los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)
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IV. Fili e metalli.
Giulia Tagliaferro:
Sentí su presencia antes de verla. Hay personas que caminan como si el suelo les perteneciera, con una vibración pesada, metálica, que corta el aire. Yo seguí con la vista fija en mi nudo plano, pasando el hilo encerado azul cobalto sobre la cuenta de plata. No necesitaba mirar para saber que alguien "importante" se había sentado frente a mí.
Mi nombre es Giulia Tagliaferro. Tengo 18 años y, según mi madre, un apellido que nadie fuera de esta región puede pronunciar bien al primer intento. Soy estudiante de segundo año de Restauración de Bienes Culturales en la universidad de aquí al lado. Supongo que por eso me gusta tanto hacer esto; mis manos necesitan estar siempre recuperando algo, creando estructura donde solo hay hilos sueltos.
Físicamente, no soy nada del otro mundo. Tengo el cabello castaño, ondulado y perpetuamente rebelde, y unos ojos color miel que cambian a verde según la luz del parque. Mi estilo es... práctico. Me gusta lo femenino, pero mi "uniforme" suele ser una sudadera dos tallas más grande y unos pantalones cargo desgastados. No es por falta de gusto, es por comodidad: necesito bolsillos para mis herramientas y espacio para moverme sin miedo a mancharme con resina o pintura.
—¿Te gusta lo que ves o solo estás contando cuántas piedras me quedan? —pregunté, rompiendo el hielo.
La mujer frente a mí era un contraste absoluto. Parecía una estatua de mármol vestida por los mejores sastres de Milán. Gafas impecables, un traje gris que gritaba "dinero y poder", y una expresión tan gélida que me dio escalofríos.
Soy una persona de pensamientos lentos pero profundos. Mi personalidad es tranquila, un poco cínica a veces, pero sobre todo, observadora. No me asusto fácil; en mi carrera tratas con piezas que tienen siglos de antigüedad, cosas que han visto guerras y terremotos y siguen ahí. Una mujer de traje, por muy imponente que sea, es solo otra pieza del paisaje.
—Es... inusual —respondió ella. Su voz tenía un rastro de italiano profundo, elegante pero cortante—. Tanta concentración para algo tan pequeño.
Terminé el cierre de la pulsera y finalmente la miré a los ojos. Eran extraños, uno café y el otro de un verde olivo hipnotizante. Se veía agotada de una forma que el maquillaje no podía ocultar.
—A veces lo pequeño es lo único que podemos controlar, ¿no crees? —le dije, regalándole una media sonrisa.
Manejo mi día a día con esa filosofía. No pienso en el gran caos del mundo, ni en las facturas que apenas llego a pagar vendiendo mi bijouterie en este parque. Me enfoco en el siguiente nudo, en la siguiente cuenta, en la siguiente clase. Si te enfocas en el cuadro completo, te abrumas. Si te enfocas en el detalle, sobrevives.
Ella se quedó callada, y por un segundo, la vi dudar. Su armadura de "mujer de negocios" pareció agrietarse un milímetro. Era obvio que no pertenecía aquí, entre estudiantes que huelen a libros y café barato, pero había algo en su mirada que me decía que, por alguna razón, necesitaba estar justo en este banco, frente a una chica que hace pulseras de cinco euros.
—¿Quieres intentar? —le solté de pronto, ofreciéndole un par de hilos sueltos.
Sus cejas se elevaron por encima de sus lentes. No creo que nadie le haya ofrecido nunca algo tan "trivial" en su vida. Y sinceramente, me divertía ver qué iba a hacer una mujer tan poderosa con un trozo de hilo encerado entre sus manos de seda.
Me quedé observándola un segundo más de lo necesario. No era solo el traje o la postura rígida; era su mirada. Tenía un ojo de un café tan profundo que parecía absorber la luz, y el otro de un verde olivo que brillaba como una piedra preciosa bajo el sol de la tarde. Eran hipnotizantes, como una de esas obras de arte que estudio en la facultad y que esconden más de lo que muestran.
—Hai degli occhi bellissimi (Tienes unos ojos hermosos) —solté, casi sin pensar, con una suavidad que me salió del alma.
La reacción fue instantánea. La "General" —o lo que sea que fuera esa mujer tan imponente— se quedó congelada. Su cara fue un poema: abrió un poco más los ojos, apretó los labios y arqueó una ceja con una incredulidad tan mal disimulada que resultaba cómica. Parecía que nadie le había dicho algo tan sencillo y sincero en años, o quizá es que estaba acostumbrada a que la gente solo le hablara de negocios o le tuviera miedo.
