"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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PRÓLOGO
:El Silencio de las Cenizas
El aire en el pequeño pueblo de San Judas no solo era frío; era pesado, cargado con el olor metálico de la lluvia reciente y el aroma dulzón de las flores que se marchitaban sobre dos tumbas frescas. Bianca, con apenas dieciocho años, permanecía de pie frente a los montículos de tierra negra, con los pies hundidos en el barro y los dedos entumecidos, apretando con fuerza las manos de sus dos hermanas menores. La tercera, la pequeña Sofía, dormitaba agotada en sus brazos, ajena a que el mundo, tal como lo conocían, se había desintegrado en menos de veinticuatro horas.
Aquel día, el sol se había negado a salir. En el cementerio no hubo discursos elegantes ni coronas de oro. Solo el sonido de la pala golpeando la tierra y el llanto ahogado de Lucía y Clara, que buscaban en el rostro de su hermana mayor una respuesta que ella no tenía. Su madre, la mujer que olía a vainilla y que siempre tenía una canción para espantar las pesadillas, ya no estaba. Su hermano pequeño, cuya risa era el único motor de aquella casa humilde, se había ido con ella en aquel fatídico accidente en la carretera.
Pero la muerte no fue la única traición de ese día.
Al regresar a la casa, el vacío fue absoluto. No solo faltaban los que habían muerto, sino también el que debía quedarse. Su padre, un hombre que alguna vez fue el pilar de la familia pero que se había ido desmoronando bajo el peso de las deudas y el alcohol, no estaba allí para recibirlas. En la mesa de la cocina, bajo una lámpara que parpadeaba con una agonía eléctrica, solo quedaba una nota garabateada con prisa y una botella vacía.
"No puedo con esto, Bianca. Cuídalas. No me busquen".
El silencio que siguió a la lectura de esas palabras fue más aterrador que cualquier grito. Bianca sintió cómo un frío gélido, diferente al del invierno, se instalaba en la base de su columna vertebral. Miró a su alrededor: las paredes descascaradas, los muebles que ya tenían etiquetas de embargo y los rostros pálidos de sus hermanas, cuyas miradas estaban fijas en ella, esperando el siguiente movimiento.
En ese momento, Bianca comprendió que su juventud había muerto en la misma curva de la carretera que su madre. Ya no era una estudiante, ya no era una hija, ya no era la joven que soñaba con escapar del pueblo para ver el mundo. Ahora era una muralla.
— No lloren más —dijo Bianca, y su voz sonó extraña, incluso para ella misma. Era una voz despojada de dulzura, afilada como un cuchillo—. Papá no va a volver. Y nadie va a venir a ayudarnos.
— ¿Qué vamos a hacer, Bianca? —preguntó Lucía con un hilo de voz, limpiándose los mocos con la manga—. Tenemos hambre y el señor de la tienda dijo que no nos daría más crédito.
Bianca miró a través de la ventana hacia el horizonte, donde las montañas se alzaban como gigantes indiferentes. Sabía que en este mundo la bondad no ponía comida en la mesa y que la belleza, la única moneda que le quedaba, era un arma de doble filo. Recordó los rumores sobre "El Olimpo", un lugar a las afueras del pueblo donde los hombres con dinero iban a olvidar sus vidas y las mujeres sin salida iban a perder las suyas.
Se miró en el espejo roto del pasillo. Vio su rostro: delicado como el cristal, con la piel de porcelana que había heredado de su madre y unos ojos oscuros que aún guardaban un rastro de inocencia. Pero detrás de esa fragilidad, vio algo más. Vio la firmeza de la raíz de un árbol que se niega a ser arrancado por la tormenta.
— Mañana tendremos comida —sentenció.
Aquella noche, mientras sus hermanas dormían amontonadas para buscar calor, Bianca se cortó el cabello que tanto le gustaba a su madre, dejando que los mechones cayeran al suelo como pétalos muertos. Se puso el vestido más decente que tenía y buscó en el fondo del armario de su padre un viejo revólver que él guardaba por miedo a los ladrones. No sabía usarlo, pero sentir el peso del metal contra su costado le recordaba que, a partir de ahora, ella sería quien daría los golpes.
Antes del amanecer, salió de la casa sin hacer ruido. Caminó por el sendero rodeado de pinos y maleza, sintiendo cómo las espinas de los arbustos le desgarraban las medias y la piel de los tobillos. No le importó. Cada herida era un recordatorio de que estaba viva y de que tenía un precio.
Al llegar a las puertas de hierro del club, el neón rosa parpadeaba con un zumbido eléctrico que parecía una advertencia. Bianca se detuvo un segundo, cerró los ojos y evocó el rostro de sus hermanas. Ese fue su último acto de debilidad. Cuando abrió los ojos de nuevo, la niña había desaparecido. En su lugar, quedaba una mujer dispuesta a entrar en la boca del lobo para alimentar a su manada.
— Mi nombre es Bianca —le dijo al guardia de la entrada, quien la miró con una mezcla de lascivia y sorpresa—. Pero desde hoy, pueden llamarme como quieran, siempre y cuando paguen el precio adecuado.
El guardia se hizo a un lado y la puerta se abrió, liberando un aroma a tabaco, perfume caro y pecado. Bianca entró, sintiendo cómo la oscuridad del lugar la envolvía. No sabía que esa misma noche, bajo las luces de cristal del salón principal, unos ojos grises y crueles ya la estaban esperando para convertirla en su posesión más preciada.
El pacto estaba sellado. El cristal se había roto, y lo que quedaba era la espina.