Aurora, una joven de campo marcada por el miedo, huye hacia Londres junto a su pequeño hermano Charles, escapando de un pasado oscuro y de un padrastro que amenaza con destruirlo todo. En medio de una ciudad desconocida y desafiante, su dulzura e inocencia se convierten en su única fortaleza.
Su vida cambia cuando conoce a Christian Potter, un hombre que ella cree un simple chofer, sin imaginar que en realidad es un poderoso y frío CEO multimillonario. Acostumbrado al éxito, pero atrapado en una vida de soledad y amargura, Christian encuentra en Aurora una luz inesperada.
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Capítulo 7
La mañana siguiente amaneció gris y fría, como casi todas en Londres. Aurora se levantó temprano, se lavó lo mejor que pudo en el pequeño baño y se puso su único vestido decente: uno sencillo de flores blancas y amarillas que había traído del pueblo. Se peinó las ondas castañas lo mejor posible y bajó las escaleras oxidadas con el corazón latiéndole fuerte.
Abajo, en la entrada del edificio, Peluche ya la esperaba apoyado contra la pared, con las manos en los bolsillos de su chaqueta raída.
—Buenos días, vecina —saludó con su voz ronca—. Veo que te arreglaste. Ese vestido te queda bien.
Aurora sonrió nerviosa.
—Buenos días, Peluche. Gracias por esperarme. ¿Estás seguro de que me van a recibir?
—Vamos a ver. No cuesta nada intentarlo.
Caminaron unas cuantas cuadras hasta llegar a “El Rincón de Maggie”, una pequeña cafetería de barrio con fachada azul desgastada y olor a pan recién horneado que salía por la puerta abierta.
Dentro, un hombre mayor y gruñón limpiaba la barra con movimientos bruscos.
—¡Hugo! —llamó Peluche—. Traigo a alguien para el puesto de mesera.
Hugo levantó la vista y miró a Aurora de arriba abajo.
—¿Otra muchacha? Ya tengo suficiente gente lenta. ¿Sabes trabajar o solo vienes a perder el tiempo?
Antes de que Aurora pudiera responder, una joven de unos veintiún años salió de la cocina secándose las manos en el delantal. Tenía el cabello castaño claro recogido en una coleta y una sonrisa amable.
—Papá, no seas tan brusco —dijo la joven, acercándose—. Hola, soy Maggie. Mi padre es el dueño, pero yo manejo el día a día. ¿Cómo te llamas?
—Aurora Collins, señorita. Mucho gusto.
Maggie la observó con curiosidad.
—Tienes cara de buena persona. ¿Has trabajado antes de mesera?
—No en una cafetería, pero sé atender gente, limpiar y soy rápida. Aprendo rápido también.
Hugo soltó un gruñido, pero Maggie levantó la mano.
—Está bien, papá. La necesitamos. La última se fue ayer sin avisar. Aurora, estás contratada. Empiezas ahora mismo. El sueldo es decente para el barrio, pagamos diario y las propinas son tuyas. Al final del turno puedes elegir un producto de la vitrina para llevar a casa: pan, pasteles, lo que quede.
Aurora sintió un alivio inmenso.
—Gracias, Maggie. Gracias, señor Hugo. No los defraudaré.
Hugo solo refunfuñó:
—No te quedes parada. ¡A trabajar! Las mesas no se limpian solas.
El día fue agotador. Aurora no paró ni un segundo: atendía mesas, llevaba bandejas pesadas, limpiaba derrames, cobraba cuentas y soportaba los gritos de Hugo cada vez que algo tardaba un poco más.
—¡Más rápido, muchacha! ¡Los clientes no pagan por esperar!
Aun así, Maggie era amable y le explicaba todo con paciencia. Al final del turno, cuando ya casi cerraban, Aurora tenía los pies hinchados pero el corazón más ligero. Había recibido algunas propinas y Maggie le permitió llevar un pan grande y dos pasteles.
—Buen trabajo hoy —le dijo Maggie mientras cerraba la caja—. Mañana a la misma hora.
—Gracias. Estaré aquí temprano.
Cuando Peluche regresaba al edificio esa tarde, caminando cabizbajo por la calle, se detuvo en seco. Apoyado contra un coche negro elegante, demasiado elegante para ese barrio, estaba Christian Potter.
Peluche intentó ignorarlo y seguir de largo, pero Christian se interpuso en su camino.
—Dylan.
—No me llames así —gruñó Peluche sin detenerse.
Christian lo siguió unos pasos.
—Escúchame. Solo cinco minutos. Si no te interesa, me iré y no volveré… o puedo quedarme aquí todos los días hasta que me escuches.
Peluche se detuvo bruscamente y miró alrededor, nervioso. Bajó la voz con rabia contenida.
—¿Estás loco? ¿Quieres que todo el barrio sepa quién soy? ¿Quieres que se enteren de que Dylan Cooper, el “millonario” con apellido poderoso, vive aquí como un mendigo? ¡Vete!
Christian levantó las manos en señal de paz.
—Está bien. Hablemos en privado. Solo escúchame una vez.
Peluche miró a ambos lados de la calle y soltó un suspiro resignado.
—Cinco minutos. Ni uno más. Y después te vas y no regresas nunca.
Lo llevó hasta un callejón cercano donde nadie pudiera verlos. Christian habló con voz baja pero clara:
—Hay una fuga importante de dinero en la empresa. Alguien de dentro está robando cantidades grandes y sabe cómo ocultarlo. Joseph y yo sospechamos de Robert y Liam, pero necesitamos pruebas sólidas. Eres el mejor en esto, Dylan. Nadie entiende de finanzas y rastreo como tú.
Peluche se pasó la mano por la barba sucia, mirando al suelo.
—¿Y por qué yo? Hay otros abogados.
—Porque confío en ti. Y porque, aunque digas que no, sé que todavía te queda algo del hombre que eras.
Hubo un largo silencio. Peluche cerró los ojos un momento.
—Solo por el recuerdo de los viejos tiempos —dijo finalmente, con voz cansada—. Lo haré. Pero bajo mis condiciones: trabajo desde aquí, sin ir a la torre, sin que nadie más sepa que estoy involucrado. Y cuando termine, desaparezco de nuevo. ¿Entendido?
Christian asintió.
—Entendido. Gracias, Dylan.
Antes de que Christian se fuera, sacó la billetera.
—¿Necesitas algo? Dinero, ropa, un lugar mejor…
Peluche lo detuvo con la mano, casi con rabia.
—No quiero tu dinero. Esta es la vida que merezco. Entre más lejos esté de ti y de ese mundo, mejor estoy. No necesito que me salves, Christian. Solo haz que me paguen por el trabajo y déjame en paz.
Christian guardó la billetera lentamente y lo miró con una mezcla de tristeza y respeto.
—Como quieras. Mañana te enviaré los primeros documentos de forma discreta.
Se dio la vuelta y caminó hacia su coche. Peluche se quedó en el callejón, mirando al suelo.
—Idiota… —murmuró para sí mismo—. Siempre tan terco.