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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: Sala Blanca

19:55 – Piso -7.

No hubo preparación. Damián le explicó tres cosas en el penthouse, sentado frente a ella en el suelo de su cuarto, sin tocarla.

Uno: la Sala no te muestra lo que querés ver. Te muestra lo que más te duele y no podés cambiar.

Dos: no hay dolor físico. Solo el de saber que estás atrapada.

Tres: si gritás mi nombre, el sello te saca. Y Belial gana.

—¿Y si no grito? —preguntó Lía.

—Entonces el contrato deja de ser de mi padre. Pasa a ser nuestro. —Le tocó la muñeca, donde el anillo descansaba—. Pero no salís igual.

Lía asintió.

Ahora estaban otra vez en el club vacío. Belial en el sillón. Lilith en la barra, lejos, sin intervenir. Damián a tres metros exactos del círculo de sal que habían dibujado en el piso. Dentro del círculo, una silla.

—Sentate —dijo Belial.

Lía se sentó. La madera estaba fría.

Damián no la miró. Miraba a su padre. La mandíbula tensa, las manos en los bolsillos. La marca en su espalda no se veía, pero Lía la sentía pulsar en su propio anillo. Como si el sello supiera que iba a ponerse a prueba.

Belial chasqueó los dedos.

La luz se fue.

No hubo túnel. No hubo caída. Solo estar.

Autopista. Noche. Lluvia.

Lía estaba en el asiento del acompañante. Conocía ese auto. El Corolla viejo de su mamá. El olor a vainilla del ambientador colgado del espejo. La radio en estática.

Elena manejaba. 29 años, pelo atado, ojeras. Cantaba bajito una canción que Lía no recordaba pero el cuerpo sí: “Blackbird” de los Beatles.

En el asiento de atrás, ella misma, con 4 años, dormida con un osito.

El celular de Elena vibró. Pantalla: Desconocido. Contestó con el manos libres.

—Elena —dijo la voz de Belial—. Última oportunidad.

—Ya te dije que no —contestó Elena, sin dejar de manejar—. No la toques.

—Entonces pagás vos.

La llamada se cortó.

Dos segundos después, luces altas por el retrovisor. Camión. Bocina.

Elena giró el volante. El auto patinó.

Lía quiso gritar “¡mamá frená!” pero no tenía boca. No era ella. Era pasajera.

El choque vino de costado. Metal, vidrio, el mundo dando vueltas. El osito voló.

Silencio.

Elena respiraba mal. Sangre en la frente. Giró la cabeza hacia atrás. Lía (la de 4 años) lloraba pero estaba viva.

Elena sacó el celular con dedos temblorosos. Marcó un número. No sonó. Buzón.

—Damián —susurró Elena—. Por favor. No me la lleves a ella.

No contestó nadie.

La puerta del conductor se abrió sola.

Belial no estaba. Damián sí. No el de ahora. Más joven, sin traje, con la armadura oscura y los cuernos reales. Se arrodilló junto a la puerta, miró a Elena, después a la niña atrás.

—Lo siento —dijo. No como disculpa. Como sentencia.

Le cerró los ojos a Elena con dos dedos.

La niña (Lía) dejó de llorar. Lo miró a él.

Damián sacó algo del cuello de Elena: una cadena con un anillo. El anillo. Lo guardó en el bolsillo.

Después se fue.

La Sala no dejó que Lía se moviera. La dejó sentir lo que sintió la nena: frío, confusión, y la certeza animal de que el hombre de los cuernos no era el monstruo.

El monstruo era el que llamó antes.

La escena cambió sin aviso.

Hospital. Meses después.

Lía (la de 4 años) en una cama con yeso en la pierna. Una enfermera le da jugo.

Entra Damián. Sin armadura. Traje. Lentes grises. No habla con la nena. Habla con el médico en la puerta.

—El tutor legal es la tía. El fondo lo cubre todo hasta los 18. Si pregunta por la madre, digan accidente. Nada más.

Deja un sobre. Se va sin mirar a la cama.

