del entendimiento alcanzado en la intimidad del Jardín de Cristal, la realidad política de la Fortaleza de la Cumbre comenzó a tensarse en las jornadas posteriores.
El archiduque Roderic de Valoria, ajeno a los encuentros secretos entre su hija y el monarca, empezaba a dar muestras de inquietud. La estancia de la comitiva se extendía más de lo previsto y las sesiones matutinas en el Consejo de Estado se volvían cada vez más minuciosas.
En la gran mesa de nogal de la Sala del Cónclave, el canciller Kaelen —un diplomático de rostro afilado, mirada astuta y embajador principal de la Casa de Valoria— dio un golpe nudoso sobre los pergaminos desplegados.
—Majestad —intervino Kaelen, elevando el tono con un matiz de impaciencia difícil de disimular—. Llevamos tres semanas en la capital. Hemos revisado las cuotas de importación de granos, las licencias de pesca y las tarifas de peaje en los puertos del este. Cada detalle ha sido escudriñado tres veces. Nuestros navíos aguardan en los astilleros del sur y el invierno continental se aproxima. Requerimos la firma definitiva del tratado o una explicación formal sobre esta prolongada dilación.
Los consejeros locales de Eldamar miraron a Manuel con aprensión. El Archmaestre Elion apretó su báculo de roble, temiendo que el tono exigente del diplomático extranjero provocara un estallido de irritación en el joven rey y desencadenara una tempestad sobre los tejados del palacio.
Sin embargo, para sorpresa de todos los presentes, Manuel no frunció el ceño ni alzó la voz.
El rey se erguía en su sillón de granito con una postura erguida y serena. A través de los ventanales de la sala, la luz del sol matutino brillaba de manera uniforme sobre los estandartes. Durante las últimas noches, la conversación constante con Valeria y la certidumbre de no estar solo le habían otorgado un dominio sobre sus impulsos que ningún adiestramiento ascético en las catacumbas había logrado jamás.
—El celo por los detalles no es una falta de respeto hacia Valoria, Canciller Kaelen —respondió Manuel con voz grave, pausada y firme—. Es la garantía de que este tratado sobrevivirá a nuestro tiempo. No obstante, comprendo vuestra prisa. Los textos finales están concluidos. Esta misma noche celebraremos un banquete formal en el Gran Salón para sellar la alianza ante los lores de nuestras provincias.
El archiduque Roderic inclinó la cabeza con notable alivio.
—Será un honor, Majestad. Aceptamos gustosos vuestra hospitalidad para cerrar este histórico acuerdo.
No obstante, en la sombra de la sala, el canciller Kaelen no mostraba la misma satisfacción. El diplomático había notado en los últimos días la extraña serenidad del clima y las ausencias prolongadas de la joven Valeria durante las tardes. Intuyendo que algo fuera de su control estaba sucediendo entre los pasillos del palacio, Kaelen decidió actuar por su cuenta para asegurar que el tratado no solo fuera favorable, sino que subordinara económicamente a Eldamar.
Al término de la sesión, Kaelen se reunió en secreto en uno de los balcones de las galerías inferiores con un sirviente de la fortaleza que respondía a los remanentes de la facción del exiliado Lord Malakor.
—El rey está extrañamente tranquilo —murmuró Kaelen con tono desconfiado, ajustándose la capa de terciopelo—. Los rumores decían que era un muchacho inestable, un salvaje cuyas emociones destruyen cosechas. Si firma este tratado con la mente clara, no podremos presionar para obtener las concesiones mineras del norte.
—El rey es inestable, mi señor —susurró el sirviente con voz esquiva—. Solo necesita el empujón adecuado. Si tocáis la herida correcta en el momento preciso, el monstruo de su sangre emergerá y demostrará ante vuestro archiduque que Eldamar está gobernado por un demente.
Kaelen sonrió con malicia, acariciándose la barbilla.
—Esta noche, durante el banquete, pondremos a prueba el temple del soberano —sentenció el canciller.