En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 21: El peso de la corona de espinas
La selva no perdonaba el silencio. A medida que Antonio y Luis se alejaban de las luces mortecinas de San José, el sonido de sus propias botas hundiéndose en el fango rancio parecía un tambor de guerra. El aire estaba saturado de una humedad eléctrica, esa que precede a las tormentas que deslavan cerros, pero en el pecho de Antonio la presión era física, un nudo de hierro que le impedía respirar con normalidad.
Caminaron casi una hora en sombras, bordeando el desfiladero de las orquídeas negras, hasta que Luis hizo una señal para detenerse bajo de un ceibo milenario. El viejo guerrillero encendió un cigarro de hoja, protegiendo la llama con el cuenco de su mano callosa. El resplandor naranja iluminó por un segundo sus ojos cansados, fijos en el perfil desencajado de Antonio.
—Escúpelo ya, muchacho —soltó Luis, soltando una bocanada de humo que se perdió en la neblina—. Estás vibrando como un cable de alta tensión. Si no hablas, vas a dispararle a una sombra por puro nervio.
Antonio se recosto contra el tronco húmedo. El frasco de cristal que Isaí le había entregado quemaba a través de la lona de su chaleco táctico. Era un trozo de vidrio pequeño, pero pesaba más que todo el armamento que había cargado en su vida.
—Está embarazada, Luis —soltó Antonio. Las palabras salieron de su boca como una confesión de un crimen—. Isaí espera un hijo mío.
El viejo Luis se quedó inmóvil. El cigarro quedó suspendido a mitad de camino. No hubo sorpresa exagerada, solo un silencio largo, pesado, de esos que solo tienen los hombres que han visto demasiadas primaveras truncadas por el plomo.
—Un hijo —repitió Luis con una voz que arrastraba el polvo de los caminos—.
En este momento, con el Comandante oliéndote la nuca por lo de Eliécer y el Capitán Néstor instalando su cama en el consultorio de la doctora… Un hijo es una bandera blanca en medio de un campo de minas, Antonio. Es un milagro que tiene cara de tragedia.
—Es lo más valioso que tengo, Luis. Ella es lo único que me separa de ser una bestia más en este monte —dijo Antonio, y su voz se quebró por un instante, perdiendo la dureza de mando—. Si le pasa algo a ella, o a esa criatura, no quedará nada de mí para rescatar. Pero no sé cómo sacarla. Néstor la tiene bajo una cúpula de cristal. La alimenta, la cuida, la vigila… la está asfixiando con una amabilidad que me dan ganas de arrancarle la garganta.
Luis suspiró, sentandose sobre una raíz saliente.
—Tu obsesión dura te va a cegar si no usas la cabeza. Matar a Néstor ahora es firmar la sentencia de muerte de Isaí. Si el Capitán aparece muerto, el ejército arrasará el pueblo casa por casa buscando culpables. Y la primera en la lista será la doctora que "casualmente" lo atendía todos los días.
—¿Entonces qué? ¿Dejo que siga enamorandola ? ¿Dejo que ese tipo crea que tiene derechos sobre lo que es mío? —Antonio golpeó el árbol con el puño cerrado—. Ella está fingiendo una anemia para ganar tiempo. Pero el tiempo se nos acaba, Luis. En dos meses, el cuerpo de Isaí empezará a contar la verdad que nosotros ocultamos.
Luis se quedó pensativo, mirando hacia el valle donde San José dormía bajo el yugo militar.
—Necesitamos un plan bueno, Antonio. Algo que no use balas, sino sombras. El dilema no es solo sacarla de allí; es dónde ponerla. En el campamento no puede estar. El mando no permite familias, y menos con una civil que sabe demasiado. Si la traes aquí, la conviertes en un objetivo de nuestra propia gente que ha querido romper las reglas y no a encontrado más que muerte.
Antonio se puso en cuclillas frente al viejo, sus ojos brillando con una determinación desesperada.
