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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:135
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de uutami para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Tac.

Tac.

Tac.

Unos pasos golpeaban el suelo del pasillo de la oficina. Bastián abrió la puerta con el aliento entrecortado.

—¡Tenemos un problema!

—¿Qué te pasa? Parece que te persigue el diablo —dijo Mateo, medio riéndose al ver a su amigo tan tenso.

—¡Tu mamá!

—¿Qué?

—¡Tu mamá fue a la casa alquilada!

—¿Qué?

Mateo se levantó de golpe; la silla se volcó hacia atrás.

—Los hombres ya están allá. Tu mamá fue en persona.

A Mateo se le fue la sangre a los pies.

—Demonios.

Marcó el número de Vale al instante. Tonos de espera. Uno. Dos. Nadie contestó.

—Vale, contesta... —murmuró, con el corazón desbocado.

Agarró el saco.

—Bastián, nos vamos ahora.

El auto arrancó. Las calles se sentían interminables. Mateo volvió a intentar; el teléfono seguía sin respuesta.

—Mateo, tranquilízate —intentó Bastián—. Ahora el que parece endemoniado eres tú.

—¡Diablos! ¿Cómo quieres que me calme? —Mateo se restregó el rostro—. Mi mamá está allá. Vale está sola.

El auto estaba por llegar. Bastián lo miró por el retrovisor.

—Mateo...

—¿Ahora qué?

—Vas vestido de ejecutivo.

Mateo se quedó inmóvil medio segundo.

—Rayos.

Se arrancó el saco y lo arrojó al asiento de atrás, se aflojó la corbata, se quitó los zapatos.

—¡Maldita ropa estorbosa! —refunfuñó.

—¿En serio te vas a quitar los zapatos también?

—¿Quieres que sospeche por qué traigo zapatos caros?

—¿Y ella sabe de ropa cara?

El auto se detuvo cerca de la casa alquilada. Mateo se bajó antes de que frenara por completo y corrió por el callejón estrecho, la respiración agitada, los pies descalzos golpeando el asfalto áspero.

Justo en ese instante, la puerta de la casa se abrió de par en par. Vale estaba de pie ahí. Y Gloria, frente a ella.

—¿Vale?

—¿Señora Gloria?

Ambas parecían sorprendidas.

—¡Vale! —gritó Mateo desde el patio, lleno de pánico.

Vale giró por instinto.

—¿Mateo...?

Mateo se plantó de inmediato delante de Vale, haciendo de escudo con su cuerpo.

Gloria casi se desmayó del susto.

—¡¿Tú?!

La mirada de Gloria descendió hasta los pies descalzos de Mateo. Después a la camisa arrugada. Después a la respiración todavía jadeante.

Vale lo observó con más detenimiento.

—Mateo... ¿por qué vienes tan agitado? ¿Y tus sandalias?

Mateo improvisó a toda velocidad.

—Acabo de acordarme de que se te complica caminar con la muleta hasta el trabajo. Así que quise llevarte. Salí tan apurado que se me olvidaron las sandalias.

—Ay, Mateo. Se te ocurre cada cosa —aceptó Vale sin la menor sospecha—. Puedo ir sola.

—Pero yo quiero llevarte —contestó Mateo, tajante.

Gloria volvió a mirar a Vale. La joven que estaba de pie con la cabeza inclinada en señal de respeto, una mano en la muleta y la otra en la hoja de la puerta.

—¿Vives... aquí, Vale? —preguntó Gloria, un tono más bajo.

—Sí, señora Gloria —respondió Vale con franqueza.

Mateo miró a Vale, después a Gloria.

—Espera. ¿Se conocen?

Gloria entrecerró los ojos.

—Me acuerdo de ti —le dijo a Vale, con la voz más suave—. Tu trabajo es muy bueno. Me encantó.

Vale sonrió con timidez.

—Ay, gracias, señora.

Ahora era Mateo el confundido. Miraba de una a otra, intentando armar un rompecabezas que no se esperaba.

