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90 Minutos Para Volver A Tí

90 Minutos Para Volver A Tí

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El rosario que lo dijo todo

CAPÍTULO 21 —

El festejo por el título todavía no terminaba de calmarse cuando Thiago cruzó medio campo corriendo, con la copa de plástico dorada en una mano y la camiseta empapada de sudor, directo hacia donde yo estaba parada aplaudiendo entre lágrimas.

—¡Mamá! —gritó, saltando a mis brazos con toda la fuerza de sus casi cinco años—. Gracias por estar. Gracias por venir siempre.

Lo abracé fuerte, besándole la frente, sintiendo ese orgullo inmenso que solo una madre puede sentir viendo a su hijo brillar de esa manera. Después se giró hacia Renata, que estaba a mi lado con los ojos húmedos, y la abrazó también con la misma euforia.

—Madrina, ¿viste mi gol? ¡Se lo dediqué a mi ídolo!

—Lo vi todo, mi amor —le dijo Renata, acariciándole el pelo, con una expresión extraña que en ese momento no supe leer del todo.

—Voy a saludar a mi amigo —dijo Thiago de pronto, tomándome de la mano con una decisión que no admitía objeciones—. Ven, mamá, tienes que conocerlo.

Renata intentó decir algo, un "espera, Camila, ven, tienes que..." que quedó cortado a mitad de camino porque Thiago ya tiraba de mi mano con toda su fuerza, arrastrándome hacia la tribuna donde había visto a ese hombre de gorra y anteojos oscuros aplaudiendo su gol.

Diego, que estaba parado justo detrás de nosotras, se puso tenso de golpe. Lo vi de reojo, con esa expresión que ya le conocía, la de los celos que nunca terminaba de disimular del todo, intentando interponerse en el camino con una excusa cualquiera sobre llevarnos a festejar. Pero Thiago, en su euforia absoluta, no le dio ni tiempo ni espacio para lograrlo. Era la primera vez que su ídolo iba a verlo jugar una final, y nada en el mundo iba a impedirle presentármelo.

Llegamos hasta donde estaban Hugo y Bruno, todavía celebrando el título del equipo. Hugo se agachó apenas nos vio acercarnos, abrazando a Thiago con una calidez genuina que me sorprendió viniendo de un hombre que, según me había contado Renata a los tumbos hacía apenas unos minutos, cargaba una tragedia enorme encima.

—Bien, campeón —le dijo, revolviéndole el pelo—. ¿Cómo hiciste esa jugada del segundo gol? Yo tardé años en aprender a definir así.

—No lo sé —respondió Thiago, encogiéndose de hombros con esa naturalidad tan suya—. Una vez te vi hacerla en la tele y me la aprendí.

Hugo soltó una risa genuina, la primera que le vi en toda la tarde, y en ese momento Thiago se giró hacia mí, tirándome otra vez de la mano.

—Quiero que conozcas a mi mamá. Mamá, él es mi ídolo. Lo visité algunas veces cuando la abuela estaba en el hospital. Él también estaba ahí.

Fue en ese instante, al levantar la vista y cruzar mis ojos con los suyos, que sentí que el mundo se detenía un segundo entero.

—Tú eres el del ascensor —le dije, casi sin pensarlo, reconociendo esos ojos verdes que llevaba días sin poder sacarme de la cabeza.

—Y tú eres la del ascensor —respondió él, con una sonrisa que le cambió completamente el rostro—. No sabía que eras la madre de este pequeño gigante.

Algo se encendió entre nosotros en ese instante, algo que no supe nombrar pero que sentí con una intensidad que hacía años no experimentaba, un cosquilleo extraño que me subió por el brazo cuando, sin proponérnoslo del todo, nuestras manos se rozaron al mismo tiempo que él se agachaba para atender el nuevo pedido de Thiago.

—¡Levántame tú! ¡Levántame, por favor! —le pidió mi hijo, con los brazos ya en alto, ansioso.

Hugo lo alzó sin dudarlo, con una facilidad que hablaba de años de entrenamiento, y Thiago, desde ahí arriba, gritó a todo pulmón, señalándolo con el dedo:

—¡Es mi ídolo! ¡Es mi ídolo!

Todos alrededor se rieron con la escena, mientras yo sentía que algo profundo se movía dentro de mí, viendo a mi hijo tan feliz en los brazos de un hombre que, apenas unos días atrás, era solo un desconocido en un ascensor.

—No puedo entender cómo un jugador así no está compitiendo en este momento —le dije, sin pensarlo demasiado—. Perdón, no quise ser indiscreta.

Hugo bajó a Thiago con cuidado y me miró con una expresión que mezclaba tristeza y algo parecido al alivio de poder hablar con alguien que, evidentemente, no conocía del todo su historia.

