Luego de la cuarta guerra contra los oscuros, objetos fueron confiscados por la diosa luna y fueron guardados en el único lugar que en el que nadie se atrevería a poner un pie.
La Academia Luna Sangrienta...
Cuyo sitio mantiene bajo resguardo las reliquias de Selene...
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Capítulo 20: El despertar de una Éter
AERYN
Caminábamos por los pasillos del túnel en ruinas en busca del talismán. Dichas ruinas tenían grabados símbolos antiguos que eran parecidos a las runas, pero escritos de un modo diferente. Más tosco, más burdo.
Había algo raro en el lugar. Podía sentir tantas cosas entre ellas la sensación de que alguna vez hubo vida, pero luego caos, destrucción, tristeza, desesperación y algo parecido a la impotencia.
Cada paso que dábamos era un martirio. No podía seguirlos, Jayden se dio cuenta de ello demasiado rápido.
—Aeryn, ¿estás bien?—Preguntó. No podía decir nada. Las voces que oía eran extrañas, hablaban en un idioma diferente. Pero sabía que esas voces eran de gente llorando, gritando con desesperación. No tenía ni idea de qué diablos me estaba haciendo este lugar.
—¡Aeryn!—Escuché a lo lejos a Jayden llamándome preocupado. Apenas me di cuenta de que me sujetó del brazo evitando que cayera al suelo.—¡Algo le pasa a Aeryn!—Escuché pasos acercándose.
—Oye, —Sentí las manos de Dmitri tocándome el rostro tratando de hacer que reaccionara, pero no lograba ni tan siquiera enfocar mi mirada en él o en algo—Aeryn, no cierres los ojos. Mírame.
—Fascinante...—Oí a Aisha decir.
—¿Qué cosa?—Preguntó Adler dejando de lado su faceta de tipo aburrido.
—Puedo oír todo. Las voces están gritando, están llorando, ruegan por piedad...—Apenas pude decir.—Puedo sentirlos, oírlos, saborearlos...
La expresión de Aisha cambió. Y esta vez se mostró sorprendida.
—Éter...
El nombre resonó en el túnel.
—¿Estás segura?—Preguntó Adler.
—Es evidente, está despertando el quinto elemento. Pocos son los elementales los que lo despiertan.
Akasha. Éter. El quinto elemento. Pocos lo despertaban. Lo sabía por mi abuela. Las historias en la fogata, cada relato. Historias sobre los antiguos elementales.
Eran pocos los que despertaban el Éter. Y quiénes lo despertaban eran capaces de ver sentir, escuchar las memorias del pasado, ver el presente, pocas veces el futuro.
Algunos simplemente podían ver una pequeña parte, fragmentos. Por lo visto las historias de la abuela Isolda, no eran cuentos para dormir.
—Eso no puede ser—susurré. Aisha sonrió suavemente.
—Sí, sí puede ser.
Eso no me calmó para nada. El dolor y la desesperación seguían allí. Con más fuerza. Con más intensidad. Miles de emociones golpeaban mi mente al mismo tiempo.
Había ira, rabia, tristeza, dolor. Pérdida. Era mucho. Demasiado.
—Tenemos que sacarla de aquí ahora.—Dijo Adler con preocupación.—Antes de que colapse.
Dmitri se paró frente a mí. No esperó que sucediera.
—Sube.
—Puedo caminar, no es para tanto.—Gruñó. Me sujetó y me subió a su espalda.
—No puedes dar ni un paso, Aeryn.—Dijo Jayden dándole la razón al maldito licántropo. No discutí me sentía tan aturdida y mareada por oír tantas voces. Jayden caminaba a nuestro lado. Comprendí que lo más peligroso no era buscar el talismán, sino mi magia. Seguí escuchando las voces, pero al menos podía cerrar los ojos y quedarme así un rato. Al cerrar los ojos las voces eran más llevaderas.
Aisha reanudó la marcha.
—Hay que encontrar ese talismán y pronto.
—¿Por qué?—Preguntó Jayden.
—Entre más tiempo esté ella aquí, más profundo conectará con Akasha.
Eso no era nada bueno. Las ruinas continuaban extendiéndose delante de nosotros. Oscuras. Antiguas. Y llenas de secretos.
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Los pasos de los demás resonaban por el pasillo. Yo aún continuaba siendo llevada en la espalda de Dmitri, era extraño, pero a la vez confortante. No comprendía ni mucho entendía por qué esta sensación me era tan... cómoda y segura.
Sin embargo; eso no importaba. Lo importante era encontrar el talismán y salir del túnel. Tenía la sensación de que algo iba a suceder.
—¿Cómo te sientes?—Preguntó Dmitri al darse cuenta de que había despertado.
—Me siento aturdida, nunca había escuchado tantas voces juntas. Sinceramente necesito una cerveza.
Se rio.