Vale se volvió hacia Gloria.

—Señora Gloria... ¿a qué debemos su visita?

Mateo contuvo el aliento. Le lanzó una mirada suplicante a su madre.

Gloria la captó. Dibujó una sonrisa fina.

—Me... perdí —dijo al fin—. Y me dio sed.

—Ah, pase, por favor —Vale abrió la puerta de par en par—. Le traigo algo de tomar.

Vale le hizo una seña a Mateo para que invitara a Gloria a pasar. Mateo obedeció sin chistar.

—Ay, perdone, no quiero molestar —dijo Gloria, pero sus pies ya cruzaban el umbral.

—Qué va, señora. Al contrario, me da mucho gusto recibirla en nuestra casa.

En cuanto Vale fue a la cocina, Gloria le dio un codazo fuerte a Mateo.

—¡¿Qué es esto?!

—¿Conoces a Vale, mamá?

Gloria le torció la oreja, despacio pero con saña.

—¿Estás viviendo con una mujer?

—Mamá, por favor —susurró Mateo—. Después te explico. En la casa, ¿sí?

Vale apareció con dos vasos de agua.

—Aquí tiene, señora.

En un parpadeo, el rostro de Gloria volvió a la neutralidad.

—Gracias.

Bebió el agua sin dejar de vigilar a Mateo con una advertencia inequívoca en los ojos.

—Me retiro. Tengo cosas que hacer.

—Claro, señora —respondió Vale con amabilidad—. Que le vaya bien.

Gloria se puso de pie. Antes de salir, se volvió hacia Mateo. Su mirada era punzante: una promesa de que aquello no había terminado.

En cuanto la puerta se cerró, Mateo soltó un largo suspiro.

—¿Por qué estás tan tenso?

—¿Yo, tenso? —Mateo se pasó la mano por la nuca—. Ha de ser porque vine corriendo...

—¿Viniste sin la moto? —preguntó Vale, cada vez más extrañada.

Mateo abrió la boca, cayendo en cuenta de que en su pánico había olvidado un detalle crucial.

—Ah, sí. Se le acabó la gasolina —inventó.

—¿Y dónde la dejaste?

—Pues... —Mateo exprimía el cerebro buscando excusas—. Allá afuera. Le pedí a Bastián que le pusiera gasolina. Es que estaba tan preocupado por ti que no pude esperar...

Vale sonrió. Las palabras de Mateo sonaban descaradamente cursis.

—No terminé de arreglar la casa.

—Anda, termina. Yo voy por la moto —dijo Mateo, aprovechando la salida.

—Sí, con cuidado.

Mateo salió, y apenas llegar a la esquina del callejón, Bastián ya estaba ahí esperando con la moto de Mateo.

—¡Hermano! ¡Eres mi salvación!

Bastián rio quedamente.

—Ya sabía... Entraste en pánico y olvidaste lo más importante —dijo, dando unos golpecitos en el tablero de la moto.

Después, Mateo llevó a Vale al salón. En el camino, ella charlaba con ligereza, sin percatarse de la tormenta que se avecinaba.

Tras dejarla, Mateo cambió de rumbo. Tenía que ir primero a la oficina a resolver el trabajo pendiente.

—Uff, qué día tan agotador —se quejó, aflojándose la corbata.

—¿No vas a ir a la casa principal? —preguntó Bastián, caminando a su derecha.

—Después... Buscaré el momento...

Bastián solo negó con la cabeza. La puerta de su oficina se abrió, y Mateo dio un respingo.

—¡¿Mamá?!

Gloria ya lo esperaba en el sofá de visitas. Sentada con la espalda recta. Los brazos cruzados.

—No tiene caso que espere en la casa. Ahora mismo me explicas —dijo Gloria con frialdad—. ¿Por qué vives bajo el mismo techo que Vale?

Mateo inspiró hondo. Sabía que no podía huir, y tampoco tenía intención de hacerlo.

—Porque Vale es mi esposa.

El silencio golpeó la habitación.

—¿Qué dijiste?

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