nada es para siempre
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13
La noche prometía ser inolvidable. La conversación entre ellos fluía sin esfuerzo, mientras el ambiente se había vuelto borroso, pero para ellos el mundo se había reducido al espacio entre sus cuerpos. La noche prometía un desenlace inevitable. La conversación fluía sin esfuerzo entre risas ahogadas, los tragos iban y venían en copas de cristal que tintineaban bajo los reflectores, y llevaban un tiempo muy largo bailando, perdiéndose en el ritmo y seduciéndose sin ningún tipo de timidez. El magnetismo era tan evidente que ya no había marcha atrás; era el momento exacto de culminar la noche.
Taras, recuperando un destello de su habitual mentalidad calculadora, se apartó un segundo de la joven. Con paso firme, buscó a su jefe de seguridad, un hombre corpulento de traje oscuro que vigilaba desde la sombra de los pasillos. Con voz baja y un tono imperioso, le dio indicaciones estrictas: tenían que cuidar muy bien del pequeño osito, vigilando cada movimiento de Dmitriy en el club, mientras él se marchaba y se sumergía por completo en la miel de aquella tentación mexicana. El guardia asintió sin gesticular, comprendiendo la orden de inmediato.
Segundos después, Taras y Roberta abandonaban el lugar a paso apresurado, devorados por la urgencia. Al subir a la camioneta de vidrios blindados y asientos de piel, el conductor privado arrancó en un silencio sepulcral, aislando a la pareja del bullicio exterior. La cabina trasera se convirtió en un santuario privado de sombras y luces urbanas que se filtraban rítmicamente. Taras estiró el brazo hacia el minibar integrado, tomó una costosa botella de vodka helado y, tras dar un sorbo largo, retuvo el líquido. Se inclinó hacia adelante y, directamente de su boca, le ofreció el trago a Roberta en un beso profundo, ardiente y cargado de alcohol.
La chica tragó el licor entre jadeos, sintiendo el fuego quemarle la garganta antes de romper el beso con una sonrisa llena de picardía.
—Mmmm... qué rico —susurró Roberta, con los ojos entrecerrados y la respiración completamente alterada por la intensidad del momento.
El espacio de la camioneta pareció encogerse. Ya no había barreras ni dudas. Iban en la parte trasera del vehículo en una posición que desafiaba cualquier rastro de la timidez ; ella se acomodó a horcajadas sobre él, hundiendo sus dedos en el cabello claro del ruso y sintiendo la inmensa contextura física del gigante bajo su cuerpo. La diferencia de tamaños solo lograba avivar el fuego entre los dos.
Taras la sujetó firmemente por la cintura con sus manos fuertes, levantando la mirada con los ojos oscurecidos por el deseo puro y la respiración ronca.
—Muévete, pequeña... así —ordenó él en un susurro demandante, dictando el ritmo de los movimientos que hacían que la tapicería de piel de la camioneta crujiera suavemente bajo el peso de su pasión.
Roberta se inclinó de nuevo, buscando desesperadamente el calor , atrapada en un torbellino de sensaciones que jamás había experimentado.
—Mmmm... me gustan tus labios, saben tan bien —gimió ella, perdiéndose por completo en la textura de su piel y en el sabor del vodka que aún compartían en cada encuentro de sus bocas.
El trayecto por las avenidas de la ciudad se convirtió en un borrón de luces borrosas. Sus intimidades rozaban a través de las finas telas de sus ropas de fiesta, y la temperatura dentro del vehículo estaba al máximo absoluto, volviendo el aire denso y sofocante. Todo iba bien, muy bien, alcanzando un punto de no retorno. El silencio de la madrugada era roto únicamente por frases obscenas dichas a media voz, promesas susurradas al oído en dos idiomas distintos y roces descarados que hacían que ella se mojara por completo, desatando una urgencia que ya no respondía a la razón.
Por fin estaba pasando. Roberta lo supo en ese instante de lucidez borrosa: perdería lo que tantas veces quiso dejar atrás, su larga e incómoda inocencia , y lo haría con alguien que se notaba a leguas que sabía perfectamente lo que hacía con cada caricia, cada presión y cada movimiento de su cuerpo. La expectativa de la entrega la hacía temblar de anticipación en los brazos del extranjero.
La camioneta disminuyó la velocidad gradualmente hasta detenerse por completo. Habían llegado al lugar indicado, el destino privado que Taras había elegido para coronar la velada. El motor se apagó y las luces internas del tablero se atenuaron, dejándolos en una penumbra casi perfecta. Todo iba bien, el deseo estaba en la cúspide y las manos de Taras ya buscaban el cierre del vestido rojo de Roberta, listos para bajar del vehículo y cruzar el umbral hacia la intimidad absoluta. Sin embargo, justo en el milisegundo en que la expectativa rozaba la perfección, un silencio sepulcral y una oscuridad absoluta lo absorbió todo de golpe, apagando las luces y sumergiéndolos en un vacío total que congeló sus movimientos en seco.