Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capitulo 011: Bajo sus garras
Lilith Gray
El aire en el salón se volvió sólido, una masa densa de sorpresa y feromonas que amenazaba con asfixiarme. Mis oídos pitaban, y por un momento, la imagen de las cámaras, la cara pálida de James y los ojos desorbitados de mis tíos se desvanecieron. Solo existíamos él y yo. El Rey Rowan, mi compañero.
Artemis estaba fuera de sí. Arañaba las paredes de mi mente, aullando con una alegría salvaje que me hacía vibrar los huesos. “¡Es él! ¡Es nuestro! ¡Míralo, Lilith! ¡Huele su aroma, siente su presencia!”, gritaba, intentando tomar el control de mis cuerdas vocales para ronronearle una sumisión que yo no sentía.
Pero yo no era solo una loba. Era una mujer que había sido moldeada por la traición y templada en el acero de la soledad. Yo recordaba el aeropuerto. Recordaba el dolor de ser "la opción B" de alguien. Y no iba a permitir que un hilo invisible me encadenara a otro hombre, ni siquiera si ese hombre era el dueño de la tierra misma.
—No quiero un compañero —dije al fin.
Mi voz no fue un susurro. Fue un golpe seco que cortó el murmullo de la prensa y la música de fondo. El silencio que siguió fue absoluto, un vacío en el que mis palabras resonaron como una sentencia de muerte.
Artemis se detuvo en seco, horrorizada, antes de lanzarse a un ataque mental. “¿Qué haces? ¡Estúpida humana! ¡Es nuestro Rey! ¡Es nuestra otra mitad!”. La bloqueé con un muro de voluntad fría, empujándola hacia lo más profundo de mi subconsciente. Me dolió, sentí un pinchazo en la sien, pero mantuve mi rostro como una máscara de mármol.
Rowan dio un paso hacia mí, su rostro pasando de la euforia a una confusión herida que me quemó.
—¿Qué has dicho? —su voz era un trueno bajo, cargado de una advertencia que habría hecho que cualquier otro se desmayara.
—He dicho que no deseo tener un vínculo —repetí, mirándolo directamente a esos ojos azul que ahora parecían tormentas de fuego—. No he pasado cinco años en el infierno para terminar siendo el trofeo de un rey.
Él extendió su mano, una mano grande y callosa que irradiaba un calor que mis sentidos reclamaban con desesperación. Quería tocar mi mejilla, pero me aparté con la precisión de una guerrera, un movimiento que dejó su mano suspendida en el aire, humillada ante toda la aristocracia.
Mis ojos se desviaron un segundo hacia James. Estaba en shock total, con la boca entreabierta. No sabía si su sorpresa venía de saber que el Rey era mi mate, o de la absoluta locura de que yo lo estuviera rechazando frente a las cámaras de toda la nación. Cara, a su lado, parecía a punto de desmayarse, aferrándose al brazo de James.
—Por favor… no sabes lo que dices —susurró Rowan, y por un momento vi al hombre tras la corona, al hombre que llevaba años esperando por esto.
—Sé exactamente lo que digo —respondí, inhalando aire para proyectar mi voz hacia todos los rincones del salón—. YO, LILITH GRAY, DESCENDIENTE Y HEREDERA DE LA MANADA DARKFIRE, TE RECHAZO A TI…
No pude terminar.
El ambiente cambió en un milisegundo. La presión gravitacional aumentó tanto que vi a varios invitados caer de rodillas. Rowan no solo era un lobo Alfa; era un Licántropo, un ser cuya sangre era más antigua y poderosa que cualquier linaje común. Su aura estalló, en una marea de poder que inundó la sala, sometiendo a cada lobo presente bajo el peso de su poder.
Sus ojos azules desaparecieron, reemplazados por un rojo sangre brillante y demoníaco. Su animal interior, el licántropo, había tomado el mando.
—NO TAN RÁPIDO, PEQUEÑA —rugió, y su voz no salió de su garganta, sino del aire mismo—. ERES MÍA Y NO TE ESCAPARÁS DE MÍ.
Se acercó a mí con la zancada de un depredador que ya no tiene paciencia para juegos.
—YO, EL REY LICÁNTROPO, TE PROHIBO A TI, LILITH GRAY MENCIONAR LA PALABRA RECHAZO —sentenció.
Sentí el impacto del comando Alfa. No era un dolor físico, era algo mucho peor: una orden que se grababa en mis nervios, una cadena invisible que amordazaba mi capacidad de hablar. Intenté forzar las palabras, intenté terminar el rechazo, pero mi garganta se cerró como si tuviera manos de hierro apretándola. Era un comando de un Licán Real; mi sangre de Alfa luchó, pero la jerarquía era clara. Él era la cima de la cadena.
Rowan me tomó del mentón, obligándome a mirarlo mientras su aura todavía mantenía al resto de la sala en un estado de parálisis reverencial.
