SIN ESPOILER
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EL DIA DE LA BODA 2/2
La brisa del mar movía suavemente el velo de Valeria.
Frente al altar, Lorenzo no podía apartar la mirada de la mujer que, después de tantos años de soledad, había logrado devolverle la ilusión de amar.
El sacerdote sonrió.
—Nos reunimos hoy para celebrar la unión de dos personas que decidieron caminar juntas el resto de sus vidas...
Los invitados guardaban un respetuoso silencio.
Entre ellos se encontraban líderes de distintas organizaciones de Europa, América y Asia.
Incluso hombres conocidos por su carácter frío sonreían al ver a Lorenzo tan feliz.
Ian permanecía de pie, a unos pasos de su padre.
Desde allí observó cómo Valeria sonreía.
Luego miró discretamente hacia Victoria.
Ella también contemplaba la ceremonia con los ojos llenos de emoción.
Al sentir la mirada de Ian, giró ligeramente la cabeza.
Los dos intercambiaron una pequeña sonrisa antes de volver su atención al altar.
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Muy lejos de allí...
En una enorme mansión ubicada en un lugar desconocido...
Las cortinas permanecían cerradas.
El ambiente era elegante, pero frío.
Una mujer observaba una pantalla donde se transmitían imágenes de la boda.
Solo podía verse su silueta.
Su rostro permanecía oculto por las sombras.
A su lado había varios hombres vestidos de negro.
Uno de ellos rompió el silencio.
—Parece que finalmente Moretti siguió adelante.
La mujer no respondió de inmediato.
Continuó observando la pantalla.
En ella aparecía Lorenzo sosteniendo las manos de Valeria.
Después de varios segundos...
Sonrió.
Pero no era una sonrisa de felicidad.
Era fría.
Calculadora.
—Así que decidió volver a casarse...
Su voz sonaba tranquila.
Como si la noticia no le provocara el menor dolor.
Otro de los hombres habló.
—¿Ordena que actuemos?
Ella negó lentamente.
—No.
Todavía no.
Se levantó del sillón y caminó hasta una enorme ventana.
—Que disfrute su boda.
Que crea que finalmente encontró la paz.
Los hombres permanecieron en silencio.
La mujer cruzó los brazos.
—Después de todo...
Ha hecho un excelente trabajo.
Uno de ellos frunció ligeramente el ceño.
—¿Excelente trabajo?
Ella sonrió.
—Sí.
Crió completamente solo a Ian.
Lo convirtió en un hombre educado.
Respetado.
Preparado para heredar el liderazgo.
Se volvió hacia ellos.
—No tuve que hacer absolutamente nada.
Uno de los presentes preguntó con cautela:
—¿No siente curiosidad por su hijo?
La mujer respondió sin dudar.
—No.
Su tono era completamente indiferente.
—Nunca lo sentí.
Los hombres intercambiaron miradas.
Ella continuó caminando lentamente por la habitación.
—Un bebé solo habría complicado mis planes.
La habitación volvió a quedar en silencio.
La mujer observó nuevamente la pantalla.
Ahora Lorenzo sonreía mientras escuchaba al sacerdote.
—Él creyó durante años que mør1 dando a luz...
Soltó una breve risa.
—Y funcionó perfectamente.
Uno de los hombres preguntó:
—¿Nunca se arrepintió de haber desaparecido?
Ella respondió con absoluta frialdad.
—Jamás.
No hubo una sola duda en su voz.
Ni un instante de culpa.
—Lo único que me interesaba era conservar mi libertad.
Se acercó lentamente a una mesa donde descansaban varios documentos.
Entre ellos había fotografías de Lorenzo.
De Ian.
Y recortes sobre la organización Moretti.
Tomó una de las fotografías de Lorenzo.
—Sabía exactamente lo que haría.
Criaría al niño.
Expandiría la organización.
La volvería mucho más poderosa.
Dejó nuevamente la fotografía sobre la mesa.
—Y no me equivoqué.
Uno de sus hombres volvió a preguntar.
—Entonces...
¿Por qué esperar tantos años?
Ella sonrió.
Porque todavía no era el momento.
Se acercó lentamente al mapa que ocupaba una pared completa.
Varias ciudades estaban marcadas con pequeñas banderas.
—Cuando Lorenzo entregue oficialmente el liderazgo...
Todo estará listo.
El hombre entendió inmediatamente.
—¿Ese será el momento de regresar?
Ella asintió.
—Exactamente.
Miró nuevamente la transmisión.
—Cuando él ya no sea indispensable...
Apareceré.
Su sonrisa volvió a ensancharse.
Una sonrisa completamente desprovista de afecto.
—Y reclamaré lo que considero mío.
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Mientras tanto...
En la mansión Moretti...
El sacerdote continuaba con la ceremonia.
—Lorenzo...
¿Acepta a Valeria como su esposa para amarla, respetarla y acompañarla todos los días de su vida?
Lorenzo respondió sin vacilar.
—Sí, acepto.
Su voz sonó firme.
Segura.
Valeria sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
El sacerdote se volvió hacia ella.
—Valeria...
¿Acepta a Lorenzo como su esposo para amarlo, respetarlo y acompañarlo todos los días de su vida?
Ella respiró profundamente.
Miró a Lorenzo.
Y sonrió.
—Sí, acepto.
Los invitados comenzaron a aplaudir suavemente.
Ian observó a su padre.
Jamás lo había visto tan feliz.
Victoria, por su parte, secó discretamente una lágrima.
Aquella felicidad era completamente sincera.
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A cientos de kilómetros...
La mujer apagó la pantalla.
La habitación quedó completamente en silencio.
Uno de sus hombres preguntó:
—¿Desea saber cómo avanza la ceremonia?
Ella caminó hacia la puerta.
—No hace falta.
Se colocó unos elegantes guantes negros.
—Que disfruten este día.
Será uno de los pocos momentos en que creerán que todo está en calma.
Antes de salir, se detuvo un instante.
Sin volverse, dijo con absoluta serenidad:
—Vigilen discretamente a Ian.
Quiero informes periódicos.
—Como ordene.
Ella abandonó la habitación sin mostrar la menor emoción.
No había nostalgia.
No había culpa.
No había arrepentimiento.
Solo paciencia.
Porque, para ella, todo aquello no era una historia de amor...
Sino una partida de ajedrez que aún no había terminado.
Y, sin que Lorenzo, Valeria, Ian o Victoria lo sospecharan, alguien observaba desde las sombras, esperando el momento que consideraba perfecto para volver a mover una pieza que cambiaría para siempre el destino de la familia Moretti.