No pude evitarlo. Se me escapó una risita divertida, soltando el aire por la nariz. Era demasiado gracioso ver a alguien que irradiaba tanto poder verse tan... fuera de lugar por un simple cumplido.
—No tienes que poner esa cara de susto —añadí, bajando la vista a mis manos para seguir con el trenzado—. No muerdo. Solo digo lo que veo.
Ella carraspeó, ajustándose los lentes con un movimiento rápido, recuperando un poco de esa compostura de hierro que se le había resbalado por un momento.
—¿Gracias...? —respondió, y por primera vez su voz no sonó tan gélida. Había un rastro de duda, de una vulnerabilidad que intentaba aplastar—. Bueno... yo no sé hacer esto. Mis manos no están hechas para cosas tan... delicadas.
Se quedó mirando los hilos que le ofrecía como si fueran cables de una bomba a punto de estallar. Luego, suspiró, dejando caer un poco los hombros.
—Y por cierto, me llamo Alessandra —dijo, fijando su mirada heterocromática en la mía—. ¿Tú cómo te llamas?
—Giulia —respondí, sonriendo de verdad esta vez y dejando la pulsera a medio terminar sobre mis piernas—. Giulia Tagliaferro. Y no te preocupes por no saber, Alessandra. Nadie nace sabiendo cómo atar los cabos sueltos. Solo hace falta paciencia y... bueno, estar dispuesta a ensuciarse un poco las manos.
Le tendí de nuevo los hilos, esta vez con más insistencia.
—¿Te vas a quedar ahí mirando con tu traje caro o vas a intentar hacer al menos un nudo? Prometo no juzgarte si te sale un desastre.
Alessandra:
Me quedé mirando esos hilos encerados como si fueran serpientes venenosas. La propuesta de Giulia era ridícula. Yo no hacía estas cosas. Yo firmaba contratos de demolición, revisaba inventarios de armamento y calculaba porcentajes de lavado de dinero con una precisión matemática. Mis manos estaban hechas para el gatillo de una Beretta o para sostener una pluma estilográfica Montblanc, no para... esto.
Pero había algo en la sonrisa desafiante y tranquila de Giulia que me pinchaba el orgullo. Y, para ser sincera, la idea de volver al coche y enfrentarme al desastre que mis hermanos seguramente seguían limpiando me daba una pereza monumental.
—D'accordo, Giulia Tagliaferro (De acuerdo, Giulia Tagliaferro) —dije, suspirando de forma dramática mientras me quitaba los lentes y los guardaba en el estuche de cuero—. Pero si esto termina pareciendo un nudo marinero mal hecho, será tu culpa por insistir.
Me incliné hacia adelante, extendiendo mis manos cuidadas, con la manicura impecable, hacia ella. Ella me entregó dos hilos gruesos de color azul oscuro y una cuenta de metal envejecido.
—Es fácil, Alessandra —dijo, su voz suave contrastando con la tensión que sentía en los hombros—. Solo tienes que pasar este hilo por encima, luego por debajo del central, y tirar. Es un nudo plano.
—Fácil... —mascullé.
Intenté imitar su movimiento. Crucé el hilo derecho sobre el central. Hasta ahí bien. Luego intenté pasarlo por debajo del izquierdo. Mis dedos, acostumbrados a movimientos firmes y decisivos, se sentían torpes, pesados, como si llevaran guantes de boxeo. El hilo se me resbaló dos veces. Fruncí el ceño, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello.
—No, por ahí no, Ale. Mira —Giulia puso su mano suave sobre la mía para corregir la trayectoria del hilo. El contacto fue breve, pero sentí una chispa extraña—. Así, por debajo de este bucle.
Lo intenté de nuevo. Apreté el nudo con demasiada fuerza, haciendo que la cuenta de metal saltara y casi me diera en la cara.
—Porca miseria! (¡Maldita sea!) —solté un gruñido bajo, un sonido gutural que salió directamente de mi frustración. Era el mismo tipo de gruñido que asustaba a mis hermanos, pero aquí, en este banco de parque, sonaba absurdo.
Giulia soltó una risita suave. Me giré para mirarla, dispuesta a lanzarle una mirada asesina, pero me detuve en seco. Ella estaba imitándome. Tenía el ceño fruncido de forma exagerada, la boca apretada en una línea fina y estaba arrugando la nariz de una manera que solo podía describir como ridículamente tierna. Parecía un cachorro de lobo intentando parecer feroz.
