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La Princesa de la Mafia

La Princesa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Escuela / Mafia / Autosuperación / Venganza de la protagonista / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Queenvyy27

Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.

El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.

Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.

Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?

Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.

NovelToon tiene autorización de Queenvyy27 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19 — Dante, tímido

Alejandro hojeaba los expedientes que tenía en las manos y releía con atención los perfiles que figuraban en ellos. ¿Cómo pudo Aurelia enterarse de la información de estas dos personas? —se preguntaba.

Tuuut...

Pulsó el botón del intercomunicador para llamar a su secretaria, Raquel.

—Diga, señor —contestó la voz de Raquel al otro lado.

—Llama a Ben ahora mismo —ordenó Alejandro y, sin esperar respuesta, cortó la comunicación.

Al poco, Ben entró e hizo una respetuosa reverencia. Alejandro le entregó el expediente.

—Encárgate de contratarlos para Aurelia —dijo.

Ben tomó las carpetas que su jefe le tendía. Ya sabía qué debía hacer. En eso era competente: a veces entendía lo que su jefe quería con apenas un gesto. Y es que Ben no era solo el asistente de Alejandro; eran amigos desde la preparatoria, así que se explicaba su paciencia con el carácter frío y arrogante de aquel jefe que era también su amigo.

Eran las 10:30 de la mañana. Los alumnos de la Preparatoria Altamira se desparramaron hacia la cafetería como zombis hambrientos, corriendo a saciar el estómago. Aunque muchos preferían quedarse en el aula o jugar en la cancha. A Aurelia también le rugía el hambre: por la mañana solo había desayunado un pan y un vaso de leche.

Aurelia hizo cola en su puesto favorito de sopa.

—Una sopa, por favor, señora... y de beber, un té helado con limón —pidió a la mujer del puesto.

—Enseguida, niña —respondió la vendedora, amable.

Al rato Aurelia tuvo su pedido, pagó y dejó atrás la larga fila. Por suerte había salido de las primeras y no le tocó esperar tanto.

Buscó una mesa libre. Eligió la segunda, junto al lavamanos, el único sitio aún desocupado. Se sentó sola a disfrutar tranquila de su sopa.

Apenas llevaba dos cucharadas cuando Andrea se sentó justo frente a ella con un tazón de caldo y un jugo de naranja, que dejó sobre la mesa.

—¿Por qué me dejaste atrás, Aure? —preguntó Andrea. Aurelia se le había adelantado a la cafetería; o más bien, había querido estar sola, sin que nadie la molestara, ni siquiera Andrea.

—Vine del baño y, al sonar el timbre, me fui directo a la cafetería —se excusó Aurelia.

Silencio. Comían cada una lo suyo sin hablar. Pero la calma duró poco: de repente alguien le vació un té helado encima del uniforme a Aurelia.

—¡Uy! Perdón, se me resbaló la mano —dijo la chica, que no era otra que Natalia. Por segunda vez buscaba pleito con Aurelia, sin que ella supiera qué le había hecho.

Aurelia soltó un bufido de fastidio. Ahora tenía la ropa empapada y pegajosa.

Fulminó con la mirada a Natalia, que le sonreía con sorna. Entonces se levantó, tomó el caldo de Andrea —del que quedaba media ración— y se lo volcó en el uniforme a Natalia.

—¡Uy! Perdón, se me resbaló la mano —dijo Aurelia, imitando su tono.

—¡Aaahhh! Tú... —chilló Natalia, los ojos encendidos de rabia. Sacudía su uniforme, ahora teñido de amarillo por el caldo, con restos de fideos y verduras pegados encima. Aurelia se lo había echado a propósito.

El grito de Natalia desvió hacia ellas la atención de toda la cafetería.

—Mi caldo —Andrea miró con pena su tazón vacío; apenas se había comido la mitad y seguía con hambre.

—Te lo repongo —le dijo Aurelia, al verla afligida.

—Sé que lo hiciste a propósito... Aquí todos lo vimos, no estamos ciegos —gritó Brenda, una de la pandilla de Natalia.

Aurelia esbozó una sonrisa torcida mirando a Brenda y a Natalia.

—¿Y si lo hice a propósito, qué? —respondió, desafiante.

—Le devolviste así nada más... Natalia no quiso, fue sin querer —terció Mía, otra de la pandilla.

