Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 22: Primer paso para la destrucción de mi enemigo.
—No intentes mentir, Valerius —respondió Azrael, con una calma peligrosa que era mucho más aterradora que cualquier grito—. Tú y yo sabemos exactamente qué pasó. Sabemos quién despertó a esas criaturas. Sabemos quién las envió. Y sabemos por qué. Intentaste matar a la Reina. O al menos, intentaste asustarla. Y fallaste. Fallaste miserablemente. Porque ella no solo sobrevivió. Ella luchó. Ella venció. Ella destruyó a tus juguetes oscuros con una facilidad que te habría dado vergüenza, si es que te queda algo de eso.
Se hizo un silencio absoluto. Todos miraban con los ojos muy abiertos, sorprendidos por la valentía del Rey al acusarlo directamente, por la fuerza con la que defendía a su esposa.
Valerius no se inmutó. Su sonrisa se hizo más ancha, más fea.
—¿Me acusáis, mi Señor? —preguntó con falsa sorpresa—. Qué tristeza. Yo solo intento proteger el reino. Solo intento entender qué está pasando. Porque las cosas han cambiado desde que ella llegó. La magia es diferente. Los peligros son nuevos. Y muchos nos preguntamos… ¿es ella una bendición… o es una maldición disfrazada? ¿Es la salvación… o es la destrucción de todo lo que hemos conocido durante mil años?
Se giró hacia la multitud, levantando la voz, manipulando, sembrando miedo en todos los presentes.
—¡Dicen que su magia es única! ¡Dicen que mezcla luz y oscuridad! ¡Pero nadie sabe qué es realmente! ¡Nadie sabe de dónde viene! ¡Y si ella es capaz de destruir sombras con tanta facilidad… ¿qué nos garantiza que no nos destruirá a nosotros cuando quiera? ¡O que no destruirá al propio Rey!
La tensión en la sala era insoportable. Podía sentir cómo muchos dudaban, cómo muchos miraban con miedo, cómo muchos empezaban a creer sus palabras, sus mentiras, sus manipulaciones. Él estaba ganando. Estaba usando la intriga, la política, el miedo, cosas que no se podían golpear con espadas ni destruir con luz.
Pero yo no me quedé callada. Di un paso al frente, apartándome de Azrael, parándome erguida, con la cabeza alta, mirando a todos y cada uno de los presentes, mirando a Valerius directamente a los ojos rojos, sin miedo, sin duda.
—Tenéis razón en una cosa, Lord Valerius —dije, y mi voz sonó clara, firme, resonando en todo el salón—. Soy diferente. Mi magia es diferente. Y no vengo de donde venís vosotros. No vengo de la oscuridad antigua, ni de los secretos, ni de las mentiras. Vengo de la vida. Vengo de la luz. Vengo de la capacidad de amar con toda el alma. Y sí… soy poderosa. Soy más poderosa de lo que imagináis. Porque mi poder no viene de la oscuridad, ni del odio, ni de la ambición. Viene del amor. Y eso… eso es algo que vosotros nunca entenderéis.
Hice una pausa, y levanté la mano, dejando que esa luz brillante y hermosa apareciera en mi palma, flotando allí, visible para todos, deslumbrante, llena de fuerza y de vida.
—Y si me preguntáis si soy una bendición o una maldición… si soy salvación o destrucción… os lo diré claramente: Seré lo que merezcáis. Para los que son leales a mi Rey, para los que aman este reino, para los que buscan la paz… seré la luz que os protege. Seré la salvación. Pero para los que traicionan, para los que mienten, para los que usan la oscuridad para hacer daño… para los que amenazan a mi familia… seré la destrucción más terrible que jamás hayáis visto.
Bajé la mano, apagando la luz, y clavé mi mirada en Valerius, que ahora ya no sonreía. Ahora me miraba con odio puro, con rabia contenida, con el miedo brillando en sus ojos.
—Y una cosa más, Señor de las Sombras: me enviasteis monstruos para probarme. Creísteis que me asustaría, que huiría, que me escondería. Pero os equivocasteis. Solo me disteis la oportunidad de demostraros de lo que soy capaz. Y ahora… ahora yo os prometo esto: La próxima vez que intentéis atacarme… aseguraros de estar preparado para luchar. Porque yo no huiré. Yo no me esconderé. Yo iré a por vosotros. Y veremos si vuestra oscuridad es suficiente para apagar mi luz.
El silencio que siguió fue impresionante. Se podía oír respirar a todos. Azrael me miró, y vi en sus ojos un orgullo infinito, una admiración que me llenó de fuerza. Valerius me miró con una mezcla de furia y de respeto forzado, sabiendo que por hoy, había perdido. Que yo había ganado. Que yo había puesto las reglas del juego.
Azrael dio un paso al lado, se sentó en su trono y me hizo una seña para que me sentara en el mío, a su lado.
—Habéis escuchado a vuestra Reina —dijo él, con voz fría y autoritaria, dejando claro que su palabra era ley—. Ella gobierna conmigo. Su voluntad es la mía. Y quien tenga algo que decir contra ella… que lo diga ahora, cara a cara, y que esté dispuesto a pagar el precio.
Nadie habló. Nadie se movió. Valerius inclinó la cabeza muy despacio, con una reverencia que gritaba veneno, y se dio la vuelta, marchándose seguido de sus seguidores, perdiéndose entre la multitud, planeando su siguiente movimiento, su siguiente ataque.
Me senté en mi trono, alta, erguida, con la mano firme sobre el brazo de piedra, mirando a todos los que estaban allí. Sabía que esto solo era el principio. Sabía que la intriga, el peligro, la acción y el suspenso no habían hecho más que empezar. Sabía que Valerius no se detendría. Sabía que la guerra entre nosotros estaba declarada, abierta, a muerte.
Pero también sabía que yo ya no era la misma. Que yo ya no era una simple reina consorte. Que yo era una fuerza a tener en cuenta. Que yo era la compañera de la Muerte. Y que, pase lo que pase, lucharía hasta el final.
Y mientras miraba hacia el vacío donde había desaparecido mi enemigo, sonreí. Porque ahora… ahora él tenía miedo. Y ese era el primer paso para destruirlo.