La miré, desarmada por completo. La rabia por el hilo estúpido se evaporó, reemplazada por algo mucho más peligroso. Sin pensar, sin filtros, con la misma brutal honestidad que usaba en las reuniones de la mafia, las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro pudiera detenerlas.
—Si sigues haciendo eso, te voy a besar.
Me quedé helada en cuanto las palabras cruzaron mis labios. ¿Qué cazzo acabo de decir? Mi entrenamiento, mi apellido, mi posición... todo se había esfumado por un segundo ante esa nariz arrugada y esos ojos color miel. La miré, esperando ver miedo o indignación en su rostro, pero ella simplemente dejó de arrugar la nariz y me miró con una expresión de sorpresa pura que, de alguna manera, la hacía ver aún más adorable.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con los nudos planos ni con los hilos azules.
Me quedé en silencio, obligando a mis dedos a cooperar con el maldito hilo azul. Nunca en mi vida le había puesto tanta dedicación a algo tan pequeño; ni siquiera cuando revisaba los microchips de contrabando en el puerto ponía este nivel de atención. El punto plano seguía saliendo algo irregular, una clara metáfora de mi paciencia, pero lo hacía con una delicadeza casi sagrada. No quería que Giulia tuviera ninguna excusa para volver a esquivarme.
De reojo, observé lo que ella estaba haciendo. Había dejado de lado los hilos y ahora manipulaba un alambre de oro finísimo con unas pinzas diminutas. Sus movimientos eran rápidos, expertos, casi quirúrgicos.
*¿Qué demonios está inventando ahora?*, me pregunté, pero mordí mi lengua para no interrumpir su trance.
Vi cómo seleccionaba con cuidado dos tipos de piedras: unas pequeñas cuentas de un verde olivo profundo, casi del color de las hojas de los árboles bajo la sombra, y otras de un gris gélido, metálico. Me quedé helada por un segundo, con el hilo azul suspendido entre mis dedos.
Esas piedras... eran los colores de mis ojos. El verde de mi ojo izquierdo y el gris que a veces tomaba mi ojo derecho bajo la luz directa, o quizás el gris de los ojos de Matteo que ella aún no conocía pero que yo llevaba grabados en mi ADN familiar. Era una combinación específica, personal. Una punzada de algo que no sabía identificar —pero que se parecía mucho a la ternura— me atravesó el pecho.
—*Sei concentrata, eh?* (Estás concentrada, ¿eh?) —dije en voz baja, tratando de que mi frustración con el hilo azul no empañara el momento.
—El metal no perdona los errores como el hilo, Ale —respondió ella sin mirarme, doblando el alambre con una precisión que me hizo apretar la mandíbula—. Si doblas mal el oro, se marca para siempre. Hay que saber exactamente cuánta presión aplicar antes de que se rompa.
La miré trabajar. Sus manos no temblaban. Me pregunté si ella también estaba aplicando esa "presión justa" sobre mí, estirando la cuerda para ver cuánto tardaba en romper mi máscara de hierro. El contraste era ridículo: yo, la mujer que controlaba el destino de cargamentos millonarios, sudando frío por un nudo de macramé, mientras ella tejía una joya que llevaba mis colores con la naturalidad de quien respira.
—Terminé —anuncié de repente, aunque el último nudo estaba un poco flojo. Le tendí la pulsera azul como si fuera una ofrenda de guerra—. *Ecco qua.* (Aquí está.) Tu pulsera azul. Ahora, deja de torturar ese alambre y mírame.
Giulia soltó las pinzas y dejó la pieza de oro y piedras verdes sobre su regazo. Lentamente, levantó la vista, y esa sonrisa traviesa volvió a aparecer, pero esta vez tenía un brillo diferente, algo más suave, más expectante.
—A ver... —tomó mi obra con sus dedos tibios, examinando el punto plano con una seriedad fingida—. Está... aceptable para ser tu primera vez. Un poco apretada, como tú, pero aguantará.
—No me hables de la pulsera, Giulia —le advertí, acortando la distancia de nuevo, esta vez sin avisar, sin amenazas previas. Mi voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Ya cumplí mi parte del trato. Y esta vez, no voy a ser un tanque.
Mis ojos se clavaron en los suyos, bajando por un segundo a esa nariz que ella solía arrugar para burlarse de mí. El parque pareció quedarse en silencio, como si hasta los estudiantes hubieran dejado de caminar para no romper la tensión que vibraba entre el banco de madera y nosotras.