—YO, ROWAN BLACKWOOD, TE ACEPTO A TI, LILITH GRAY, COMO MI LUNA Y MI REINA —declaró con voz grave, sellando el vínculo ante los ojos de la Diosa y de los hombres.
Cuando su aura se dispersó, el peso desapareció de los hombros de los invitados, quienes empezaron a ponerse de pie lentamente, murmurando con una mezcla de terror y fascinación. Pero yo no iba a quedarme allí a ser coronada como un animal doméstico.
Aproveché el momento en que él relajó su agarre para darme la vuelta. No caminé, corrí. Esquivé a los camareros y a los fotógrafos, ignorando los gritos de Pía y Jay que me llamaban. Mi uniforme de gala crujía con cada movimiento mientras me abría paso hacia los ascensores.
Entré en el cubículo metálico y marqué frenéticamente el botón de mi piso. Las puertas empezaron a cerrarse, dándome un segundo de esperanza, pero una mano las detuvo con una fuerza bruta.
Las puertas se abrieron de nuevo y Rowan entró. Su presencia invadió el pequeño espacio del ascensor, volviendo el aire denso y cargado de ese aroma dulce y fuego que me hacía doler el vientre de deseo.
—No te escaparás de mí, pequeña —dijo, y su voz era una mezcla de furia y hambre.
—¡Déjam ir! —grité, intentando empujarlo—. ¡No puedes obligarme a aceptarte! ¡No soy una de tus conquistas! ¡Soy una soldado de la Élite!
—Tu no eres una conquista, eres mi compañera —gruñó él, atrapando mis manos y estrellándolas contra la pared de metal del ascensor.
Se inclinó, acortando la distancia hasta que nuestras narices se rozaron. Podía ver las chispas rojas que todavía bailaban en sus pupilas.
—He esperado doce años por ti. He olido tu rastro en mi Beta, he soñado con este aroma antes de conocerte. ¿Crees que voy a dejarte ir solo porque tienes miedo de sentir algo?
—No tengo miedo —mentí, aunque mi cuerpo traidor estaba empezando a encenderse bajo su tacto—. Tengo un propósito. Mi vida le pertenece a mi entrenamiento, no a tú cama.
—Entonces deja que tu cuerpo me diga la verdad de lo que sientes, conejita —susurró.
Antes de que pudiera protestar, estrelló sus labios contra los míos.
Fue como una explosión de dinamita. El beso no fue gentil ni cortesano; fue una colisión de dos alfas, una batalla por el dominio. Su lengua reclamó mi boca con una posesividad que me dejó sin aliento. El sabor de él era embriagador, delicioso, una droga que Artemis estaba bebiendo con desesperación dentro de mí. Por un segundo, mi voluntad flaqueó. Mis manos, que antes estaban cerradas en puños, se abrieron y mis dedos se enredaron en su cabello, atrayéndolo más hacia mí.
Gemí contra sus labios, sintiendo cómo sus manos bajaban por mi cintura, apretándome contra su cuerpo duro y musculoso. Podía sentir su excitación presionando la parte alta de mi vientre, su necesidad salvaje de marcarme y hacerme suya, de hacerme suya allí mismo, entre el piso cuarenta y el vestíbulo.
Pero entonces, el recuerdo de la mirada de suficiencia de Cara y la cara de James me golpeó como agua helada.
"No seré su propiedad. No seré otra mujer que vive para complacerlo."
Me obligué a morderme el labio, el sabor metálico de mi propia sangre me devolvió la cordura. Usé toda mi fuerza física para poner mis manos sobre su pecho y empujarlo. Esta vez, la sorpresa lo hizo retroceder un paso.
Jadeé, limpiándome la boca con el dorso de la mano, mientras mis ojos brillaban de rabia.
—Esto es algo que ningún vínculo estúpido va a quitarme —dije, mi voz temblando por la adrenalina y el deseo reprimido—. Seré una soldado y seré la mejor de tu Guardia Real y, sí tengo que morir en el intento, lo hare. Pero no seré tu Luna. No me vuelvas a tocar a menos que quieras perder un dedo.
Las puertas del ascensor se abrieron en mi piso. Salí de allí con paso decidido, sintiendo su mirada quemándome la espalda.
—Esto no ha terminado, Lilith —gritó él desde el ascensor, con una sonrisa depredadora que me prometía que la cacería acababa de subir de nivel—. Mañana empieza tu examen final. Y recuerda… yo soy el que firmará los resultados.
Caminé hacia mi habitación sin mirar atrás, con el corazón martilleando contra mis costillas. Artemis seguía llorando por él, pero yo apreté los dientes. Mañana sería una soldado. Mañana demostraría que Lilith Gray era más fuerte que el destino, más fuerte que el Rey y, sobre todo, más fuerte que el hambre que ese beso acababa de despertar en mis entrañas.
La guerra por mi libertad acababa de comenzar, y el enemigo dormía en la cama más lujosa de éste reino.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/