Scarlett Padro Castello es una mujer empoderada, CEO de su propia firma de maquillaje y presidenta de una potencia automotriz. Ha construido un imperio desafiando los prejuicios de género, demostrando que su intelecto es tan afilado como su sentido de los negocios. Sin embargo, su mundo perfectamente controlado se tambalea cuando su padre le impone un proyecto junto al gigante tecnológico de la familia Robles Di Bianco. El problema tiene nombre y apellido: Rodrigo Robles Di Bianco.Rodrigo, el frío y calculador dueño del imperio tecnológico, no quiere tenerla cerca "ni en pintura". Su rechazo es visceral; ambos comparten un pasado marcado por escándalos y una competitividad feroz que los llevó a detestarse públicamente. Para Rodrigo, Scarlett es una distracción peligrosa; para Scarlett, Rodrigo es el único hombre que ha logrado herir su orgullo.Lejos de amedrentarse, Scarlett decide utilizar toda su astucia y elegancia para infiltrarse en el mundo del multimillonario.
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Capitulo 21.
...SCARLETT:...
El sol de la mañana entró por el ventanal del dormitorio con una agresividad que me obligó a parpadear, despejando la niebla del sueño.
Estiré la mano por instinto, buscando el calor de la piel que anoche me había hecho olvidar mi propio nombre, pero mis dedos solo encontraron sábanas frías y lisas.
El vacío a mi lado era tan absoluto que, por un segundo, me pregunté si la tormenta de piel y jadeos había sido solo una mala jugada de mi imaginación.
Me incorporé lentamente, sintiendo el peso del silencio en el departamento de Rodrigo.
No había ruido de ducha, ni aroma a café, ni el rastro de un hombre recomponiendo su armadura.
Solo estaba yo, rodeada de un orden que resultaba insultante después del caos que habíamos provocado.
Rodrigo no solo se había levantado; se había esfumado, borrando cualquier evidencia de su rendición antes de que la luz del día pudiera juzgarlo.
— Cobarde — susurré al aire vacío, mientras mi mirada caía sobre mi vestido verde esmeralda, que ahora yacía solitario en la alfombra como el resto de un naufragio —. Me dejas la casa, pero te llevas el orgullo para que no pueda verlo sangrar.
Me levanté con dificultad, caminar hacia el baño fue una tarea que requirió más voluntad de la que estaba dispuesta a admitir.
Cada músculo de mi cuerpo protestaba, un recordatorio punzante de la intensidad con la que Rodrigo me había reclamado en la oscuridad.
El silencio del apartamento seguía siendo absoluto, un vacío gélido que intentaba borrar el rastro del fuego que nos había consumido hasta hacía apenas unas horas.
Porque ni siquiera en la madrugada me dejó descansar el imbécil.
¿De dónde sacó tanta energía?
Dudo que hubiera estado en abstinencia, aunque sus acciones dijeron otra cosa.
Me apoyé en el mármol del lavabo y levanté la mirada hacia el espejo, esperando ver a la CEO implacable de siempre.
Pero lo que encontré me hizo abrir los ojos de par en par, mientras el aire se atoraba en mi garganta.
Mi reflejo era un mapa de la guerra que habíamos librado bajo las sábanas anoche.
Tenía la piel encendida, el cabello desordenado, tanto que parecía un león y, sobre todo, marcas que gritaban posesión.
— Se volvió loco, ni que fuera un animal — susurré bajito, respirando profundo.
Bajé el tirante de mi camisón y un jadeo escapó de mis labios.
Pequeñas mordidas sutiles y chupetones adornaban mis hombros, pero fue la marca en la base de mi cuello la que me dejó petrificada.
Era profunda, oscura, una firma grabada a fuego.
En ese instante, su voz ronca y cargada de una lujuria antinatural volvió a retumbar en mi cabeza, justo cuando sus labios se cerraban sobre ese mismo punto en medio de la noche.
«Para que cuando te mires al espejo, recuerdes exactamente a quién perteneces, bruja».
— Bestia posesiva... — susurré, rozando la marca con la punta de los dedos, todavía ardía —. Me las vas a pagar.
Sentía la sangre calentarse en mis venas, pero se me pasó pensando en como estaría él.
La humillación de despertarme sola se mezcló con una chispa de triunfo eléctrico.
Rodrigo había huido, sí, pero no sin antes dejar su sello, como si tuviera miedo de que yo pudiera olvidar su rendición.
Se creía muy astuto recuperando su máscara de frialdad y marchándose a la oficina antes del amanecer, pero me había dejado el arma perfecta.
Me miré una última vez, con una sonrisa depredadora dibujándose en mis labios mientras buscaba el corrector de maquillaje de alta cobertura.
Me cubrí la marca del cuello lo justo para que fuera imperceptible a simple vista, pero lo suficientemente sugerente para que, si él se acercaba demasiado, supiera que yo recordaba cada una de sus palabras.
Caminé hacia la cocina, esperando encontrar al menos una nota.
Pero la encimera estaba impecable, su taza de café lavada y guardada, y el ambiente volvía a ser ese bloque de hielo monocromático que él llamaba hogar.
Rodrigo Robles Di Bianco había aplicado su mejor protocolo de emergencia: huir antes de que su conciencia lo consumiera por completo.
Me apoyé en el mármol frío, apretando los puños.
Él creía que su ausencia era una victoria, que al irse antes de que yo despertara recuperaba el control.
Pero se equivocaba.
Al huir como un ratón asustado del incendio que él mismo inició, me entregó la confirmación que necesitaba: el gran empresario de hielo no me tiene odio, me tiene miedo.
Y hoy, en la presentación técnica, me voy a encargar de que cada vez que me mire, recuerde exactamente por qué tuvo que escapar de esa cama en la oscuridad.
Hoy no solo íbamos a presentar un proyecto tecnológico; hoy iba a demostrarle a Rodrigo Robles Di Bianco que esas marcas no eran un símbolo de mi pertenencia a él, sino la prueba de que su autocontrol está muerto y enterrado.
Dos podían jugar ese juego, y yo no perdería mi ventaja, eso jamás.
Pues quien se ceee este 🤭