Es verdad lo que dicen.No sabes lo que tienes asta que lo pierdes y así empieza esta historia
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Capítulo 5: Cuando me pidió que me quedara
El cambio no fue de golpe.
No hubo un momento exacto en el que Leonardo decidiera alejarse de su abuela.
Fue algo más sutil.
Más difícil de señalar.
Como si, en lugar de dar un paso atrás, hubiera empezado a quedarse quieto… mientras todo lo demás se movía.
Y sin darse cuenta, esa quietud se convirtió en distancia.
Ese día había llegado más tarde de lo habitual.
Ni siquiera estaba seguro de por qué había ido.
Tal vez por costumbre.
Tal vez porque su madre se lo pidió.
O tal vez porque, en el fondo, todavía había una parte de él que no quería cortar del todo ese vínculo.
La puerta estaba cerrada.
Golpeó dos veces.
—¿Abuela?
Tardó unos segundos en escuchar pasos.
Lentos.
Arrastrados.
Cuando la puerta se abrió, Livia sonrió como siempre.
Pero había algo distinto.
Algo en sus ojos.
En la forma en que lo miró.
—Pensé que no ibas a venir —dijo.
Leonardo se encogió de hombros.
—Estaba ocupado.
La respuesta salió automática.
Como tantas otras.
Livia asintió, haciéndose a un lado para dejarlo pasar.
—Sí… claro.
La casa estaba más silenciosa de lo normal.
No se escuchaba la radio.
No había ruido desde la cocina.
Nada.
—¿Está él? —preguntó Leonardo, sin nombrarlo.
—No —respondió Livia—. Salió.
La forma en que lo dijo tenía algo de alivio.
Eso no pasó desapercibido.
Leonardo dejó la mochila en una silla.
—Ah.
No agregó nada más.
Pero, por alguna razón, sintió que el ambiente era distinto.
Más… tenso.
Aunque no hubiera nadie más.
—¿Te quedás un rato? —preguntó Livia.
No era una pregunta nueva.
Pero esta vez sonó diferente.
Menos casual.
Más… necesaria.
Leonardo dudó apenas.
Tenía otras cosas que hacer.
O al menos eso se decía a sí mismo.
—No sé… un rato —respondió.
Livia asintió, pero no pareció del todo convencida.
—Está bien.
Se sentaron en el patio.
El mismo de siempre.
Pero ya no se sentía igual.
El silencio volvió, como en otras tardes.
Solo que esta vez, Livia no parecía cómoda con él.
Movía las manos.
Miraba hacia la puerta de la casa de vez en cuando.
Como si estuviera esperando algo.
O evitando algo.
—Leo… —empezó.
Su voz fue más baja de lo habitual.
Leonardo levantó la vista.
—¿Qué?
Livia dudó.
Eso no era común en ella.
Siempre encontraba las palabras.
Siempre sabía qué decir.
Pero ahora…
No.
—¿Vos estás bien? —preguntó al final.
La pregunta lo descolocó.
—Sí… ¿por?
—No sé… te noto distinto.
Leonardo frunció levemente el ceño.
—Estoy igual.
—Mmm…
Livia no insistió.
Pero tampoco parecía convencida.
El silencio volvió a instalarse.
Más pesado que antes.
Leonardo miró el celular.
Desbloqueó la pantalla.
No había nada importante.
Pero le servía.
Siempre le servía.
—A veces… —dijo Livia de repente— hay cosas que uno no sabe cómo manejar.
Leonardo no levantó la vista.
—Ajá.
—Y no es porque no quiera… —continuó ella— sino porque no sabe.
Había algo en su tono.
Algo que ya no era indirecto.
Algo que estaba tratando de llegar a un punto.
Leonardo lo sintió.
Y, al mismo tiempo, sintió ganas de que no lo hiciera.
Porque sabía que, si lo hacía…
Iba a tener que responder.
—¿Te pasa algo? —preguntó él, sin mirarla.
La pregunta sonó vacía.
Como si no quisiera realmente escuchar la respuesta.
Livia lo notó.
Se quedó en silencio unos segundos.
—No… —dijo al final.
Pero no era verdad.
Y los dos lo sabían.
Pasaron unos minutos más.
El aire parecía más pesado.
Más lento.
Como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese momento incómodo del que ninguno sabía cómo salir.
Hasta que Livia habló otra vez.
—¿Te podés quedar un rato más?
Esta vez no fue casual.
No fue una frase al pasar.
Fue directa.
Clara.
Y, sobre todo…
Honesta.
Leonardo levantó la vista.
Se encontró con sus ojos.
Había algo ahí.
Algo que no había visto antes con tanta claridad.
No era solo cariño.
Era necesidad.
Y eso lo incomodó.
—No puedo —respondió.
Demasiado rápido.
Demasiado automático.
Livia asintió.
Despacio.
Como si ya esperara esa respuesta.
—Está bien.
Pero no estaba bien.
Y eso también era evidente.
Leonardo se levantó.
—Tengo que irme.
Ni siquiera explicó a dónde.
No hacía falta.
Livia se puso de pie también.
Lo acompañó hasta la puerta.
Como siempre.
—Cuidate —dijo.
—Sí.
Hubo una pausa.
Pequeña.
Casi imperceptible.
Pero suficiente para que algo pudiera haber pasado.
Algo distinto.
Pero no pasó.
—Nos vemos —agregó él.
—Sí… —respondió ella—. Nos vemos.
Cuando salió, Leonardo sintió algo raro.
No culpa.
Todavía no.
Pero sí una especie de incomodidad más fuerte que otras veces.
Como si supiera que había algo importante en ese momento…
Y lo hubiera dejado pasar.
Otra vez.
Esa noche, Livia no salió al patio.
Se quedó adentro.
Sentada en la cocina.
Con las manos quietas sobre la mesa.
Mirando un punto fijo que no decía nada.
La casa estaba en silencio.
Ese silencio que ya no era tranquilidad.
Sino ausencia.
Mucho tiempo después, Leonardo recordaría esa frase con una claridad insoportable:
“¿Te podés quedar un rato más?”
No por cómo sonó.
Sino por lo que significaba.
Porque no era solo un pedido.
Era una oportunidad.
Una de las pocas veces en las que Livia había sido completamente directa.
Sin rodeos.
Sin excusas.
Y él…
Eligió irse.
Como si hubiera algo más importante.
Como si todavía quedara tiempo.