Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Capítulo 11
Emma
Sin poder articular una sola palabra, él hizo exactamente lo mismo. El ambiente dentro del vehículo era asfixiante, cargado de una electricidad peligrosa.
—Dame una respuesta, Emma —exigió, mirándome de reojo con los nudillos blancos sobre el volante.
—¿Qué quieres que te diga? —solté, sintiendo el pánico arañarme el pecho—. Si apenas se enteraron de la existencia del contrato hicieron semejante escena... ¡imagina lo que pasaría si les decimos que nos vamos a divorciar!
Dilan se quedó en absoluto silencio. No volvió a abrir la boca en todo el trayecto. Al llegar a nuestro edificio, bajé del auto a toda prisa, pero él me siguió el paso, implacable.
—Me quedaré esta noche —sentenció con una voz ronca y cortante al pasar por mi lado en el vestíbulo.
Podía sentir la rabia contenida que vibraba en cada uno de sus músculos. Su expresión rígida lo decía todo: estaba al límite.
—Ya cambiaron el colchón, así que puedes dormir en mi habitación —le dije, intentando sonar indiferente mientras pasaba por su lado para dejar las llaves.
Pero Dilan no me dejó avanzar. Me tomó firmemente de la muñeca, guiándome sin brusquedad pero con total autoridad hacia el sofá, obligándome a sentarme a su lado. Se inclinó hacia mí, acorralándome con su presencia.
—No te pregunté si mis padres estarían de acuerdo, Emma —articuló, fijando sus ojos oscuros en los míos con una seriedad que me resultó amenazadora, pero al mismo tiempo extrañamente imponente—. Te pregunté si tú te quieres divorciar de mí.
Nunca antes lo había visto así. Desprendía un aura de poder y posesividad que me dejó sin aliento.
—Pues... en primer lugar, yo nunca quise casarme —respondí, desviando la mirada para que no notara cuánto me afectaba.
—Bien, eso ya lo sé. Yo tampoco quería —admitió él, encogiéndose de hombros con frialdad—. Pero vi la oportunidad. Eras mi secretaria: eficiente, inteligente y linda. Me pareció una buena opción, ya te conocía. Por eso decidí cambiar de esposa a último minuto.
—Una pésima idea —susurré con amargura.
—Hasta el momento no me arrepiento —declaró, tomándome de la barbilla para obligarme a mirarlo de frente—. No me equivoqué en esa decisión, y esta noche me lo confirmaste. Ahora solo quiero saber si pretendes seguir adelante con esto o si quieres darle fin.
—Nadie estará de acuerdo, Dilan —insistí, buscando cualquier excusa para no mirar lo que realmente sentía—. Deja que te recuerde que antes de nosotros hay dos familias que son socias. Hay dos empresas de por medio y una inversión millonaria. Si nos divorciamos, todo eso se vendrá al carajo. Estos dos años habrán sido en vano y todo lo que sacrifiqué por este matrimonio se irá directo a la basura, como si nunca hubiera existido.
Me puse de pie de un salto, sintiendo el ardor de las lágrimas agolparse de nuevo en mis ojos.
—¡A la mierda todo eso! —estalló él, levantándose también y acortando la distancia—. ¡¿Tan difícil es que pienses en ti primero?!
—¡Pienso en mí! ¡Justo ahora estoy siendo egoísta! ¡No quiero volver a la casa de mis padres, no quiero estar bajo esa maldita presión de nuevo! —le grité con todas mis fuerzas, liberando el nudo de mi pecho—. Pero tú estás complicando las cosas. Primero con lo del contrato y ahora con esto... ¡Deja de hacer esto, Dilan! Podemos seguir exactamente como antes.
—Ya nada es como antes —dictaminó él, recuperando una calma gélida que me erizó la piel. Me clavó una mirada profunda—. Por eso quiero saber si vas a renunciar a esto.
—No puedo, Dilan. Por más que quiera, no puedo.
—Yo puedo hacerlo posible —murmuró. Con una lentitud exasperante, tomó mi mano izquierda y, deslizando sus dedos con suavidad, me quitó el anillo de bodas—. Si tú me lo pides, yo puedo terminar con esto de una vez por todas.
