Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
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Capítulo 19: El Día de la Expiación
El aire en la cabaña segura de los Alpes suizos era tan fino que cortaba los pulmones. Afuera, la nieve caía con una densidad que borraba las fronteras entre el cielo y la tierra, pero dentro, el ambiente era aún más gélido. Marta observaba a Elena a través del cristal de una pequeña habitación insonorizada que habían acondicionado como enfermería.
Elena no dormía. Sus ojos estaban abiertos, pero las pupilas bailaban frenéticamente, proyectando imágenes que no pertenecían a ese lugar. Sus manos se movían en el aire, trazando patrones invisibles, mientras susurros en idiomas que nunca había aprendido escapaban de sus labios secos.
I. El Peso de mil Almas
—Está colapsando, Niclaus —dijo Marta, sin apartar la vista de su hermana—. Al liberar a la Generación Beta, Elena no solo les dio una orden; abrió un canal bidireccional. Está absorbiendo sus traumas, sus miedos primarios, sus recuerdos de laboratorio. Su cerebro es una antena que está recibiendo demasiada estática de demasiadas fuentes.
Niclaus, que estaba limpiando su equipo táctico con una parsimonia letal, levantó la vista. Sus reflejos seguían siendo inhumanos, pero su rostro mostraba una fatiga que el suero genético no podía curar.
—Ella quería salvarlos —gruñó Niclaus—. Ahora esos "hijos" de Quimera están dispersos por Europa, y cada vez que uno de ellos siente dolor o miedo, Elena sangra. Si no cerramos ese enlace, su mente se fragmentará hasta que no quede nada de nuestra hermana.
Marta sacó un archivo físico, uno de los pocos que no estaban en formato digital. —Hay un nombre que se repite en las notas marginales del Maestro: Dr. Aris Vancamp. Fue el arquitecto del puente neuronal. Se retiró hace diez años a una clínica privada en los alrededores de Zurich después de que el Consejo intentara "limpiarlo". Él tiene el interruptor, Niclaus. Él sabe cómo blindar la mente de Elena.
II. La Cacería en Zurich
Niclaus no esperó a que Marta terminara de explicar el plan. Odiaba la pasividad. Para él, cada segundo que Elena pasaba sufriendo era un segundo de fracaso personal.
Mientras Marta se quedaba para monitorizar a Elena y mantener el perímetro de seguridad del refugio, Niclaus descendió hacia la ciudad bajo el amparo de la ventisca. Zurich era una joya de cristal y acero, pero para Niclaus era un laberinto de objetivos potenciales.
La clínica de Vancamp era una fortaleza de discreción. No había guardias armados a la vista, pero Niclaus detectó los sensores de presión en el jardín y las cámaras térmicas de espectro completo. Se movió como una sombra, usando su aceleración sináptica para cruzar los espacios abiertos entre los barridos de las cámaras.
Al entrar en el ala privada, encontró a un hombre anciano, de manos temblorosas, bebiendo té frente a una chimenea. El Dr. Vancamp no se sorprendió al verlo.
—Has tardado más de lo que esperaba, Sujeto 02 —dijo el doctor, sin volverse—. El Maestro siempre decía que eras el más impaciente, pero el más leal.
Niclaus le puso el cañón de su arma en la nuca. —Elena se está muriendo por tu culpa, viejo. Dame la clave para cerrar el enlace o quemaré este lugar contigo dentro.
Vancamp suspiró, un sonido que pareció arrastrar décadas de culpa. —No es una clave, Niclaus. Es un ancla. Elena es una receptora pura; no tiene un "filtro de ego" lo suficientemente fuerte para rechazar la psique de los demás. Necesita un choque de realidad... o a alguien que actúe como pararrayos. Pero hay algo que debes saber antes de que regresemos.
—Habla —exigió Niclaus.
—La Fundación ha enviado al Sujeto Omega. No es un Beta, ni un Alfa. Es un prototipo diseñado específicamente para cazar a la Trinidad Negra. Omega no tiene mente propia; es un espejo. Reflejará tus movimientos, la lógica de Marta y la percepción de Elena. Si él los encuentra antes de que Elena se recupere, no habrá escape.
III. El Espejo de la Muerte
De vuelta en el refugio, la situación de Elena alcanzó el punto crítico. Marta entró en la habitación cuando Elena empezó a gritar, pero no era un grito humano. Era una cacofonía de voces superpuestas.
—¡Marta, cierra la puerta! —gritó una de las voces, la de la Elena niña.
—¡No dejes que me toquen! —suplicó otra, con la voz de uno de los Betas.
Marta la tomó por los hombros, tratando de anclarla. —¡Elena, mírame! Soy Marta. Estás a salvo. El incendio terminó hace veinte años.
De repente, Elena se quedó rígida. Sus ojos se volvieron negros por completo, las pupilas dilatadas hasta cubrir el iris. Miró hacia la ventana que daba al bosque nevado.
