Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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Í 2 ,
Si el infierno existe, estoy seguro de que no hay fuego ni tridentes. Es simplemente un bosque infinito donde tienes que caminar en subida, sin senderos pavimentados, detrás de una mujer que parece tener pulmones de acero, mientras tus zapatos de lona se desintegran lentamente.
—Oye, Kaia... —jadeé, sintiendo que el corazón me latía en las orejas—. Pregunta seria... ¿aquí no inventaron la rueda? ¿Unas carretas? ¿Un Uber caballo? Lo que sea.
Kaia se detuvo un segundo y me miró con el ceño fruncido, como si acabara de hablar en arameo.
—¿Un "uber"? —repitió la palabra con desconfianza—. ¿Es algún tipo de bestia de carga de tu tierra? ¿Se come?
—No, no se come. Bueno, a veces te comen el mandado con la tarifa dinámica, pero... olvídalo —resoplé, apoyándome en un árbol para no morir—. El punto es que mis rodillas no están diseñadas para esto. Mi máximo esfuerzo físico es correr cuando abren la caja 2 del supermercado. Necesito electrolitos. Necesito un suero.
—Hablas como un hechicero loco —dijo ella, negando con la cabeza—. Si sigues haciendo esos ruidos con la boca vas a espantar a la cena. O atraer a algo que nos quiera cenar.
La amenaza funcionó. Seguí caminando, aunque mi cuerpo chilango protestaba con cada paso. Yo soy un hombre de asfalto, de aire acondicionado. La naturaleza me gusta en documentales, narrada por una voz tranquila, no en 4D y con lodo en los calzones.
Finalmente, encontramos una cueva pequeña cerca de un riachuelo. Kaia soltó el jabalí muerto (que, por cierto, no había dejado de cargar ni un segundo, humillando mi masculinidad completamente) y empezó a armar el campamento.
Yo me dejé caer en una piedra, sudando como testigo falso.
—¿Te ayudo en algo? —pregunté por compromiso, esperando que dijera que no.
—Consigue leña seca —ordenó sin mirarme, mientras empezaba a destazar al pobre Pumba con su cuchillo—. Y no te alejes. Si gritas, que sea agudo, para saber que te están matando y no ir a buscarte en vano.
—Qué simpática eres. Deberías dar cursos de motivación personal.
Me adentré unos metros en el bosque. Todo se veía igual: café y sucio. Mientras buscaba ramas, mi mente traicionera regresó a la CDMX. A estas horas, probablemente estaría viendo una serie con Diana, comiendo palomitas. O bueno, viéndola a ella mensajearse con el "primo" mientras yo creía que todo estaba bien.
—Maldita sea, Diana —pateé una piedra con rabia—. Me cambiaste por un refrigerador con tatuajes.
—¿Con quién hablas, cara de luna?
Sentí un golpe en la nuca. ¡Poc!
Algo pequeño y duro rebotó en mi cabeza.
—¡Auch! —me sobé—. ¿Qué onda? ¿Granizo?
Miré hacia arriba.
En una rama baja, colgado de la cola, había un mono.
Era pequeño, del tamaño de un gato, con pelaje gris humoso que parecía desvanecerse en los bordes. Tenía orejas grandes y peludas, y vestía un chaleco diminuto hecho de retazos de tela roja muy gastada.
El mono me miraba fijamente mientras pelaba otra nuez con sus dedos largos y sucios.
—Tienes la cabeza muy grande —dijo con una voz chillona y rasposa, como de viejito fumador—. Es un blanco perfecto. Y caminas como pato mareado.
Me quedé helado. Miré a mi alrededor. Nadie. Volví a mirar al mono.
—¿Mande?
—Que tienes la cabeza enorme —repitió el mono—. Y hueles raro. Como a flores falsas y a sudor de cobarde.
—¡Es Old Spice! —grité, ofendido—. ¡Y basta de criticar mi higiene! Espera... ¡¿Estás hablando?!
El mono bajó de un salto y aterrizó frente a mí. Se cruzó de brazos (brazos peludos y diminutos) y me miró con desprecio, señalando mis pies.
—No, soy un espíritu del bosque burlándose de tus trapos de pies. Míralos, están hechos de tela de araña débil. Con eso no aguantas ni dos lunas en el camino, grandulón.