Nuestros ojos se conectaron en un choque magnético. El silencio nos arropó, denso, pesado. Ninguno de los dos se movió ni respiró; nos quedamos suspendidos en el tiempo, con él sosteniendo mi anillo en la palma de su mano.
—Pensé... pensé que querías acostarte conmigo —solté en un hilo de voz, desafiando el abismo que se abría entre nosotros.
—Quiero hacerlo. Más de lo que imaginas.
—¿Entonces por qué me preguntas estas cosas?
—Porque no te voy a obligar. Debe ser mutuo, ¿te acuerdas?
Asentí lentamente, tragándome el orgullo. Con dedos temblorosos, le arrebaté el anillo de la palma de la mano y me lo deslicé de nuevo en el dedo.
—Por ahora no quiero divorciarme. Si llega la ocasión, te lo diré —declaré.
Dilan dio un paso al frente, me tomó con firmeza de la barbilla y me obligó a mirarlo con una intensidad abrasadora.
—No habrá más ocasiones, Emma. Ya no te dejaré ir —sentenció, justo antes de atrapar mis labios en un beso profundo, posesivo y hambriento.
—Espera... —le rogué, apartándolo apenas unos milímetros con el corazón desbocado—. No nos hemos bañado.
—Hagámoslo juntos —susurró contra mi oído, levantándome en vilo para llevarnos directo a la habitación.
...****************...
Otro día más en la oficina. Todo marchaba con la rutina impecable de siempre, pero bajo la superficie, yo era un manojo de nervios. Todavía me dolía la mejilla por la bofetada que me había dado mi madre el día anterior. Lo peor era que ni siquiera se había molestado en llamar; siempre que se sobrepasaba conmigo solía telefonear para pedir disculpas falsas, pero esta vez el silencio era absoluto.
—Buenos días —una voz chillona e hipócrita me sacó de mis pensamientos.
Levanté la cabeza de golpe. Mi hermana estaba de pie frente a mi escritorio.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, poniéndome a la defensiva.
—Vine a ver a mi... —se interrumpió fingiendo timidez, pasándose un mechón de cabello por detrás de la oreja—. Perdón, es la costumbre. Vine a ver a Dilan.
En ese momento, la puerta de la oficina presidencial se abrió y salieron varios ejecutivos de alto rango. Dilan venía tras ellos; la reunión acababa de concluir.
—Necesitas una cita previa para verlo —le advertí en voz baja.
—No creo que sea necesario. Después de todo, somos familia —soltó ella con una sonrisa de suficiencia, abriéndose paso con arrogancia entre los hombres del pasillo.
Negué con la cabeza, sintiendo una mezcla de desprecio y fastidio al verla entrar sin remordimientos a la oficina de mi esposo.
—Esa mujer sí que tiene osadía —comentó Diego, el hermano menor de Dilan, acercándose a mi escritorio con pasos perezosos.
—Así es. Mira que entrar sin permiso... A Dilan no le va a gustar nada —comentó Enrique, el socio de la empresa e hijo de Martín Solver, un hombre sumamente influyente en el gobierno.
Ambos hombres se detuvieron frente a mí, apoyándose en el mueble con actitudes que me irritaban.
—Parece que Dilan te va a armar un drama —mencionó Enrique, dedicándome una sonrisa cargada de una arrogancia fastidiosa. Llevaba años intentando ligar conmigo y yo siempre lo rechazaba sin miramientos.
—No lo creo. Mi hermano es demasiado blando con esta chica —intervino Diego con desdén.
—Es verdad, se me olvidaba que eres la favorita del jefe —se burló Enrique.
—¿Necesitan algo de mí? Si no es así, no me hagan perder el tiempo —respondí con mi mejor tono profesional, fulminándolos con la mirada.
—No te preocupes, mi hermano estará ocupado un buen rato con tu hermanita. Después de todo, ellos eran los que iban a casarse —soltó Diego con una sonrisa maliciosa, buscando provocarme.
