dioses, vampiros y amor
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capitulo 3: el juego del gato y el cuervo
Desde las sombras de un transformador eléctrico, a varios metros de altura, Usui observaba. Sus ojos, expertos en detectar debilidades, escaneaban la pequeña casa de Shion. No entendía qué veían sus hermanos en ese lugar tan... común. Pero ver a Yaquimura pidiendo disculpas y a Alfred riendo honestamente le causaba una curiosidad punzante. Estaba aburrido de las misiones fáciles y de las mujeres que solo buscaban su apellido. Esa casa era una anomalía.
Shion lo sabía. Sentía esa mirada desde la distancia, un peso frío que no era como el de los otros dos. Pero no dijo nada. Tenía problemas más reales: la habían despedido tras el caos que provocó Yaquimura y ahora buscaba empleo mientras sus noches se volvían un infierno.
El Despertar del Dolor
Esa noche, el sueño la atrapó de nuevo.
Imágenes borrosas. El sonido de algo rompiéndose... ¿huesos o cristales? Alguien gritaba su nombre con una desesperación que le quemaba los oídos. Veía una mano extendida hacia ella, envuelta en llamas azules, y el pecho le dolía como si una lanza lo estuviera atravesando.
Shion se despertó de golpe, con las mejillas mojadas por lágrimas que no comprendía. Se llevó la mano al corazón. No sabía quién era el hombre de sus sueños, ni por qué sentía que había fallado en algo importante hace mil años. El vacío en su pecho era insoportable.
El Encuentro de los Desconocidos
Dos días después, mientras Shion caminaba de regreso tras otra entrevista fallida, él apareció. No se escondió. Caminó a su lado con una elegancia perezosa, esa sonrisa cínica que parecía grabada en su rostro.
—Así que la "Salvadora de Hermanos" busca empleo —soltó Usui, sin mirarla, mientras exhalaba el humo de un cigarrillo—. Qué desperdicio de talento.
—Y el "Vigilante de Azoteas" por fin decidió bajar —respondió Shion, sin detenerse—. ¿No tienes algo mejor que hacer, Sombra?
Usui soltó una carcajada seca.
—Me gusta ese nombre. Pero no te acostumbres, Pequeña Plebeya.
Durante todo el trayecto, él se mantuvo cerca, invadiendo su paz pero nunca su espacio físico. Fue un juego de palabras y silencios. Él nunca usó su nombre, ella tampoco. Eran dos extraños reconociéndose a través del desprecio fingido.
La Verdad y el Peligro
Esa tarde, la sala de Shion estaba llena. Yaquimura y Alfred finalmente soltaron la verdad tras una semana de llegar con nudillos rotos y miradas esquivas.
—Somos del JNC —dijo Alfred, con una seriedad que no encajaba con su edad—. Somos ninjas.
Mizuki soltó una carcajada que se cortó al ver el rostro de Yaquimura. No era una broma.
Cuando Usui se enteró (desde la ventana, antes de entrar finalmente a la mansión esa noche), no fue amable.
—Son unos idiotas —les dijo Usui en la privacidad de su hogar, encendiendo un cigarrillo de marihuana mientras el humo nublaba sus ojos—. Si el viejo se entera de que civiles saben quiénes somos, los usarán como palanca. Los capturarán, los torturarán para sacarnos información o simplemente los eliminarán para borrar el rastro.
El miedo se instaló en Alfred. Usui, con una frialdad aterradora, se acomodó el cabello.
—Hablaré con padre. Pero solo hay una forma de protegerlos: tráiganlos al JNC. Que trabajen para nosotros o que se alejen para siempre.
La Advertencia
Días después, Usui interceptó a Shion cerca de su casa. Ella estaba agotada, las pesadillas no la dejaban dormir y la presencia constante de este hombre la estaba hartando.
—Vengo con una oferta, Cosa Rara —dijo Usui, bloqueándole el paso—. Mis hermanos quieren salvarte la vida. Buen sueldo, médicos de élite... todo lo que tu madre necesita. Solo tienes que dejar de verla.
Shion intentó pasar, pero Usui extendió la mano para tocarle la mejilla, un gesto posesivo y burlón. En un movimiento que ni siquiera Usui pudo predecir, Shion atrapó su muñeca. Su agarre no era el de una civil; era una prensa de hierro que hizo que los ojos de Usui se abrieran de par en par.
—Escúchame bien, Niño Mimado —susurró Shion, y por un segundo, sus ojos grises parecieron brillar con un destello rojizo—. No me vuelvas a tocar. No me importa quién sea tu padre o qué tan peligroso digas que eres. Si vuelves a amenazar el bienestar de mi familia o a intentar decidir por mí, te vas a arrepentir de haber bajado de esa azotea.
Shion soltó su mano con un desprecio absoluto y siguió caminando. Usui se quedó ahí, de pie bajo la lluvia, mirando su muñeca enrojecida. El aburrimiento había desaparecido por completo. Por primera vez en su vida, alguien no solo le había seguido el juego, sino que lo había ganado.
—Vaya... —murmuró Usui, con una sonrisa que ya no era cínica, sino genuinamente peligrosa—. Esto va a ser muy divertido.