Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Llegamos.
El viaje fue largo.
Luisa no dijo una sola palabra desde que salió de la casa Sotomayor. Iba sentada junto a la ventana, con su hijo en brazos, mirándolo de vez en cuando como si en él encontrara la única razón para no derrumbarse.
Rosa, a su lado, tampoco hablaba mucho.
Sabía que ese tipo de dolor no se llena con palabras.
Se llena con tiempo.
El autobús se detuvo finalmente.
—Llegamos, señorita —dijo Rosa, tocándole el brazo con suavidad.
Luisa parpadeó, como si regresara de muy lejos.
—¿Ya?
—Sí aquí es.
Bajaron.
El lugar era sencillo.
Nada que ver con el lujo al que Luisa había estado rodeada aunque nunca le perteneció.
Rosa caminó unos pasos y señaló.
—Esa es mi casa.
Era humilde.
Pero limpia.
Y sobre todo tranquila.
Luisa la miró en silencio.
—Gracias… —dijo finalmente—. De verdad.
Rosa sonrió un poco.
—Aquí nadie le va a hacer daño, señorita.
Entraron.
El interior era pequeño pero acogedor. Una cama, una cocina sencilla, una mesa de madera.
Luisa respiró profundo.
—Aquí puede descansar —dijo Rosa—. Yo voy a preparar algo de comer.
Luisa asintió.
Se sentó en la cama con su hijo.
Lo miró.
—Ya estamos solos —susurró—. Pero vamos a estar bien te lo prometo.
El bebé abrió los ojos un momento y volvió a dormirse.
Luisa sonrió levemente.
Pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
Porque la calma también dolía.
Mientras tanto la casa Sotomayor seguía igual de grande.
Pero ahora vacía.
Diego despertó en el sofá.Con dolor de cabeza.Y el cuerpo pesado.
Miró alrededor.
Y lo recordó todo.
—Luisa —murmuró, incorporándose de golpe.
Corrió hacia la habitación.
Vacía.Fue a la del bebé.
Vacía.El pecho se le apretó.
—No, no..
Salió de la casa.
—¡Luisa! —gritó, como si fuera a aparecer.
Pero no.El silencio fue la única respuesta.
Se llevó las manos a la cabeza.
—¿Qué hice?
Regresó lentamente.
Cada paso pesaba.Entró a la casa y no se sintió en su lugar.
—Idiota—se dijo—. La perdiste.
Se dejó caer en una silla.
Y el vacío volvió.Más fuerte.Días después…
La vida había empezado de nuevo.
Pero no era fácil.
Luisa se levantaba temprano.Cansada.
Sin dormir bien.El bebé lloraba en la madrugada.Y ella aprendía sola.
—Tranquilo, tranquilo—susurraba, caminando de un lado a otro—. Mamá está aquí no te voy a dejar.
Rosa la ayudaba.
—Déjeme, señorita descanse un poco.
—No está bien —respondía Luisa—. Tengo que aprender.
Rosa la miraba con orgullo.
—Usted sí va a salir adelante.
Pero había momentos en los que Luisa se quedaba en silencio.
Mirando la nada.Recordando.
Las palabras de Diego.Su mirada.Su voz diciendo que la amaba.
Y eso dolía más que el engaño.
—No…—susurraba para sí misma—. No puedo pensar en eso.
Sacudía la cabeza.
—Tengo que ser fuerte…
Y volvía a la realidad.A su hijo.
A su nueva vida.Una tarde…
Rosa entró con una bolsa.
—Mire, señorita compré lo básico pero necesitamos dinero pronto.
Luisa asintió.
—Sí lo sé.
Se quedó pensativa.
—Voy a buscar trabajo.
—¿ Pero mi bebé?
Luisa la miró.
—¿Me ayudarías?
Rosa sonrió.
—Claro que sí como le dije para eso estoy aquí.
Luisa sintió un pequeño alivio.
—Gracias.Se levantó.
—No puedo quedarme sin hacer nada tengo que darle una vida mejor.Rosa asintió.
—Esa es la actitud.Esa misma noche…
Luisa se sentó junto a la ventana.
Con su hijo dormido en brazos.
La luna iluminaba su rostro.
—Todo cambió—susurró—. Todo en tan poco tiempo.
Sus ojos se humedecieron.
—Pensé que iba a tener una familia.
—Pero no importa…
Miró a su hijo.
—Tú eres mi familia ahora y con eso me basta.
Lo abrazó más fuerte.
—No necesito a nadie más.
Pero en el fondo…
sabía que no era del todo cierto.
Porque aún dolía.
Porque aún lo recordaba.
Porque aún… lo amaba.
En otra ciudad…
Diego no había dejado de pensar en ella.
Había intentado trabajar.
Salir.
Distraerse.
Pero nada funcionaba.
—No puedo concentrarme—murmuró, tirando unos papeles.
Se levantó.
Caminó de un lado a otro.
—¿Dónde estás, Luisa?
Tomó su celular.
Quiso llamarla.Pero se detuvo.
—Seguro no va a responder…
Apretó el teléfono.
—Pero no puedo quedarme así.
—No… no la voy a perder…
Salió de la casa.
—Te voy a encontrar… —dijo en voz baja—. Y esta vez… no te voy a dejar ir.
Porque aunque Luisa había decidido empezar de nuevo…
Y aunque Diego había perdido todo…
La historia entre ellos…
todavía no había terminado.