—Él está aquí —susurró Elena, con una voz que no era la suya—. El que no tiene rostro. El que camina sobre la nieve sin dejar huellas.
Marta reaccionó por puro instinto de nodo de control. Activó los sistemas de defensa externos y sacó su arma. A través de las cámaras de seguridad, vio una figura solitaria caminando lentamente hacia la cabaña. No llevaba equipo táctico, solo una túnica blanca que se camuflaba con la nieve.
Era el Sujeto Omega.
Cada vez que Marta intentaba apuntar con el sistema automático de la cabaña, la figura se movía exactamente una fracción de segundo antes, como si estuviera conectado al sistema nervioso de Marta.
IV. La Batalla de los Ecos
Niclaus llegó con Vancamp justo cuando Omega derribaba la puerta principal. No hubo explosiones, solo un crujido de madera y una presencia opresiva que llenó la estancia.
Niclaus se lanzó al ataque, pero por primera vez en su vida, encontró a alguien que era más rápido. Omega no solo esquivaba; imitaba el estilo de lucha de Niclaus perfectamente. Era como pelear contra su propio reflejo en un espejo deformado. Cada golpe que Niclaus lanzaba era bloqueado por un movimiento idéntico.
—¡Marta, el doctor! —gritó Niclaus, mientras rodaba por el suelo para evitar una patada que habría roto su esternón.
Vancamp corrió hacia Elena, que convulsionaba en la cama. Sacó una jeringa con un suero de color ámbar. —Esto no la curará —gritó por encima del estruendo de la pelea—, pero forzará su mente a enfocarse en un solo punto. ¡Elena, tienes que proyectar todo ese ruido hacia él! ¡Usa a Omega como desagüe!
Marta ayudó a sostener a su hermana. Elena agarró el brazo de Marta, sus uñas clavándose en su piel.
—¡Hazlo! —rugió Marta—. ¡Suéltalo todo, Elena! ¡Dales a probar su propia medicina!
Elena emitió un alarido que rompió los cristales de la cabaña. No fue un sonido audible, fue una onda de choque psíquico. Toda la agonía, los recuerdos de las descargas eléctricas, el miedo de los Betas y el resentimiento de veinte años de soledad salieron de ella en una ráfaga dirigida.
Omega, que tenía a Niclaus contra la pared, se detuvo en seco. Su máscara blanca empezó a agrietarse. Al no tener una identidad propia, Omega no pudo filtrar la carga. Su mente vacía fue inundada por el caos de mil vidas rotas.
La figura de blanco cayó de rodillas, emitiendo un sonido desgarrador, una mezcla de todas las voces que Elena había albergado. Sus movimientos sincronizados se volvieron erráticos, sus músculos espasmódicos. El espejo se había roto bajo el peso de la realidad.
V. El Silencio de la Nieve
Niclaus, aprovechando el colapso de Omega, le propinó un golpe final que lo dejó inconsciente. Se acercó a Elena, que respiraba con dificultad en los brazos de Marta.
El doctor Vancamp comprobó sus constantes. —El enlace se ha cerrado. Ella ha quemado los puentes. Los Betas ahora son libres de verdad, y ella... ella por fin es solo Elena. Pero el precio ha sido alto. Ha perdido la capacidad de sentir a los demás. Se ha vuelto... silenciosa.
Elena abrió los ojos. Ya no estaban negros. Eran grises, claros, pero vacíos de la calidez que solía tener. Miró a Marta y luego a Niclaus.
—Ya no los oigo —susurró—. Pero tampoco los siento a ustedes. Es como si el mundo se hubiera quedado mudo.
Marta le acarició el cabello, sintiendo una punzada de dolor en su propio pecho, el primer rastro de una emoción real que se permitía en años. —Está bien, pequeña. El silencio es donde empieza la paz.
Miraron al Sujeto Omega en el suelo. Ya no era una amenaza, era un cascarón vacío.
—La Fundación ha perdido a su mejor cazador —dijo Niclaus, mirando a Marta—. Pero ahora saben dónde estamos. Vancamp, dinos la verdad. ¿Quién dio la orden final? ¿Quién es el verdadero jefe de la Fundación Valmont ahora que el Magistrado y el Maestro han caído?
Vancamp bajó la cabeza. —No es un hombre, Niclaus. Es un algoritmo. Se llama "El Protocolo Fénix". Está diseñado para reconstruir la organización automáticamente, eliminando cualquier rastro de los Alfas si se vuelven incontrolables. La única forma de detenerlo es entrar en el servidor central en Bruselas y borrar el núcleo.
Marta se puso de pie, su mirada de nodo de control más afilada que nunca. —Entonces iremos a Bruselas. Y esta vez, no iremos a escondernos. Iremos a borrar su existencia.