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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21

Las heridas invisibles

El Capitán Duarte sabía que algo andaba mal desde la primera noche.

Santiago Herrera había llegado al hospital militar en Estados Unidos con las heridas de un hombre que debería estar muerto: daño craneal por impacto de escombros, tres costillas rotas — una de las cuales había perforado el hígado —, fractura de tibia derecha, laceraciones múltiples en torso y brazos, y lo peor, lo que los médicos no descubrieron hasta el tercer día: pérdida auditiva severa en ambos oídos. La explosión le había dañado los tímpanos y los huesecillos del oído medio. El Dr. Jackson dijo que podría recuperar algo de audición con cirugía y rehabilitación, pero que nunca volvería a oír como antes.

Santiago escuchó el diagnóstico sin expresión. Asintió. Pidió un vaso de agua. Bebió. No preguntó nada.

Esa noche, Duarte lo encontró en el pasillo del hospital, descalzo, con la bata abierta y el yeso de la pierna arrastrando por el suelo. Estaba parado frente a la ventana, mirando el estacionamiento vacío. No se movía.

—Herrera. Vuelve a tu cuarto.

Santiago no respondió. No se dio la vuelta. Duarte se acercó y le tocó el hombro. Santiago se sacudió como si le hubieran dado una descarga eléctrica.

—Herrera.

—No te escuché llegar —dijo Santiago. La voz era plana, desnuda de emoción—. No escucho nada del lado izquierdo. Del derecho solo un zumbido constante. Como estática de radio.

Duarte lo acompañó de regreso al cuarto. Se sentó en la silla de visitas y se quedó hasta que Santiago se durmió — o fingió dormirse, porque Duarte sabía que Santiago no dormía. Llevaba cinco noches sin dormir más de cuarenta minutos seguidos. Las enfermeras lo reportaban: se despertaba gritando, o se despertaba en silencio — que era peor, porque el silencio significaba que el grito se había quedado adentro.

El Dr. Jackson habló con Duarte a la semana.

—Los síntomas físicos son consistentes con las heridas. Pero hay algo más. La agitación, el insomnio, las arcadas secas, la incapacidad de comer sólidos. Sospecho un componente psicológico significativo. Trauma agudo. Posible trastorno de estrés postraumático.

—¿Se lo dijo a él?

—Se lo sugerí. Me dijo que estaba bien. Me dijo que solo necesitaba que le arreglaran los oídos.

Duarte conocía a Santiago desde hacía cuatro años. Lo había visto entrar a campos minados sin pestañear. Lo había visto desactivar una bomba de relojería con las manos firmes mientras todos los demás corrían. Lo había visto cargar a un niño muerto durante tres kilómetros por un desierto porque no quería dejarlo en la arena.

Lo que no lo había visto hacer nunca era esto: pateaba las paredes del cuarto cuando creía que nadie lo veía. Se inclinaba sobre el lavabo con arcadas que no producían nada — arcadas secas que le sacudían el cuerpo entero como si quisiera vomitar algo que no era comida sino recuerdo. Y una noche, a las tres de la mañana, Duarte pasó por la puerta entreabierta y vio lo que nunca pensó que vería: Santiago sentado en el borde de la cama con las manos sobre la cara y los hombros sacudiéndose. Llorando sin sonido. Como el niño de la bomba en Hapir — con la boca cerrada, con las lágrimas cayendo entre los dedos, con la disciplina brutal de alguien que ni siquiera en su momento más destruido se permite ser ruidoso.

Duarte cerró la puerta sin hacer ruido. Se apoyó contra la pared del pasillo y se quedó ahí un minuto, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada. Había visto a hombres morir. Había visto a hombres perder brazos y piernas y gritar hasta quedarse sin voz. Pero nunca había visto a Santiago Herrera llorar, y esa imagen le hizo más daño que cualquier cosa que hubiera visto en quince años de servicio.

Hay cosas que un capitán no puede arreglar. Y hay cosas que un hombre necesita hacer solo, aunque hacerlas solo sea exactamente lo que lo está destruyendo.

---

Valentina se estaba cayendo a pedazos en un apartamento en Ciudad de México.

El pelo seguía cayéndose — cada mañana había más mechones en la almohada, más hebras en el cepillo, más cabello en el desagüe. El espejo del baño le devolvía una cara que no reconocía: más delgada, más pálida, con ojeras que parecían pintadas con tinta. Había perdido cinco kilos en tres semanas.

CANDY fue nominada al premio internacional de fotoperiodismo. La ironía era tan perfecta que dolía: la foto que documentaba el peor día de su vida era considerada la mejor foto del año. Valentina recibió la notificación por correo electrónico. La leyó. Cerró la computadora. Se acostó en la cama.

Andrea la llamaba todos los días. Valentina contestaba uno de cada tres. Las conversaciones duraban tres minutos.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Val.

—Estoy bien, Andrea. De verdad.

—No me estás dejando ayudarte.

—No necesito ayuda.

Mentira. Necesitaba ayuda. Necesitaba que alguien le dijera que no era su culpa, que los dulces no eran su culpa, que los niños no eran su culpa, que Samir no era su culpa. Pero la persona cuya voz necesitaba escuchar estaba en algún lugar del mundo con los oídos rotos y el cuerpo destruido, y Valentina no lo sabía. No sabía dónde estaba. No sabía si estaba vivo.

El martes de la cuarta semana, fue a la base militar.

Había una oficina de enlace para familias y contactos de personal desplegado. Valentina fue y esperó. Llenó un formulario. Esperó más. Un sargento la atendió.

—Busco al Teniente Santiago Herrera. Unidad de desminado, Fuerza Conjunta Especial, última asignación en Hapir.

El sargento revisó una computadora.

—No tengo autorización para dar información sobre personal en tratamiento médico.

—¿Está en tratamiento?

—No puedo confirmar ni negar eso, señorita.

Valentina volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Cinco días sentada en una silla de plástico en la oficina de enlace, esperando algo — una respuesta, una dirección, un número de teléfono. Cualquier cosa.

Al quinto día, el sargento le dijo:

—Señorita Mora. El personal que usted busca ha sido trasladado a un centro de tratamiento fuera del país. No puedo darle más información. Lo siento.

Valentina salió de la oficina. Se sentó en la banqueta de enfrente. Miró las puertas cerradas de la base militar con la misma expresión con que había mirado las fosas comunes al borde de la carretera de Hapir — no con horror, sino con la resignación helada de quien entiende que hay muros que no puede cruzar.

Tres meses de silencio. Ninguna llamada. Ningún mensaje. Ninguna dirección. Santiago Herrera existía en algún lugar del mundo con los oídos destruidos y el cuerpo roto, pateando paredes y llorando en silencio a las tres de la mañana. Y Valentina existía en un apartamento en Ciudad de México con el pelo cayéndose y CANDY nominada a un premio y el recuerdo de unos dulces que no la dejaban dormir.

La distancia entre ellos no se medía en kilómetros. Se medía en silencios — los de él porque no podía oír, los de ella porque no podía hablar.

Dos personas destruidas por la misma explosión, sufriendo en paralelo, sin saber que la otra estaba sufriendo. Sin saber que a tres mil kilómetros de distancia, alguien más se despertaba gritando — o peor, se despertaba en silencio.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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