Aurelia soltó una risa.

—Solo le devolví lo que ella hizo... A propósito o sin querer, da igual —dijo, encogiéndose de hombros.

—Y agradece que solo te eché caldo encima... y no el de mi sopa, que va bien picante —le susurró Aurelia a Natalia al oído. Al pasar a su lado, le rozó adrede el hombro, que temblaba. Natalia apretó los puños, rechinando los dientes para contener la furia.

Aurelia se marchó dejando atrás a Natalia y a sus secuaces.

Al verla irse, Andrea la siguió.

—Voy a comprarte un uniforme nuevo en la cooperativa... Tú ve al baño, que yo te alcanzo allá —dijo Andrea cuando ya se habían alejado del tumulto.

Aurelia se volvió hacia ella.

—Gracias —y siguió caminando mientras observaba a Andrea alejarse hacia la cooperativa del colegio.

Camino al baño, Aurelia se cruzó con Dante y su pandilla.

Intentó no prestarles atención, con la esperanza de que él hiciera lo mismo. Pero, una vez más, se llevó un chasco: Dante se quitó de pronto la camisa del uniforme y se la puso a ella sobre los hombros. Ahora él quedó solo con una playera blanca lisa.

Para colmo, a ojos de Aurelia se veía guapísimo, y ella no podía negarlo.

Se quedó pasmada mirando a Dante, que a su vez la observaba con una expresión tímida y desviaba la vista hacia otro lado. ¿Qué le pasa? —pensó Aurelia.

—Abróchate la camisa —dijo Dante, con la voz contenida.

Aurelia bajó la mirada hacia su pecho y fue abrochando, uno a uno, los botones de la camisa de Dante. Entonces entendió por qué él tenía esa cara de vergüenza.

Se le encendió el rostro de pura turbación: con la ropa empapada, su uniforme se había vuelto transparente y dejaba ver lo que había debajo.

Aurelia, incómoda, intentó comportarse con naturalidad.

Sonrió al ver a Dante con esa actitud. ¿No era en la novela un hombre rígido? Y ahora, en cambio, descubría a un Dante con expresión tímida. Qué encanto —pensó.

Detrás de Dante, varios chicos no menos apuestos que él se habían quedado boquiabiertos, pensando exactamente lo mismo que Aurelia. Era la primera vez que veían a Dante tan cohibido.

—Gracias —le dijo Aurelia, y se marchó dejando atrás a Dante y a sus amigos.

Apenas se fue, los compañeros de Dante —los del círculo interno de Orchi— rompieron a burlarse de su timidez.

—Vaya, ¿qué es esto, jefe? ¿Conque también tiene su lado tímido? —dijo Samuel con un silbido.

—El jefe ya está perdidamente embobado, muchachos —añadió. Solo aquel descarado se atrevía a pinchar a Dante; los demás se limitaban a reírse, hasta que recibieron una mirada afilada de Dante, sobre todo Samuel. Al instante se callaron y nadie más se atrevió a hablar. Siempre era así.

—Mateo, revisa las cámaras a ver qué pasó realmente —ordenó Dante, de nuevo glacial.

—A la orden, jefe —respondió Mateo con un saludo militar. Sacó el teléfono y buscó la grabación de la cafetería de minutos atrás.

Mientras Dante revisaba la grabación, su semblante se ensombreció al ver cómo Natalia le había vaciado adrede la bebida a Aurelia, dejándole el uniforme empapado y transparente. Y, peor aún, varios chicos en la grabación lo miraban fijo. Se distrajo al recordar que sus propios amigos estaban viendo lo mismo.

—Tápense los ojos —ordenó, frío, y los demás respondieron con un giro de ojos.

Un instante después sonrió al ver en el teléfono de Mateo la grabación en la que Aurelia le devolvía a Natalia con creces.

—Vaya, sí que está embobado —soltó Samuel, y enseguida recibió un coscorrón de Iván. No escarmentaba con eso de molestar a su jefe; muchas veces, por su culpa, los demás también acababan castigados.

Samuel miró torcido a Iván, que ni se inmutó.

—Bruno, dales una pequeña lección —ordenó Dante.

Bruno asintió. El carácter de Bruno era idéntico al de Dante: igual de rígido.

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