—Saliendo de aquí te invito una.—Dijo sujetándome.
—Sí es que salen con vida.—Habló Adler quitándonos la diversión.
—Aguafiestas—dijo Jayden haciéndonos reír.
—No me tientes a dejarte en la banca Goldberg.
Esta vez Dmitri y yo nos reímos.
Pronto dejamos de reír al sentir que algo no estaba bien. Aisha había estado muy callada, hasta que habló.
—Estamos cerca de la tumba no se separen.—Asentimos. Dmitri me sujetó con más fuerza. Me sujeté de él con fuerza.—Al llegar a unos metros verán el talismán, tómenlo y cuando lo tengan saldremos por donde venimos.
Asentimos.
—Escuchen bien los tres, sí uno de ustedes llega a cometer el error de dejar a alguien o de provocar un accidente innecesario y estúpido haré que los expulsen. ¿Entendido?—Asentimos.
Seguimos avanzando hasta llegar a una bajada prácticamente hecha pedazos. Bajamos con cuidado, rodeando piedras con bordes filosos hasta puntos en los que prácticamente estaba a punto de derrumbarse.
Al bajar, todos respiramos aliviados. Ni siquiera había puesto un pie en el suelo y aun así sentí terror. Cuando estaba por decirle a Dmitri que me bajara, pero otra vez las voces invadieron mente. Me sujeté de Dmitri y él se dio cuenta.
—¿Aeryn?—Oía su voz, pero era demasiado lejana y apenas perceptible.—Aeryn, ¿estás bien?—Las voces me decían tantas cosas a la vez que me era imposible saber y entender qué me estaban diciendo.
—Aeryn, no cierres los ojos.—También habló Jayden, pero no lograba enfocar mi vista en nada.
—Este lugar carga con mucho dolor...—Apenas pude decir.—Oigo los gritos de agonía...
—¿Qué le sucede?—Preguntó Adler yendo a nuestra dirección. Aisha me miró.
—Está conectando con el Akasha, pero ella se resiste a caer profundo—Explicó Aisha. Me hizo mirarla—. Eh, Volakis. No te duermas, te necesitan consciente. ¿De acuerdo?—Asentí apenas manteniendo la mirada en ella.
—No dejen que se duerma.—Ordenó Adler.
Jayden estuvo diciéndome estupideces, entre ellas que sí sobrevivía que debía llevarlo a conocer a mi abuela Isolda. Me reí.
—No es recomendable, te va a corromper.—Dmitri se rio de lo que dije.
—Oh, vamos. Quiero conocer a la anciana que golpeó al heredero de la Manada Luna de Cristal.
Insistió.
—Está bien, lo voy a pensar.—Asintió no muy satisfecho con mi respuesta.
—Tienes que sobrevivir para verte golpear a Jacob de nuevo.—Dijo Dmitri. Jayden se rio.
—Volakis, si se mantiene consciente consideraré darle un diez en esta misión.—Dijo Adler. Nos reímos pensando en que eso era una vil mentira.
—Espero que sea cierto, de lo contrario lo atormentaré en sus sueños.—Advertí. Soltó una carcajada.
Me mantuve lo más despierta que pude aun escuchando esas voces y viendo varios fragmentos de recuerdos que guardaban cada una de las paredes del túnel.
Sin darme cuenta llegamos a un salón enorme con piso de piedra. Columnas agrietadas sosteniendo la estructura del sitio apenas.
Había polvo y telarañas que colgaban como cortinas en cada esquina. Literalmente nadie había estado en ese lugar en siglos, tal vez o posiblemente más tiempo. Un techo tan alto que apenas podía distinguirse entre las sombras.
Apenas llegamos las voces, las visiones y los fragmentos de visiones de gente sufriendo, cesaron. Se detuvieron.
—¿Cómo te sientes pelirroja?—Preguntó Jayden.
—Me siento mejor, ya no oigo las voces y tampoco veo esos fragmentos de visiones. Al menos ya no me duele la cabeza.
—¿Te sientes capaz de caminar por tu cuenta?—Preguntó Dmitri mirándome de reojo. Asentí.
Me bajó con cuidado. Realmente me sentía bien, al menos no tenía que preocuparme por el momento.
—Sigamos...
El silencio era pesado, absoluto e inquietante. Era como si el tiempo hubiera decidido detenerse allí.
—Por la diosa...—Murmuré. Adler observaba la sala con atención. Su expresión se volvió más seria. Más alerta. —Lo encontramos.
Sentí cómo Dmitri se tensaba con solo verlo. Y entonces lo vi. Al fondo de la cámara.
Elevada sobre una plataforma de piedra negra. La tumba. No necesitaba que nadie más lo dijera.
Mi magia lo sabía. Era la tumba del Jeque. El hombre que intentó destruir a Aisha. El hombre que había provocado aquella maldición.
