"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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El accidente de Sofi.
El teléfono sonó mientras Valeria hacía las compras semanales en el supermercado del barrio, empujando un carrito lleno de leche, pan, frutas y verduras. Era el número del colegio Santísimo Redentor, y cuando vio esas cifras en la pantalla, sintió un vuelco en el estómago. El colegio nunca llamaba a menos que fuera algo grave, alguna emergencia con los chicos. Atendió con el corazón en la boca, apretando el teléfono contra la oreja mientras una señora mayor la miraba con curiosidad desde el pasillo de los lácteos.
—¿Señora Gutiérrez? Soy la directora Martínez. No se alarme, por favor, pero Sofía tuvo un pequeño accidente en el recreo —dijo la voz al otro lado de la línea, con una calma profesional que no lograba tranquilizarla.
—¿Qué pasó? ¿Está bien? ¿Está consciente? ¿Respira? —preguntó Valeria, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies y que el carrito del súper se tambaleaba.
—Se cayó del tobogán del patio y se golpeó la cabeza contra el suelo. Está consciente, no perdió el conocimiento en ningún momento, pero el protocolo de seguridad indica que hay que hacerle una tomografía computada para descartar cualquier lesión interna o conmoción cerebral. La ambulancia ya la está trasladando al Hospital de Niños. ¿Puede ir para allá de inmediato?
—Ya voy para allá. Ya mismo salgo. ¿Está sola? ¿Alguien la acompañó?
—La maestra de grado, la señorita Carina, la acompañó en la ambulancia. Está en buenas manos, señora Gutiérrez. Pero le recomiendo que venga lo antes posible.
—Gracias, directora. Voy saliendo.
Valeria colgó el teléfono y dejó el carrito de compras abandonado en medio del pasillo de los lácteos, sin importarle las miradas de los otros clientes. Salió corriendo del supermercado, tropezando con una pila de latas de tomate que se desparramaron por el suelo. Pidió un taxi con dedos temblorosos, pero ninguno pasaba. Maldijo en voz baja, algo que nunca hacía, y finalmente logró detener uno que doblaba la esquina.
—Al Hospital de Niños, por favor. Es una emergencia —dijo, casi sin aliento.
—Tranquila, señora. En diez minutos llegamos —respondió el taxista, un hombre mayor de bigote canoso que aceleró apenas escuchó la palabra "emergencia".
El trayecto fue una tortura. Cada semáforo en rojo le parecía una eternidad. Cada minuto era una hora. Valeria miraba por la ventanilla sin ver realmente la ciudad, con la mente puesta en Sofi, su hija de seis años, tirada en una camilla de hospital. En el camino, llamó a Andrés con dedos temblorosos.
—Andrés, Sofi se cayó en el colegio. Está en el Hospital de Niños. Le van a hacer una tomografía. No sé más detalles.
—¡¿Qué?! ¡Ya salgo para allá! ¿Cómo fue? ¿Está grave? ¿Perdió el conocimiento? —preguntó Andrés, con la voz alterada.
—No sé. No sé nada todavía. Solo me dijeron que se golpeó la cabeza en el tobogán. Andrés, por favor, vení rápido.
—Nos vemos allá. Tranquila, Val. Va a estar bien. Sofi es fuerte.
Andrés llegó al hospital quince minutos después que Valeria, con la corbata desanudada y el pelo revuelto. Se encontraron en la sala de espera de pediatría, los dos pálidos y desencajados, con el miedo reflejado en los ojos. Por una vez, no hubo reproches ni miradas de desconfianza. Solo el miedo compartido de dos padres que temen por la vida de su hija.
—¿Supiste algo más? —preguntó Andrés, tomando a Valeria del brazo.
—Todavía nada. Está en la sala de emergencias. No me dejaron pasar hasta que termine la tomografía.
—¿Cómo fue el accidente? ¿Quién estaba con ella?
—La maestra Carina. La directora dijo que resbaló del tobogán. Un accidente estúpido de niños.
En ese momento, una enfermera se acercó a ellos con una tablilla en la mano y un gesto amable pero profesional.
—¿Familia de Sofía Gutiérrez? Ya pueden pasar a verla. Está en la habitación 204. La tomografía salió limpia, no hay lesión cerebral. Solo un chichón grande en la nuca y un susto enorme. Va a quedar en observación por unas horas, pero no parece nada grave.
—Gracias, enfermera. Muchas gracias —dijeron Valeria y Andrés al unísono, con un suspiro de alivio que les salió del alma.
Sofi estaba en una camilla, con un collarín ortopédico alrededor del cuello y la cara manchada de lágrimas secas. Tenía el oso de peluche que siempre llevaba al colegio apretado contra el pecho y los ojos hinchados de llorar. Cuando vio a sus padres entrar por la puerta, estiró los bracitos y rompió a llorar de nuevo, esta vez con un llanto más tranquilo, más de alivio que de dolor.