—Es una historia larga —me dijo, simplemente, justo cuando dos organizadores del torneo se acercaron a buscarlo, pidiéndole disculpas por la interrupción, pero necesitando que subiera al podio a entregar la copa a los campeones, ya que su presencia se había filtrado entre el público y todos pedían que fuera él quien hiciera los honores.

Nos separamos con la promesa tácita de seguir esa conversación en otro momento, mientras Hugo se dirigía hacia el pequeño escenario improvisado en medio de la cancha. Los compañeros de equipo de Thiago, eufóricos, alzaron al niño en andas para la foto de la premiación, levantándolo bien alto entre risas y gritos de festejo.

Fue en ese momento, con Thiago suspendido en el aire entre los brazos de sus compañeros, que el rosario de oro se escapó del cuello de su camiseta, balanceándose a la vista de todos, brillando bajo el sol de la tarde.

Vi cómo Hugo, parado en el podio con la copa todavía en las manos, se quedaba completamente inmóvil, con la mirada clavada en ese pequeño objeto dorado. Su rostro perdió todo el color en cuestión de segundos.

—Bruno —lo escuché decir, con una voz que ya no tenía nada que ver con la alegría de hacía un momento—. Ese rosario... es idéntico al mío. Idéntico al de mi abuela.

Bruno se quedó paralizado a su lado, sin saber qué decir, con una expresión de quien ha sido descubierto guardando un secreto durante demasiado tiempo.

—Hugo, yo...

—Es ella, ¿verdad? —dijo Hugo, con la voz quebrada, girándose hacia su amigo con una urgencia que no admitía evasivas—. La mujer de aquella noche. Es ella. Es la madre de Thiago.

Renata, que había estado observando todo desde unos metros de distancia, se acercó rápidamente hasta donde estábamos Bruno y yo, con el rostro pálido, sin saber cómo intervenir en un momento que evidentemente se les había escapado de las manos a los dos.

—Madrina —dijo Thiago en ese instante, todavía en brazos de sus compañeros, extendiendo los brazos hacia Renata con esa inocencia que no tenía idea del terremoto que estaba provocando—. ¡Madrina, ven!

Fue esa sola palabra, "madrina", la que terminó de cerrar el círculo en la cabeza de Hugo. Lo vi procesarlo todo en tiempo real: Renata como la mejor amiga de Camila, la madrina de Thiago, la misma mujer que meses atrás le había dicho, sin dar más detalles, que la mujer de aquella noche "estaba reconstruyendo su vida".

Diego, que había llegado hasta la escena unos segundos antes, notó el cambio en el rostro de Hugo y trató de intervenir, tomándome del brazo con una excusa apurada sobre "ir a buscar algo para festejar". Pero Thiago, todavía eufórico, se soltó de sus compañeros y corrió hacia nosotros, interponiéndose sin saberlo entre los dos hombres.

—¡Fue el mejor día de mi vida! —gritó, abrazándose a la pierna de Hugo, ajeno por completo a la tormenta que acababa de desatar.

Hugo se agachó, lo abrazó, y por encima de la cabeza del niño me miró fijamente, con una mezcla de dolor y esperanza que nunca había visto en el rostro de nadie.

—Camila —dijo, pronunciando mi nombre por primera vez, como si necesitara comprobar que era real—. Tenemos que hablar. Los dos. Ahora mismo, si es posible.

Diego, a mi lado, apretó la mandíbula con una furia contenida que no logró disimular del todo.

—No creo que sea el momento —intervino, con una frialdad que me sorprendió—. Camila tiene una hija... un hijo que atender, y vos, Hugo, tenés una premiación que terminar.

—Diego —dijo Hugo entonces, con una voz que de pronto se volvió gélida, clavándole una mirada que evidentemente cargaba con años de historia entre los dos—. No te metas en esto. No tenés ningún derecho a opinar sobre mi vida. Ya bastante daño hiciste con la tuya.

Sentí que el aire se cortaba entre ellos, una tensión antigua que evidentemente no tenía nada que ver conmigo ni con Thiago, sino con algo mucho más viejo y mucho más doloroso que apenas estaba empezando a asomar.

—Grandioso sería que fueras mi papá, ¿verdad? —dijo Thiago de pronto, todavía en los brazos de Hugo, ajeno a toda la tensión de los adultos, con esa inocencia devastadora que solo tienen los niños—. Sé jugar como tú. Sé gambetear como tú. Mi mamá dice que mi papá algún día va a venir por nosotros, pero no sabemos dónde está.

Esas palabras cayeron sobre todos los presentes como una losa. Vi cómo el rostro de Hugo se partía al medio, cómo sus ojos se llenaban de lágrimas que ya no intentaba contener, mientras sostenía a mi hijo en sus brazos sin saber todavía —o quizás sabiéndolo ya, con esa certeza instintiva que solo da la sangre— que estaba abrazando, por primera vez, a su propio hijo.

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