Giulia:
Terminé de cerrar el bucle del alambre de oro con un movimiento preciso de las pinzas, sintiendo la mirada de Alessandra clavada en mis manos. Era una mirada pesada, inquisitiva, como si estuviera tratando de descifrar un código de alta seguridad en lugar de una simple joya artesanal.
—Bueno, ya que tenemos más confianza... —soltó de repente, apoyando la espalda en el banco con una elegancia que aún me resultaba intimidante. Se acomodó los lentes y me lanzó esa mirada heterocromática que parecía querer desarmarme—. Voy a hacerte algunas preguntas.
Sonreí sin levantar la vista del alambre. El sol de la tarde empezaba a caer, bañando sus ojos de un brillo cobrizo y verde que me obligaba a concentrarme en las cuentas para no perderme.
—Pregunta lo que quieras, "General" —le dije, pasando una de las piedritas grisáceas por el metal—. Pero si yo respondo, tú también tendrás que soltar algo. Es la ley del intercambio equivalente.
—Va bene —aceptó ella, con una curiosidad que empezaba a ganarle a su frialdad—. ¿Por qué Restauración? Es una carrera... paciente. No pareces alguien que se conforme con cosas viejas.
—Al contrario —respondí, doblando el alambre con cuidado—. Me gusta la idea de que nada está realmente roto si tienes el tiempo y las herramientas para arreglarlo. Una pintura del siglo XVII, un mueble antiguo... o una persona. Todo tiene cicatrices, Alessandra. Restaurar es aprender a vivir con ellas sin que la pieza pierda su valor.
Vi cómo sus dedos se tensaban sobre el cuero de su maletín. Le había dado en el clavo.
—¿Y esto? —preguntó señalando mis pulseras—. ¿Es solo por dinero o es tu forma de evitar que el mundo real te alcance?
—Un poco de ambas —reí, dejando las pinzas un momento para mirarla—. El "mundo real", como tú lo llamas, suele ser ruidoso y desordenado. Aquí, con mis hilos y mis metales, yo decido dónde va cada nudo. Es mi forma de mantener el control cuando todo lo demás parece un caos. Además, pagar el alquiler en Milán no se hace solo con ideales.
Alessandra guardó silencio un momento, procesando mis palabras. Me di cuenta de que ella vivía en un mundo donde el control se ejercía con poder y miedo, no con paciencia.
—¿Vives sola? ¿Tienes familia aquí? —insistió. Su tono era neutro, pero sus ojos buscaban algo más profundo.
—Vivo con una compañera de piso que estudia medicina y tiene menos horas de sueño que un búho. Mi familia está en el sur, lejos del ruido. Son gente sencilla, Alessandra. Mi padre trabaja la madera y mi madre... bueno, mi madre todavía cree que seré una gran artista de museo —le guiñé un ojo mientras empezaba a engarzar las piedras verde olivo—. ¿Y tú? Tienes cara de tener una familia... complicada.
Ella soltó una risa seca, casi un ladrido.
—Complicada es una palabra generosa, Giulia —dijo, mirando hacia el horizonte—. Tengo dos hermanos gemelos que son un desastre andante y un primo que vive para meterse en problemas. Mi casa es una zona de guerra constante y yo soy la única que tiene el mapa de las minas.
—Poverina (Pobrecita) —me burlé suavemente—. La jefa que no puede descansar. ¿Y tus padres?
Alessandra se tensó. Noté que el tema de sus padres era una línea roja, o quizás una herida que aún no había restaurado.
—Mi padre es un hombre... de negocios muy específicos. Y mis tías, Bianca y Valentina, son las que mantienen el corazón de la familia latiendo, aunque a veces el corazón sea de piedra —respondió de forma críptica.
—Interesante —murmuré, terminando de unir la última cuenta gris—. Parece que ambas estamos tratando de arreglar cosas, Ale. Yo uso alambre y tú... bueno, tú usas trajes caros y gritos en italiano.
Ella me miró con una mezcla de molestia y fascinación.
—¿Ya terminaste esa cosa? —preguntó, señalando la joya de oro y piedras que llevaba los colores de su mirada.
—Casi —respondí, dándole el último giro al cierre—. Es un regalo. Para alguien que tiene ojos hermosos pero que parece que se olvida de mirar las cosas pequeñas.
Alessandra se quedó muda. La "General" no sabía qué hacer con la amabilidad desinteresada. Era como si le estuviera ofreciendo un arma que no sabía disparar.