"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 14
El despertador de un hotel de lujo no suena; susurra. Es una melodía electrónica, sutil y persistente, que te arranca del sueño con la misma eficiencia con la que un bisturí corta la piel. Abrí los ojos y lo primero que vi fue el techo gris marengo de la suite, reflejando las luces mortecinas del puerto que empezaban a palidecer ante la llegada del alba. A mi lado, el lugar donde Julián había estado descansando estaba frío.
Me incorporé en la cama, sintiendo cada músculo de mi cuerpo protestar. La noche anterior no había sido solo sexo; había sido una demolición. Mis articulaciones se sentían pesadas, y la piel de mis muslos todavía guardaba el rastro de su barba y sus dedos. El silencio de la habitación era absoluto, solo roto por el golpeteo rítmico de la lluvia contra el gran ventanal de cristal. Una lluvia que no tenía nada que ver con la de los días anteriores; esta era pesada, oscura, una cortina de agua que parecía querer borrar el horizonte.
—Te he traído café. Negro, como te gusta.
La voz de Julián vino desde la pequeña zona de estar de la suite. Estaba ya vestido, impecable con un pantalón de tela oscura y una camisa gris que resaltaba la amplitud de sus hombros. No parecía un hombre que acabara de pasar la noche entregado a una pasión prohibida; parecía el arquitecto listo para presentar un proyecto millonario. Esa capacidad suya para compartimentar su vida me asustaba.
Me acerqué a él envuelta en la sábana de seda, sintiéndome pequeña y vulnerable bajo su mirada analítica. Me entregó la taza de porcelana, y al hacerlo, sus dedos rozaron los míos con una frialdad que me hizo estremecer.
—Tenemos que irnos ya, Elena —dijo, mirando su reloj de pulsera—. Si llegamos después de las siete, mi padre ya estará en la cocina con el periódico y no habrá forma de explicar por qué entramos juntos por la puerta principal.
—Lo sé —susurré, bebiendo el café amargo—. Julián... ¿qué somos ahora? Después de esto... no podemos volver a ser lo mismo.
Él se acercó y me tomó por la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos estaban turbios, cargados de una fatiga que no había visto antes.
—Somos lo que decidamos ser en la oscuridad, Elena. A la luz del día, seguimos siendo los protegidos de mis padres. No busques etiquetas donde solo hay necesidad. Ahora, vístete. El coche nos espera abajo.
El trayecto de vuelta fue una tortura de silencios y limpiaparabrisas rítmicos. La lluvia arreciaba, convirtiendo la carretera en un espejo negro. Julián conducía con una concentración maníaca, evitando cualquier contacto visual. Pero no era solo la prisa lo que lo mantenía tenso. Noté que miraba constantemente por el espejo retrovisor, no como alguien que vigila el tráfico, sino como alguien que teme ser seguido.
—¿Pasa algo? —pregunté, rompiendo la tensión del habitáculo.
—Nada de lo que debas preocuparte —respondió él, pero su mano apretó el volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos—. Solo quiero llegar a casa antes de que el mundo se despierte.
Cuando giramos en la calle de los Martínez, mi corazón empezó a latir con una violencia salvaje. La casa se alzaba entre la bruma como un juez silencioso. Julián apagó las luces del coche antes de entrar en el garaje, deslizándonos hacia el interior como sombras.
Bajamos del coche en silencio. El olor a humedad y gasolina del garaje me devolvió a la realidad de mi pérdida. Pero antes de que pudiéramos cruzar la puerta que conectaba con la cocina, Julián me detuvo, pegándome contra la pared fría de hormigón.
—Escúchame bien —susurró, su rostro a milímetros del mío—. Entra tú primero. Sube a tu habitación, dúchate y quédate allí hasta que Sofía te llame para desayunar. Yo entraré por la puerta del despacho de mi padre. Si alguien pregunta, yo me quedé trabajando hasta tarde y tú saliste temprano a caminar por el jardín a pesar de la lluvia.
—Julián, nadie se va a creer eso... —protesté.