—He pensado en la frontera sur. Luis, tú conoces a los contrabandistas de la zona del río turbio. Si logramos llevarla hasta el muelle de los olvidados, ella podría cruzar. Tengo dinero suficiente guardado de los suministros que Eliécer desviaba. Es suficiente para que ella viva tranquila un tiempo, lejos de este infierno.
—¿Y tú? —preguntó Luis, entornando los ojos.
—Yo me quedo —respondió Antonio con una frialdad suicida—. Si me voy con ella, nos cazarán a los dos. Si me quedo aquí y armo suficiente ruido, el ejército y la guerrilla estarán demasiado ocupados buscando culpables como para fijarse en una doctora que desapareció, en medio de un ataque.
Luis negó con la cabeza, impresionado por el sacrificio que Antonio estaba dispuesto a hacer. Sabía que la felicidad de Isaí era el único norte de ese hombre roto.
—Es un plan de locos, pero es el único que tiene una pizca de lógica. Pero hay un problema: El Capitán Néstor no la va a dejar ir tan fácil. Él la ve como su oasis en esta guerra. Para sacarla, necesitamos que Néstor crea que ella murió o que fue secuestrada por un bando enemigo que no seamos nosotros.
—Podemos usar el ataque a la plaza —sugirió Antonio, sus ideas empezando a encajar como las piezas de un fusil—. Si generamos una distracción masiva, un incendio en el polvorín o un ataque simulado en el ala norte del pueblo, yo puedo entrar por el drenaje y sacarla por atrás mientras todos miran al fuego.
—Y yo puedo ser el que la reciba en el camino viejo —añadió Luis, contagiado por la urgencia—. Como campesino, puedo pasarla en la carreta bajo los bultos de café, Pero ella tiene que estar dispuesta a dejarlo todo. Su consultorio, su vida en el pueblo, su seguridad relativa.
—Ella está dispuesta a todo por nuestro hijo —afirmó Antonio—. Me lo dijo con los ojos. Esa mujer tiene más valor en un dedo que toda mi compañía junta.
Se quedaron en silencio un momento, trazando rutas invisibles en la oscuridad de la selva. El dilema de la seguridad de Isaí se mezclaba con la cruda realidad de que Antonio probablemente nunca vería crecer a ese niño. Su felicidad, consistiría en el olvido de él; en una vida donde el nombre de Antonio fuera solo un susurro en las noches de lluvia, un fantasma que le dio la vida y la libertad a cambio de su propia existencia.
—¿Sabes qué es lo más irónico, Luis? —dijo Antonio, mirando hacia el cielo donde las estrellas se filtraban por el follaje—. Que Néstor, con sus mimos, cree que la está conquistando. No sabe que cada gramo de fuerza que ella recupera gracias ha él la va a usar para correr lejos de su alcance.
Luis soltó una risa ronca, apagando el cigarro contra el fango.
—Esa es la mejor parte de la guerra, muchacho. Que los soberbios siempre olvidan que hasta el pájaro en la jaula más fina prefiere el viento frío de la libertad.
Antonio se puso de pie, ajustando su equipo. Para regresar al campamento. El peso del embarazo de Isaí ya no se sentía como una carga muerta, sino como una misión de combate. El "hijo del pecado", como algunos lo llamarían de enterarse, era ahora el comandante en jefe de sus acciones.
—Mañana bajaremos de nuevo —sentenció Antonio—. Luis, prepara a los hombres de confianza. No les digas nada de la doctora, solo diles que vamos a golpear el polvorín para debilitar a Néstor. La verdad nos la guardamos nosotros.
—Entendido, Antonio. Pero recuerda una cosa —Luis lo miró con una seriedad ancestral—. Una vez que el fuego empiece, no habrá vuelta atrás. O sales con ella, o te entierras en San José.
Antonio asintió, su rostro endurecido por una resolución que no admitía dudas. La felicidad de Isaí era su única religión, y estaba dispuesto a ser el mártir que ella necesitaba, aunque eso significara convertirse, una vez más, en el fantasma que siempre fue.