Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo X Cenizas de un amor
Tan pronto como Ester cruzó la imponente puerta de la mansión entre sollozos ahogados, una alarma de pánico absoluto se encendió en lo más profundo del pecho de Vincet. La fría victoria que había planeado con minuciosa crueldad durante diez años se evaporó en una fracción de segundo, reemplazada por un terror profundo que jamás imaginó experimentar. Ignorando los gritos enfurecidos de Ismael y las miradas estupefactas del abogado y de Elías, Vincet dio media vuelta y corrió tras ella, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones.
—¡Ester! —gritó al salir al pórtico de entrada, pero su voz se perdió en el viento.
Con las lágrimas nublándole la vista de forma casi total y las manos temblándole de manera descontrolada, Ester logró subir a su vehículo. Le costó varios intentos atinarle a la ranura con la llave, pero finalmente puso en marcha el motor. La aceleración fue brusca, violenta; los neumáticos chirriaron con desesperación sobre el pavimento de la entrada antes de que el auto saliera disparado hacia la avenida principal.
Ester no pensaba en nada; solo sentía el dolor lacerante en su pecho, las palabras de repudio de su padre retumbando en sus oídos y la imagen del rostro frío de Vincet grabada a fuego en su memoria.
Vincet no lo pensó dos veces. Subió a su propio vehículo a toda prisa, encendió el motor e introdujo el acelerador a fondo, saliendo en su persecución con el corazón latiéndole desbocado en la garganta.
—¡Responde, Ester! ¡Por favor, detén el auto! —suplicó Vincet en la soledad de su cabina, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
A lo lejos, el coche de Ester zigzagueaba peligrosamente entre los pocos vehículos que circulaban a esa hora.
Ella no miraba por los retrovisores ni le importaba el peligro. El dolor de la humillación, la traición del hombre a quien le había entregado su alma y la certeza de haber sido utilizada como el peón de una venganza maquiavélica la habían sumergido en un abismo de completa desesperación. Ya nada en el mundo tenía sentido. El entorno que siempre creyó seguro se había desmoronado por completo, dejándola en una soledad helada y aterradora.
La carretera comenzó a serpentear a medida que se alejaba de la zona urbana, dirigiéndose hacia los altos acantilados de la costa, donde el asfalto bordeaba un precipicio azotado por el viento salobre y las olas del mar. Vincet acortaba la distancia de manera desesperada, haciendo sonar la bocina sin cesar para intentar llamar su atención, implorándole al cielo que ella presionara el pedal del freno.
—¡Perdóname, mi amor! ¡Por favor, detente! —gritaba Vincet fuera de sí, rompiendo en un llanto amargo que rasgaba su voz. Por primera vez en su vida, el poderoso y calculador financiero se sentía completamente impotente.
Pero Ester ya no escuchaba nada. Con la mirada perdida en el horizonte gris y tenues hilos de lágrimas cayendo incesantemente por sus mejillas, sintió que el agotamiento emocional sobrepasaba sus fuerzas. Al divisar la curva más peligrosa del trayecto un tramo cerrado y traicionero sobre el acantilado, ni siquiera intentó reducir la marcha. Tomó el giro a una velocidad suicida. El vehículo perdió la adherencia sobre el asfalto húmedo, derrapó con un chillido ensordecedor que perforó el aire y chocó brutalmente contra la barrera de contención de concreto, destruyéndola por completo.
Vincet abrió los ojos con horror y el tiempo pareció congelarse en un fotograma macabro. Vio la silueta del automóvil flotando en el vacío por una fracción de segundo, suspendida sobre el precipicio, antes de caer en una picada libre y rápida hacia las rocas afiladas del fondo.
—¡NOOOOO! —el alarido de Vincet retumbó en la soledad de la carretera, un grito intenso cargado de una culpa infranqueable.
Frenó de golpe, haciendo derrapar su coche de lado. Salió del auto sin siquiera cerrar la puerta y corrió desenfrenadamente hacia el borde del precipicio. Tropezó con las piedras sueltas de la orilla, quedando al borde del colapso físico y mental, justo a tiempo para presenciar el instante en que el vehículo de Ester impactó de lleno contra las rocas gigantescas del acantilado.
El estallido fue inmediato, feroz y atronador.
Una inmensa bola de fuego y una densa columna de humo negro envolvieron la estructura de metal en cuestión de segundos. El eco sordo de la explosión rebotó contra las paredes de piedra, ahogando por completo el rugido del mar y reduciendo a cenizas cualquier rastro del automóvil... y de su amada.
Vincet cayó de rodillas sobre la tierra fría y húmeda. Con las manos apretadas contra la cabeza y la mirada petrificada en el fuego infernal que consumía lo único puro que le quedaba al mundo, sintió que la razón se le escapaba. El hombre que había orquestado durante diez años una venganza implacable para vengar una muerte del pasado, acababa de convertirse en el ejecutor directo y cruel del único amor de su vida.
El abrumador silencio que siguió al estallido, roto únicamente por el crepitar de las llamas a lo lejos, se transformó en el castigo más despiadado que el destino pudo haber trazado para él. La venganza estaba consumada, pero a costa de enterrar su propia alma en el mismo abismo.
Al final supieron renacer como pareja
Dale con todo por idiota