—Se lo creerán porque necesitan creérselo —sentenció él, dándome un beso rápido y agresivo en los labios—. Ahora, vete.
Entré en la casa con los zapatos en la mano, deslizándome por la cocina como un fantasma. La casa olía a café recién hecho y a madera encerada. Subí las escaleras de dos en dos, rezando para que ningún escalón crujiera más de la cuenta. Justo cuando llegué al rellano, la puerta de la habitación de Sofía se abrió.
Me quedé petrificada.
Sofía estaba allí, con el pelo revuelto y un pijama de ositos, frotándose los ojos. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi vestido azul arrugado y en mi cabello desordenado por el viento y la lluvia.
—¿Elena? ¿Qué haces levantada tan temprano? —preguntó con voz somnolienta.
—No podía dormir, Sofi. Salí al jardín un rato... necesitaba aire.
—¿Con ese vestido? —Sofía frunció el ceño, su mirada volviéndose un poco más aguda—. Estás empapada, Elen. Y ese vestido... es el de anoche. ¿No te lo has quitado?
El pánico me atenazó la garganta. La mentira que Julián me había dado se sentía estúpida y frágil frente a la lógica de mi mejor amiga.
—Me quedé dormida en el sofá del salón, leyendo —improvisé, sintiendo que la cara me ardía—. Me desperté con frío y salí un momento fuera. Sabes que a veces me dan ataques de ansiedad por... por lo de mis padres.
La expresión de Sofía se suavizó instantáneamente. La culpa me golpeó como un puñetazo en el estómago al ver cómo su desconfianza se convertía en compasión pura. Se acercó y me abrazó, sin importar que yo estuviera mojada.
—Lo siento, Elen. No debí preguntarte así. Ven, métete en la cama. Te traeré un té caliente en un rato.
—No hace falta, de verdad. Solo necesito ducharme —dije, zafándome de su abrazo con una urgencia que me hizo sentir asquerosa.
Me encerré en mi habitación y me desplomé contra la puerta. Oí a Sofía bajar las escaleras, probablemente para contarle a su madre que "la pobre Elena ha pasado otra mala noche". Me sentía una basura. Estaba usando la muerte de mis padres como una coartada para ocultar que me había estado revolcando con su hermano en un hotel de lujo.
Me desnudé y me metí bajo el chorro de agua fría de la ducha, intentando lavar no solo el rastro de Julián, sino también la mancha de mis propias mentiras. Pero mientras el agua resbalaba por mi cuerpo, mis ojos se fijaron en mi bolso, que había dejado sobre el lavabo. Del bolsillo lateral asomaba algo que no era mío.
Lo saqué con dedos temblorosos. Era un sobre pequeño, de papel reciclado, sin remitente. Lo abrí. Dentro no había una carta, sino una llave. Una llave dorada, vieja, con una etiqueta que decía simplemente: "Apartamento 4B".
Un escalofrío que no tenía nada que ver con el agua fría me recorrió la espalda. Julián me la había metido en el bolso en algún momento de la noche. No era una invitación; era un contrato. Él no quería solo mis noches en el hotel o mis encuentros fugaces en la casa; quería un lugar propio, un espacio fuera del radar de su familia donde pudiera tenerme a su antojo.
Me senté en el suelo de la ducha, con la llave apretada en el puño, mientras la lluvia seguía golpeando el cristal de la ventana. La fantasía real se estaba volviendo un laberinto de secretos y mentiras, y yo acababa de recibir la llave para perderme definitivamente en él.
Julián tenía una vida secreta, un apartamento del que nadie sabía nada, y ahora yo formaba parte de esa arquitectura oculta. El luto seguía pesando, pero el secreto empezaba a pesar mucho más.
¿Hasta cuándo podría sostener esta doble vida bajo la mirada inocente de Sofía? ¿Hasta cuándo podría ser la protegida de día y la amante clandestina de noche? La respuesta estaba en esa llave, y en el hombre que, al otro lado de la pared, probablemente ya estaba diseñando nuestro siguiente encuentro bajo la lluvia.