—Mami, papi, me duele la cabeza. Me caí del tobogán. Fue sin querer, les juro que fue sin querer —dijo Sofi, con un hilo de voz que partió el corazón de sus padres.
—Ya va a pasar, mi amor. Los doctores te van a curar. Mami y papi están acá con vos, no te vamos a dejar sola —respondió Valeria, acariciándole la mejilla con ternura.
—¿Duele mucho, princesa? ¿Querés que llame a la enfermera para que te dé algo para el dolor? —preguntó Andrés, besándole la frente.
—No, papi. Ya me dieron un remedio. Pero quiero que te quedes conmigo. No te vayas.
—Claro que sí, mi vida. No me muevo de acá hasta que te den el alta.
La maestra Carina, que esperaba en un rincón de la habitación con cara de circunstancias, se acercó a los padres para darles más detalles del accidente.
—Fue un accidente, señores Gutiérrez. Los chicos estaban jugando en el recreo y Sofi resbaló del tobogán. Cayó de espaldas sobre el césped sintético. Fue un golpe fuerte, pero el paramédico que la revisó en el momento dijo que no parecía grave. Aun así, preferimos llamar a la ambulancia por precaución. Prefiero pecar de exagerada antes que arriesgarme con un niño.
—Gracias, señorita Carina. Gracias por acompañarla y por actuar tan rápido —dijo Andrés, estrechándole la mano con gratitud.
—¿Mis otros compañeros están bien? —preguntó Sofi, levantando la cabeza con dificultad.
—Sí, mi amor, todos están bien. Solo vos te llevaste el susto —respondió la maestra con una sonrisa tranquilizadora.
—¿Mateo también está bien?
—Mateo está perfecto. Se quedó en el cole. Después lo trae la abuela cuando salga de la escuela.
Esa noche, mientras Sofi dormía sedada en la habitación del hospital, Andrés y Valeria se sentaron en la sala de espera vacía, con vasos de café frío en las manos. Afuera, la ciudad seguía su curso indiferente, con sus luces y sus ruidos. Adentro, el silencio entre ellos era denso, cargado de preguntas sin responder y reproches no dichos.
—¿Dónde estabas cuando llamaron del colegio? —preguntó Andrés, rompiendo el hielo con una voz que no era acusatoria, sino cansada.
—En el supermercado. Ya te lo dije.
—Llamé al supermercado. Me dijeron que tu auto no estaba en el estacionamiento. Que no te vieron entrar en toda la mañana.
—Habré ido a otro supermercado. Con los nervios, no me acuerdo de nada.
—Val, dejá de mentirme. Esto ya no es solo sobre nosotros. Es sobre nuestros hijos. Si algo le pasa a Sofi, o a Mateo, y vos no estás... ¿Dónde estabas realmente?
—Siempre voy a estar para mis hijos. Hoy estuve. Llegué antes que vos al hospital.
—Porque yo estaba en la otra punta de la ciudad, en una reunión con clientes. Pero si hubieras estado en casa, como se supone que está una madre, habrías llegado en dos minutos.
—Eso no es justo, Andrés. Yo trabajo. Tengo responsabilidades fuera de casa.
—¿Responsabilidades? ¿Qué responsabilidades? Si ni siquiera me contás a qué te dedicás cuando salís de noche. ¿En qué trabajás, Val? ¿En qué trabajás que no podés decírmelo?
Valeria se quedó en silencio, mirando el suelo de linóleo del hospital. Las palabras se le atragantaron en la garganta como espinas. Quería confesar, soltar todo, liberarse del peso de la mentira. Pero no podía. No ahí, no en ese momento, con su hija en una cama de hospital y su matrimonio pendiendo de un hilo tan fino que parecía a punto de romperse.
—Cuando Sofi salga del hospital, hablamos. Te lo prometo. Te voy a contar todo lo que me preguntás. Pero ahora no. Ahora necesito estar con mi hija.
—Está bien. Espero. Pero no voy a esperar para siempre, Val. Se me está acabando la paciencia.
—Lo sé. Y lo siento. Más de lo que te imaginás.
Esa noche, Valeria durmió en un sillón incómodo de plástico junto a la cama de Sofi, envuelta en una frazada que le prestó una enfermera. Mirando a su hija dormir, con el collarín todavía puesto y el peluche abrazado contra el pecho, se hizo una promesa a sí misma en la oscuridad del cuarto de hospital: iba a salir de esta. Por sus hijos. Por su madre. Por ella misma. No sabía cómo, no sabía cuándo, pero iba a encontrar la manera de escapar de la trampa que ella misma había construido. Antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que la mentira terminara de destruirlo todo.
Afuera, la noche envolvía la ciudad con su manto de estrellas. Adentro, en la habitación 204 del Hospital de Niños, una madre sostenía la mano de su hija mientras se repetía en silencio que todavía había esperanza.