De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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CAPÍTULO 7 LA HUIDA Y EL PELIGRO
El sol apenas empezaba a pintar de gris el cielo cuando Damián abrió los ojos. No había dormido casi nada; cada ruido en el pasillo lo había mantenido alerta, con el corazón en la garganta, repasando una y otra vez la señal que Gael le había enviado la noche anterior. Sabía que no podía quedarse allí esperando a que la situación empeorara: su padre no dudaría en cumplir cada una de sus amenazas, y cada hora que pasaba encerrado era una hora más en la que Gael corría peligro por su culpa. Se sentó al borde de la cama, frotándose la cara con las manos, y miró hacia la ventana: estaba en el segundo piso, la caída era peligrosa, pero no imposible si tenía cuidado.
Se acercó despacio a la puerta y pegó la oreja. No se escuchaba nada más que el silencio profundo de la casa. Recordó que su madre le había mencionado que su padre saldría temprano a una reunión de negocios que le tomaría todo el día, y que solo quedaría la empleada doméstica en la planta baja, una mujer mayor que nunca se metía en asuntos de la familia y que a veces le miraba con compasión. Con manos temblorosas, revisó el marco de la ventana: la reja de seguridad estaba atornillada pero los tornillos estaban viejos y oxidados. Buscó entre sus cosas y encontró unas tijeras grandes de metal que usaba para sus cuadernos y dibujos. Durante lo que pareció una eternidad, trabajó en silencio, girando con paciencia hasta que uno de los tornillos soltó, luego el segundo, hasta que pudo levantar la reja con un leve chirrido que lo hizo contener la respiración.
Ató las sábanas y una manta gruesa que tenía en la cama, haciendo nudos fuertes y apretados, consciente de que su vida y la posibilidad de volver a ver a Gael dependían de que no fallara ni un solo nudo. Lo ató firmemente al pie de la cama, que era pesada y sólida, y dejó caer el resto por el borde hasta que tocó el suelo del jardín. Respiró hondo una última vez, guardó en una mochila lo poco que tenía: unos documentos, una muda de ropa, la pequeña máscara negra que había guardado en su escritorio, y salió por la ventana, bajando despacio, sintiendo cómo el viento le golpeaba la cara y el miedo le helaba la sangre. Cuando sus pies tocaron el pasto húmedo por el rocío, no perdió ni un segundo: se agachó entre los arbustos, cruzó el jardín pegado a la pared y saltó la verja trasera que daba a un callejón desierto.
Mientras tanto, Gael ya estaba despierto. No había podido dormir pensando en la mirada de Damián contra el cristal, en que tenía que sacarlo de allí antes de que fuera demasiado tarde. Había estado investigando durante horas: sabía los horarios aproximados de la casa, las rutas que solían tomar, y había esperado en un lugar discreto, lejos de las cámaras de vigilancia, por si acaso Damián encontraba una forma de salir. Cuando vio aparecer su figura delgada y apresurada al final del callejón, el corazón se le detuvo un instante y luego volvió a latir con fuerza desbocada. Corrió hacia él y cuando estuvieron frente a frente, ninguno de los dos pudo hablar al principio: Damián temblaba de pies a cabeza, tenía los ojos rojos y el cabello desordenado, y Gael no dudó en tomarlo suavemente entre sus brazos, sintiendo al instante cómo el Omega se aferraba a su ropa como si fuera su único salvavidas.
—Estás aquí… de verdad estás aquí —susurró Damián contra su pecho, con la voz quebrada por las lágrimas—. Pensé que quizás me odiabas por esa nota.
—Nunca te habría creído esas palabras —respondió Gael con voz firme pero tierna, apartándole con suavidad el rostro para mirarlo a los ojos—. Sabía que algo te obligaba a decirlo. Pero no podemos quedarnos aquí. Si se dan cuenta de que has escapado, vendrán a buscarte de inmediato. Vamos.
Empezaron a caminar rápido, tratando de no llamar la atención, tomando calles laterales y senderos poco transitados. Damián le contó entre susurros todo lo que había pasado: la amenaza contra Gael, la obligación de escribir la mentira, el encierro, el miedo constante. Mientras escuchaba, la rabia crecía en el pecho de Gael, pero la mantenía bajo control, sabiendo que lo único importante ahora era mantener a Damián a salvo. Sin embargo, no habían recorrido ni diez cuadras cuando escucharon el sonido de un motor acercándose a toda velocidad. Gael se giró y vio un vehículo negro, el mismo que solía usar el padre de Damián, que avanzaba por la avenida principal escaneando cada rincón.
—¡Se han dado cuenta! —dijo Damián pálido, agarrándose con más fuerza al brazo de Gael.
—Por aquí, rápido —indicó Gael tirando de él hacia un pasadizo estrecho entre dos edificios, luego hacia un parque abandonado y cubierto de maleza que conocía por haber ido a tomar fotos allí antes. Corrieron hasta que les faltó el aire, con el corazón golpeando contra las costillas, escuchando a lo lejos el sonido de otros motores y voces llamando el nombre de Damián. Se escondieron debajo de la estructura de madera de un viejo patio de juegos, entre las sombras de unos arbustos muy altos, y se quedaron inmóviles, tratando de contener la respiración mientras pasaba cerca un guardia de seguridad mirando a todos lados.