Nuestra enemistad venía de largo. Diego no era más que el hijo ilegítimo del matrimonio de mis suegros; un resentido que había intentado arrebatarle el puesto de director a Dilan a toda costa, saboteando inversiones y tratando de destruir su reputación. Yo me había dejado la piel ayudando a Dilan a proteger su posición, lo que nos convirtió a Diego y a mí en enemigos declarados. Además, Dilan me tenía terminantemente prohibido entablar cualquier tipo de relación con él que no fuera estrictamente laboral.
Los dos hombres se limitaron a sonreír con suficiencia y finalmente se marcharon por el pasillo.
Me quedé en mi sitio, intentando concentrarme, hasta que unos minutos después la puerta de la presidencia se abrió de golpe. Mi hermana salió hecha una fiera, con el rostro descompuesto por la humillación. Era evidente que Dilan la había corrido sin miramientos.
Caminó hacia mí con pasos ensordecedores y se plantó frente a mi escritorio.
—¡¿Qué fue lo que le dijiste?! —me espetó, clavando sus ojos llenos de odio en los míos.
—¿De qué estás hablando?
—¡¿Qué demonios le dijiste a mi Dilan?! —gritó, alzando la voz tanto que varios empleados que pasaban por el pasillo se detuvieron en seco para mirar.
—No tengo idea de lo que hablas. Por favor, baja la voz, estamos en un lugar de trabajo —le exigí, levantándome de la silla.
La respuesta de mi hermana fue estallar en cólera. Levantó su pesado bolso de marca y lo lanzó con violencia directo hacia mí. El objeto impactó de lleno en mi brazo izquierdo, haciéndome soltar un quejido sordo de dolor.
—¡¿Pero qué te pasa?! —Marina, la encargada de supervisión, se plantó de inmediato entre nosotras, empujando a mi hermana hacia atrás—. ¡La acabas de golpear! ¡¿Estás loca?!
—¡Tú no te metas! ¡Estoy hablando con ella! —le rugió mi hermana, ignorándola por completo para volver a señalarme con el dedo—. ¡Te vas a arrepentir, Emma!
—No tengo ni la menor idea de qué locura estás inventando.
—¡Si no te hubieras metido en nuestro compromiso, yo sería su esposa ahora mismo! —chilló sin ningún tipo de escrúpulo, revelando el secreto a los cuatro vientos.
Un jadeo colectivo recorrió el piso de oficinas. Los rostros de los empleados eran de absoluto desconcierto. El pánico y los nervios me recorrieron el cuerpo; esto iba a causar un escándalo corporativo monumental.
Saliendo de detrás del escritorio, la tomé del brazo con fuerza para arrastrarla lejos de las miradas curiosas.
—¡Camina! Estás haciendo un espectáculo patético —le siseé entre dientes.
Pero ella se zafó de mi agarre con un movimiento brusco y, antes de que pudiera preverlo, alzó la mano y me cruzó la cara con una bofetada.
El impacto resonó en todo el pasillo.
—¡Que todos se enteren de una vez! —gritó con una sonrisa desquiciada—. ¡Sedujiste a mi prometido! Por eso él...
—¡Cállate! —le grité, completamente frustrada y con la mejilla ardiendo—. ¡Compórtate como una maldita adulta de una vez! ¡No es mi culpa que Dilan cancelara su compromiso contigo!
—¡Sí, claro! —se mofó ella, con los ojos inyectados en resentimiento y envidia—. Te metiste en su cama como una cualquiera, por eso él...
No la dejé terminar. Reuniendo toda la rabia, la humillación y el dolor que había guardado durante años, alcé la mano y le devolví la bofetada con una fuerza que le hizo girar el rostro.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Mi hermana se quedó estática, con la mano en la mejilla, mirándome con los ojos abiertos de par en par, completamente anonadada. Era la primera vez en toda mi vida que lo hacía. La primera vez que la golpeaba, la primera vez que dejaba de ser la sumisa de la familia y me defendía de sus abusos.
Y probablemente no será la última vez que lo haga.