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El Bully Que Se Enamoró

El Bully Que Se Enamoró

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Escuela / Romance
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: La trenza

Abril se me hizo eterno. No por las pruebas —en eso seguía igual, nueve para arriba y la profesora de Matemática ya me pedía que le explicara los ejercicios al resto—, sino porque aprendí a medir el colegio en tiempos y en esquinas. Aprendí que si entraba al aula dos minutos antes del timbre, Thiago todavía estaba en el pasillo cargando a los de segundo. Aprendí que si salía al recreo cuando sonaba la campana, me lo cruzaba en la puerta y tenía que escuchar el “buen día, Cuatro ojos” con toda la fila de testigo. Aprendí que la biblioteca era el único lugar donde no entraba.

Los primeros días todavía me convencía de que se iba a cansar. De que si no le contestaba más, si me hacía más chica, si dejaba de ponerme colorada cada vez que decía mi apellido, se iba a aburrir. No se aburrió.

“Cuatro ojos” ya no era un chiste de un día. Era mi nombre nuevo. Lo decía cuando entraba y medio curso giraba para ver si yo me ponía colorada. Me ponía colorada siempre. Después vino “Ríos, prestame la tarea que no tenés nada mejor que hacer”. Después fue esconderme la mochila en el aula de al lado y decirle a la preceptora —la señora Mirta, que tenía olor a sahumerio— que yo me la había olvidado. Mirta me miró con lástima y me dijo “la próxima prestá más atención, Emilia”. No le expliqué nada. No iba a decir “fue Thiago Benítez” como si tuviera siete años.

En casa no conté nada. Si mamá se enteraba iba a ir al colegio, iba a pedir hablar con la directora y al otro día yo iba a ser “la buchona” además de “Cuatro ojos”. Eso era peor que cualquier cosa que me hiciera Thiago.

Lo que sí empecé a hacer fue cambiar cosas chiquitas. Me hacía la trenza más tirante a la mañana porque un día Ramiro —el que siempre estaba pegado a Thiago— me dijo “che, con esa trenza parecés Heidi” y Thiago se rio tanto que me quedó grabado como si me lo hubiera tatuado. Dejé de llevar la cartuchera arriba del banco, la metía abajo, entre las piernas. Me sentaba en la segunda fila pero contra la pared, no contra el pasillo, para que cuando pasara no pudiera rozarme la cartuchera con el codo “sin querer”.

El jueves de la segunda semana la profesora de Lengua, Susana, nos hizo leer en voz alta un fragmento de El túnel de Sábato. Me tocó justo el párrafo donde el narrador dice “bastaba mirarla para comprender que era inexorable”. Tartamudeé en inexorable. Los frenillos, los nervios, la cara de Thiago mirándome desde el fondo como si estuviera esperando que me equivocara.

—Ine-xo-ra-ble —repitió él en voz alta, arrastrando la R como si fuera un chiste—. Qué difícil, Cuatro ojos.

Ramiro se rio. Lautaro también. Martina López se tapó la boca. Susana dijo “Benítez, basta” sin muchas ganas, como dicen los profesores cuando saben que si retan de verdad después tienen que bancarse a la madre de Thiago en dirección. (El padre de Thiago era alguien en el club de fútbol, y eso en El Trébol pesaba).

Terminé de leer con la voz finita y la cara hirviendo. Cuando me senté tenía las manos transpiradas.

En el recreo no fui al patio. Me encerré en la biblioteca y saqué el sándwich de milanesa. La bibliotecaria, la señora Alicia, ya me conocía y me dejaba comer si no dejaba migas.

No pasaron ni diez minutos y escuché risas en la puerta.

—Mirá dónde está Cuatro ojos —era la voz de Ramiro.

Thiago entró primero. Sin pedir permiso, se sentó en la punta de mi mesa y tiró la mochila arriba. Mis apuntes se corrieron. Lautaro se quedó parado atrás, mirando.

—¿Qué hacés acá sola, Ríos? ¿No tenés amigas? —preguntó Thiago.

—No —le dije sin levantar la vista—. Me gusta estar sola.

—Qué amarga —dijo Lautaro.

Thiago agarró mi sándwich. No lo comió. Lo dio vuelta entre los dedos como si fuera una cosa rara.

—Mi vieja también me hace de milanesa. Pero no me lo manda en papel de aluminio como si fuera de los ochenta.

Martina y dos chicas más se asomaron desde la puerta y se rieron.

Le saqué el sándwich de la mano.

—Devolveme.

—Pedilo por favor.

—Devolveme, por favor —dije entre dientes.

Me lo tiró. Cayó arriba del libro de Biología y dejó una mancha de aceite en la página del sistema digestivo.

—Uy, se te ensució. Mala mía —se levantó, me guiñó un ojo y se fue con los otros.

Me quedé mirando la mancha. No lloré. No ahí. Guardé el sándwich, cerré el libro y me lo metí en la mochila. Alicia me miró desde el escritorio pero no dijo nada.

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Veronica Asuncion Caglia Mongelos
me encanto la historia de los dos.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia
Melu♡: muy buena sugerencia 🥰 la voy a tener en cuenta. besos
total 2 replies
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