Runas oscuras cubrían cada centímetro de la estructura. Algunas parecían moverse. Era como su estuvieran vivas. Como si respiraran.
Y alrededor de la tumba...
Había algo peor. Odio. Tanto odio que casi podía verlo. Oscuro. Denso. Como si una niebla negra se aferrara a la piedra.
Sentí náuseas. Las voces volvieron inmediatamente, con más fuerza, con más violencia, más llenas de ira. Cerré los ojos, pero no me ayudó. Podía sentir las emociones grabadas allí. La obsesión, la posesión. La furia.
El resentimiento, seguía vivo. Después de tantos siglos.
Caí de rodillas al suelo.
—¡Aeryn!—Escuché la voz de Dmitri. Era lejana. Distorsionada. Las paredes desaparecieron.
Y por un instante vi el pasado. Vi al Jeque, vi a Aisha, huyendo de él; él persiguiéndola. Esa obsesión enfermiza, intentando doblegarla.
Ella maldiciéndolo. Y entonces...
Él me vio. No al recuerdo. Si no al Jeque. Al verdadero hombre. Encerrado en la tumba, sus ojos se oscurecieron posicionándose en mí. Y sonrió.
Sentí terror. Puro terror.
—Un Éter...—La voz resonó dentro de mi cabeza. No dentro de la tumba. Dentro de mí. —Después de tantos siglos... —No podía respirar—Qué fascinante.—Aisha palideció, era la primera vez desde que la conocimos.
—No...
La tumba comenzó a temblar. Las columnas comenzaron a agrietarse. Arena cayó desde el techo.
La tapa de la tumba explotó. La onda de choque nos lanzó hacia atrás. Jayden rodó por el suelo. Adler maldijo.
Dmitri se colocó frente a mí y una sombra emergió de la oscuridad. Alta. Delgada.
Vestida con antiguas ropas reales. Los ojos completamente negros. La piel agrietada como piedra seca.
El Jeque. O más bien lo que quedaba de él. La maldición seguía viva. Y estaba furiosa.
—Guardiana del Desierto...—La criatura observó a Aisha.—Sigues aquí.
Aisha levantó una mano. La arena comenzó a girar alrededor de ella.
—Y tú sigues siendo un monstruo.
El Jeque sonrió. Luego me observó. Y su sonrisa se hizo peor. Mucho peor.
—Pero ella...—Sentí un escalofrío—Ella puede liberarme.—Adler reaccionó rápidamente.
—¡No lo escuchen!—Era tarde. La criatura extendió una mano hacia mí. Las voces aumentaron, miles de recuerdos golpearon mi mente. Miles de almas. Miles de emociones. El peso de Akasha. El peso del Éter. Por un segundo, solo un segundo quise acercarme. Quise escucharlo, quise saber. Y eso me aterrorizó. En ese momento Dmitri me subió de nuevo a su espalda. No me quejé, estaba tan aturdida que ya ni me importó.
—Te necesitamos consciente.
—Lo sé.—Respondí.
—Te desmayaste cuatro veces.—Suspiré ignorando a Jayden.
—Solo fueron dos veces.
—Eso es una vil mentira.—Jayden se paró a nuestro lado.—Fueron cuatro, las conté.
—¿En serio?—jadeé—Son unos traidores.
La criatura se movía a una velocidad imposible de igualar. Adler fue el primero en interceptarlo. Las espadas chocaron. La explosión de energía sacudió toda la cámara. Jayden lanzó una serie de hechizos que estallaron alrededor del Jeque.
Aisha controló toneladas de arena que intentaron envolverlo.
Y Dmitri...
Él peleó conmigo sobre su espalda. Como si aquello fuera perfectamente normal.
—Esto es ridículo.
—Cállate y lanza fuego.—Era imposible discutir contra su lógica. Invocando mis elementos, lancé ráfagas y viento mientras él avanzaba entre los ataques. El Jeque era monstruosamente poderoso.
Cada golpe hacía pedazos el suelo, columnas. Cada rugido hacía temblar el salón. Y las voces seguían atacando mi mente. Trataban de distraerme, de arrastrarme.
—¡El talismán!—Gritó Aisha. Entonces lo comprendimos, no debíamos derrotarlo. Teníamos que tomar el talismán. Adler abrió una oportunidad.
Jayden levantó un muro mágico. Aisha inmovilizó al Jeque apenas unos segundos. Y Dmitri corrió.
En dirección hacia el pedestal. Las sombras intentaron detenernos. Las esquivé con fuego.
El Jeque rompió las cadenas de arena. Jayden fue lanzado contra una columna. Adler terminó de rodillas. Aisha sangraba de la nariz.
Y entonces...
Llegamos. Extendí la mano hacia el pedestal de piedra blanca. El talismán brilló y me aceptó.
La explosión de luz fue cegadora. El Jeque rugió, no de furia, de miedo. Por primera vez vi miedo en él.