La protagonista
(La Reina de Concreto)
Edad y Profesión: 42 años. CEO de Rangel & Asociados Ingeniería, una de las firmas de arquitectura y construcción más cotizadas del país. Seria, con carácter.
El protagonista
Gael "Gaelito" Navarro Fuentes (El Torbellino de Azúcar)
Edad y Profesión: 35 años. Arquitecto de alma bohemia.
Personalidad: Mide 1.90 m, tiene un cuerpo de infarto, una cara de ángel que es pura fachada y una sonrisa burlona que desarma a cualquiera.
La cupido de la historia
Zoe (10 años): Una miniversión de su padre pero con un doctorado en ironía. Lengua afilada, defensora de la justicia y alérgica a la prepotencia y a la gente altanera. Odia mortalmente a la "amiga fija" de su papá, a quien considera una grosería estética y mental.
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CONSPIRACIÓN FAMILIAR, EMBOSCADA A LA CARTA Y UNA PREGUNTA LETAL
—De ninguna manera —articuló Miranda con voz trémula pero letal, clavando las uñas en el borde de su escritorio de cristal—. Mis padres no van a organizar un almuerzo improvisado con la persona exacta que... que... ¡que interrumpe mi jornada laboral con total impunidad!
Antes de que pudiera terminar de armar su defensa legal y desterrar a Gael del despacho de un plumazo, Doña Teresa ya había sacado su teléfono móvil de última generación de la cartera y, con una velocidad digital que envidiaría cualquier adolescente, sus pulgares volaban sobre la pantalla táctil.
—No seas aguafiestas, mi amor. Un buen almuerzo en familia —y por familia ya incluimos al arquitecto, que tiene una labia maravillosa— le va a sentar de maravilla a tu cutis y a tu pésimo humor —sentenció su madre sin apartar los ojos del teléfono, dándole a enviar a un mensaje masivo en el grupo familiar de WhatsApp—. Listo. Ya avisé a tus hermanos, a los muchachos y a tus amigas. Nos vemos todos a la una en el restaurante de la terraza panorámica del este.
Gael, que se había mantenido recostado contra el marco de la puerta con las manos en los bolsillos y una sonrisa de medio lado que rozaba la provocación, soltó una carcajada suave y profunda.
—Bueno, ingeniera Guzmán, parece que la junta directiva familiar votó por unanimidad y yo acabo de salir electo como el invitado de honor a la ejecución de sus normativas de distancia —bromeó Gael, arqueando una ceja con absoluta picardía—. ¿Se pone su mejor abrigo o la llevo yo en mi camioneta para asegurarme de que no escape hacia la zona de obras?
—Usted no me lleva a ninguna parte, arquitecto Fuentes —espetó Miranda con el rostro encendido de ira y vergüenza, levantándose de la silla con tanta brusquedad que el asiento rodó hacia atrás—. ¡Esto es un secuestro corporativo y emocional! ¡Y ustedes dos... —señaló a sus padres con un dedo acusador—, están cruzando una línea muy peligrosa!
Media hora más tarde, a pesar de sus protestas formales, sus amenazas de huelga administrativa y su intención manifiesta de atarse a las patas del escritorio, Miranda se vio arrastrada hasta el exclusivo restaurante de la terraza panorámica. El establecimiento, situado en lo alto de un edificio de diseño vanguardista, ofrecía una vista privilegiada de la ciudad, mesas al aire libre rodeadas de plantas ornamentales y una brisa que mecía con elegancia los manteles blancos.
Pero lo que terminó de dinamitar lo poco que le quedaba de paciencia no fue la vista, sino los comensales.
Al llegar a la mesa reservada al fondo de la terraza, Miranda se detuvo en seco, sintiendo que la sangre se le subía a las sienes con la fuerza de una caldera a presión. Sentados alrededor de un amplio comedor circular estaban, sin faltar un solo integrante, sus dos hermanos mayores con sus respectivas esposas, sus dos hijos —Iker y Thiago, que la miraban con una sonrisa de absoluta complicidad juvenil— y, para colmo de males, sus inseparables amigas Gisela y Adriana, quienes brindaban con copas de agua con gas y una cara de satisfacción digna de una conspiración de película de espías.
—¡Sorpresa general! —exclamó Gisela al verla llegar, levantando la copa en un brindis burlón—. Nos enteramos por el chat de la matriarca que había una intervención quirúrgica de urgencia para extirparle el mal humor a la reina de concreto, ¡y no podíamos faltar a la función!
Miranda sintió que las piernas le temblaban de pura furia contenida. Alternó la mirada entre su madre —que sonreía con una inocencia fingida maravillosa—, su padre, sus hermanos que la saludaban con la mano, y finalmente a Gael, quien caminaba justo detrás de ella con las manos en los bolsillos, disfrutando del espectáculo como si fuera el director de orquesta de una ópera bufa.
—Esto es... esto es el colmo del acoso coordinado —masculló Miranda entre dientes, con los nudillos blancos de tanto apretar el bolso de cuero—. Se pusieron todos de acuerdo para fastidiarme la existencia. ¡Juro que me voy en este mismo instante! No pienso formar parte de este circo romano familiar.
Dio media vuelta sobre sus tacones, dispuesta a marchar hacia los ascensores y desaparecer de la faz de la tierra antes de que alguien pudiera pronunciar una sola palabra más.
—¿Te vas a ir sin despedirte de mí, ingeniera?
La voz infantil, aguda y cargada de una ironía inconfundible detuvo sus pasos en seco justo cuando cruzaba el umbral decorativo de la terraza.
Miranda giró la cabeza con lentitud, sintiendo que el destino se ensañaba con ella de una manera cruel. De pie junto a una de las columnas de cristal, con su mochila escolar al hombro y una expresión de absoluta suficiencia, estaba Zoe. La niña había llegado directamente del colegio gracias a un desvío estratégico perfectamente planeado.
—A mí papá le pareció mala idea que almorzaras sola deprimida con una hoja de cálculo, así que le mandó un mensaje al transporte escolar para que me dejara aquí en la terraza —explicó Zoe con total naturalidad, caminando hacia ella con pasos firmes y cruzándose de brazos frente a la atónita mirada de la CEO—. Aunque, viendo que estás a punto de salir corriendo como si te persiguiera una apisonadora, tengo que hacerte una pregunta seria.
Miranda se quedó estática, atrapada entre la mirada divertida de toda su familia y la pequeña jueza de diez años que la observaba con los ojos claros bien abiertos.
—¿Qué cosa, Zoe? —preguntó Miranda con un hilo de voz que intentaba mantener el decoro a duras penas.
Zoe ladeó la cabeza, inclinándose un poco hacia adelante con una curiosidad genuina que desarmaba cualquier intento de defensa.
—Dime la verdad, ingeniera... a qué le tienes tanto miedo en realidad —lanzó la niña con la precisión quirúrgica de un dardo envenenado—. ¿Le temes a que el edificio salga mal diseñado, o le temes tanto a mi papá que prefieres huir antes de darte cuenta de que te está gustando bailar con él?
Un silencio absoluto se extendió por toda la terraza. Los hermanos de Miranda abrieron los ojos como platos, Gisela escupió el agua con gas que tenía en la boca intentando no ahogarse, y Doña Teresa esbozó una sonrisa de orgullo absoluto ante la audacia de su improvisada nieta postiza.
Miranda sintió que el suelo se abría bajo sus pies, preguntándose si el concreto de la terraza resistiría el sismo emocional que acababa de desatar una niña de diez años con una simple pregunta.