La Sala lo mostró desde arriba, como si Lía flotara.

No me eligió. Me cuidó. Y se fue.

La escena cambió otra vez.

Nocturne. Años después. El día que firmó.

Lía en el café. La carpeta. La lapicera. La firma.

Y detrás de la barra, desenfocado, Damián mirándola. Con la mano en el bolsillo, tocando el anillo.

No la obligó. Esperó. Tres años esperó.

La Sala susurró sin voz: “Gritá su nombre y te saco.”

Lía sintió la garganta cerrarse. No por el recuerdo. Por la verdad: él estuvo en todas las esquinas donde ella no lo vio. No para empujarla. Para atajarla si caía.

Y aún así, no contestó el teléfono esa noche.

El sello en el anillo se encendió. No rojo. Blanco. Frío.

Gritá. Termina.

Lía cerró los ojos dentro del recuerdo. Respiró.

—No.

El recuerdo no se fue. Se quedó. La dejó vivirlo entero: el silencio después del choque, el olor a gasolina, la niña sola hasta que llegó la ambulancia.

No gritó.

No dijo Damián.

Cuando abrió los ojos estaba otra vez en la silla, en el círculo de sal. La luz del club encandiló.

Belial no aplaudió. Dejó la copa en la mesa.

—Hm.

Damián estaba de rodillas a medio metro del círculo, las manos apoyadas en el borde de la sal sin cruzarlo. Los ojos negros fijos en ella. Cuando la vio consciente, exhaló como si hubiera aguantado la respiración veinte minutos.

Lía se levantó. Las piernas flojas.

—¿Ganamos?

Belial se levantó también.

—Ganaste vos. —Miró a Damián—. Él habría gritado tu nombre en el segundo tres. Vos esperaste al final y no lo hiciste. Eso… no me lo esperaba.

Damián se puso de pie despacio. La marca en su espalda ya no brillaba. Ahora era plateada, igual que la cicatriz de la muñeca. Y en la mano de Lía, en el dedo donde estaba el anillo, apareció una línea fina igual, rodeando la base como si siempre hubiera estado.

—El contrato es de ustedes —dijo Belial—. No mío. No de él. —Señaló a Damián—. Si te morís, él se muere. Si él se muere, vos te apagás en doce horas. Pero nadie más puede cobrarlo.

—Eso ya lo sabía —dijo Lía.

—No. —Belial sonrió sin ganas—. Ahora pueden romperlo si los dos quieren lo mismo al mismo tiempo. Antes no podían. Antes él siempre quería el trono y vos siempre querías que tu hermano viviera. Ahora… ya veremos.

Dio media vuelta y caminó hacia el estrado.

—Pueden irse.

Damián no se movió hasta que Lía le tocó el brazo.

—Vamos.

En el ascensor, solos, él se apoyó contra el espejo y cerró los ojos.

—Lo vi —dijo.

—¿Qué?

—Todo. El sello me dejó verlo mientras estabas adentro. No podía entrar. —Abrió los ojos—. No contesté el teléfono.

—Lo sé.

—Y no me lo perdonás.

—No —dijo Lía—. Todavía no. —Le puso la mano en el pecho—. Pero no grité.

Damián le cubrió la mano con la suya.

—Gracias.

No se besaron. No hacía falta.

Cuando llegaron al penthouse, Lilith estaba tirada en el sillón con una bolsa de papas.

—¿Muerta? —preguntó sin levantarse.

—No —dijo Lía.

—Bien. Porque ya encargué sushi.

Lía se rió. Le salió rota.

Esa noche durmió en el cuarto de Damián otra vez. Sin que él lo pidiera. Él se quedó en el sillón. Tres metros. No porque el contrato obligara. Porque Lía lo pidió así.

—Mañana —dijo ella antes de dormirse.

—¿Qué?

—Mañana te grito el nombre si quiero. No porque tenga que.

Damián no contestó. Pero la marca en su espalda y el anillo en el dedo de Lía latieron una vez al mismo tiempo y se apagaron.

Iguales.

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