Cuando el ruido se alejó un poco, se dejaron caer en el suelo cubierto de hojas secas, intentando recuperarse. Damián tenía la mirada perdida y las manos le temblaban incontrolablemente; su instinto de Omega estaba alerta, inundado de ansiedad y pánico al sentir que los cazaban como si fuera una propiedad perdida. Gael se dio cuenta de inmediato, se acercó más a él y dejó salir su aroma calmante y protector, envolviéndolo en su abrazo para que pudiera sentirse seguro al menos unos minutos. Apoyó la barbilla sobre su cabeza y le habló con voz suave y lenta:
—Respira conmigo, Damián. Despacio. Estás a salvo conmigo. Nadie te va a llevar de vuelta si tú no quieres. Yo te prometo que no te soltaré.
Damián enterró el rostro en su hombro y lloró en silencio, dejando salir todo el miedo, la frustración y la tristeza que había acumulado durante días. Por primera vez en mucho tiempo se sentía protegido, pero al mismo tiempo sabía que el peligro no había terminado, que estaban huyendo sin saber muy bien hacia dónde ir.
—No puedo llevarte a mi casa —explicó Gael después de un rato—. Lo primero que revisarán será mi barrio y mi casa. Tampoco podemos ir a un hotel o lugar público, porque nos buscarán en todos lados. Conozco una cabaña muy lejos de la ciudad, en un bosque cerca del río, donde solía ir mi abuelo. Nadie va a pensar en buscarte allí. Es un camino largo y difícil, pero es el único lugar donde podremos estar tranquilos por un tiempo y pensar qué hacer.
—Iré a donde tú vayas —respondió Damián sin dudarlo ni un segundo, levantando la mirada hacia él—. Contigo iría hasta el fin del mundo si es necesario. Solo no me dejes solo.
Retomaron la marcha con paso más rápido, saliendo de la ciudad y tomando el camino de tierra que se adentraba en el campo. Pero la suerte no parecía estar de su lado: cuando ya estaban cerca del límite urbano, vieron que habían puesto un control de vehículos y personas en la salida principal. Los hombres que trabajaban para su padre revisaban cada rostro y cada bolso.
—Están cerrando todas las salidas —dijo Damián con desesperación—. Nos van a encontrar.
—No van a encontrarnos —respondió Gael mirando a su alrededor—. Hay un viejo camino de tierra que atraviesa el bosque por el lado norte, casi nadie lo usa y está muy mal señalizado. Es más largo y más peligroso, pero es nuestra única opción.
Se desviaron hacia ese camino. El terreno era irregular, lleno de piedras y ramas bajas que les golpeaban la ropa y la cara. El sol ya había subido del todo y el calor empezaba a apretar, pero no se detuvieron. Sin embargo, el sonido de pisadas y voces se escuchó detrás de ellos: los habían seguido la pista hasta allí.
—¡Damián! ¡Sal de ahí y ven con nosotros antes de que esto se ponga peor! —gritó uno de los hombres, acercándose acompañado de dos personas más.
Gael empujó suavemente a Damián hacia un sendero más estrecho entre los árboles.
—Corre hacia adelante, sigue el sonido del río, no te detengas por nada. Yo los entretengo y te alcanzo enseguida.
—No, no te voy a dejar solo —se opuso Damián aferrándose a él.
—Es la única forma de que los dos salgamos bien —le dijo Gael tomándole la cara entre sus manos, con una expresión seria y decidida—. Confía en mí. Corre.
Damián tuvo que obligarse a obedecer. Empezó a correr entre los árboles, mirando hacia atrás una y otra vez con el corazón roto, mientras veía a Gael enfrentarse a ellos para bloquearles el paso. Escuchó voces alteradas, luego un empujón, y luego el silencio que le heló la sangre, pero siguió corriendo como le había pedido, con las lágrimas nublándole la vista, hasta que el ruido quedó muy lejos. Siguió el sonido del agua como le había dicho, y horas después, cuando el sol ya empezaba a caer, llegó hasta una pequeña construcción de madera cubierta de hiedra: la cabaña. Se quedó esperando allí, cada minuto le parecía una eternidad, temblando de frío y de angustia, preguntándose si había cometido un error al huir, si le había pasado algo malo a Gael por su culpa.
Cuando por fin escuchó pasos acercándose y vio aparecer la figura de Gael entre los árboles, con la ropa rasgada y un golpe en la mejilla, Damián corrió hacia él y se abrazó con tanta fuerza que casi lo derriba.
—Pensé que te habían hecho daño… pensé que te había perdido —sollozó contra su pecho.
—Estoy bien, aquí estoy —le consoló Gael acariciándole la espalda—. Logré despistarlos, pero no nos engañemos: saben que estamos por esta zona. No estamos a salvo todavía.
Entraron en la cabaña, fría y llena de polvo, pero al menos cerrada y oculta. Se sentaron en el suelo, sin decir nada por un buen rato, sintiendo el peso de todo lo que habían vivido en un solo día. Habían logrado escapar, sí, pero ahora eran dos personas huyendo, perseguidas, sin saber cuánto tiempo tendrían paz antes de que los encontraran de nuevo. Y lo peor de todo era que, aunque estaban juntos, sabían que la verdadera lucha apenas comenzaba y que nada sería fácil ni sencillo.
Damián miró sus manos entrelazadas y luego miró hacia la ventana sucia, donde se veía el bosque oscurecerse. Había conseguido libertad, pero esa libertad tenía un precio muy alto, y ambos tendrían que pagar cada segundo de ella luchando. No había felicidad tranquila, ni descanso, ni promesas fáciles: solo ellos dos, en medio de la nada, intentando sobrevivir a un mundo que se empeñaba en separarlos a toda costa.