—Son Converse... ¡Y cuestan caros! —Me llevé las manos a la cabeza—. Estoy alucinando. Esto es por la falta de azúcar. Seguro me bajó la presión.
—Lo que te falta es seso, jefe —dijo el mono. De repente, su nariz se movió—. Espera. Traes algo. Hueles a dulce. A resina de la buena.
Antes de que pudiera reaccionar, el mono trepó por mi pierna, subió por mi camisa y metió la mano en el bolsillo de mi pantalón con una destreza de carterista del Centro Histórico.
—¡Ey! ¡Sin tocar! —grité, bailando para quitármelo.
El mono saltó de vuelta al suelo con mi paquete de chicles.
—¿Qué es esto? —Lo olió, le dio una mordida con todo y empaque, y escupió el papel plateado—. Mmm. Chiclosos. Sabe a menta de montaña. Me lo quedo.
—¡Eran mis últimos chicles! —lloriqueé—. ¡Era lo único que me ataba a la civilización!
—Ahora es mío. Tributo por pasar por mi árbol. —El mono masticó ruidosamente—. Gñom, gñom.
En ese momento, Kaia apareció entre los arbustos. Tenía el arco tensado y una flecha apuntando directo a la frente del animal.
—Aléjate de la cosa, Alejandro —dijo con voz de hielo—. Es un Tití de la Niebla. Son plagas. Roban comida y mienten más que respiran.
El mono levantó las manos, pero seguía masticando mi chicle con una actitud cínica impresionante.
—Tranquila, matabestias. Baja el palo ese. Solo estaba cobrándole peaje al forastero. Además, mira sus patas... trae vendajes de enfermo en lugar de botas. Le estaba haciendo un favor diciéndoselo.
Kaia no bajó el arco, pero vi curiosidad en sus ojos al mirar mis tenis.
—Tiene razón —dijo ella—. Tu calzado es ridículo. Pareces un bufón.
—¡Gracias por el apoyo! —exclamé sarcásticamente—. ¿Alguien más quiere insultar mi ropa?
—Dame una razón para no despellejarte ahora mismo, rata —le dijo Kaia al mono.
—Porque conozco el bosque mejor que tú, matabestias —dijo el mono, escupiendo un pedacito de chicle—. Sé dónde duermen los osos lechuza y dónde hay agua que no te da diarrea explosiva. Y con el torpe este —me señaló—, van a necesitar ayuda si no quieren terminar como estofado de gusanos.
Kaia me miró a mí (sudado, despeinado, con una rama triste en la mano) y luego al mono. Suspiró profundamente, bajando el arco. Parecía genuinamente derrotada por mi inutilidad.
—Maldición. Odio que tengas razón.
—¡Sí! —celebró el mono, trepándose a mi hombro de un salto—. ¡Trato hecho! Yo soy el guía, tú eres el músculo y él... —me dio palmaditas en la cabeza— él es la mascota de carga. Me llamo Ringo, por cierto.
—Bájate de mí —le pedí, intentando sacudírmelo.
—No. Eres alto. Desde aquí veo mejor los peligros. Arre, mula.
Regresamos a la cueva. Kaia avivó el fuego y puso a asar la carne. Yo me senté lejos, todavía procesando que mi vida se había convertido en una película de Disney bizarra.
—Entonces... —dije, tratando de ignorar que Ringo me estaba jalando la oreja—. Kaia. Ya que estamos en "confianza"... ¿cuál es tu historia? Digo, peleas increíble, pero vives aquí como ermitaña.
Kaia miró el fuego. Su rostro, iluminado por las llamas, se veía menos amenazante.
—No siempre viví en el bosque —dijo, picando las brasas—. Fui Capitana de la Guardia de Hierro en la capital. Vivía en un cuartel de piedra, no en cuevas.
—¿Y qué pasó? —pregunté—. ¿Te cansaste de la política?
—El Rey... —empezó, y escupió al suelo con desprecio— El Rey se volvió codicioso. Empezó a exigir tributos imposibles a las aldeas. Grano, ganado... hijos.
Abrí los ojos como platos.
—¿Hijos?
—Mano de obra —aclaró ella—. Esclavos. Un día me ordenaron quemar los graneros de un pueblo que se negó a entregar a sus jóvenes. Querían que pasaran hambre para que obedecieran. —Apretó el puño sobre su rodilla—. Me negué. Rompí la nariz de mi comandante y abrí los graneros para la gente.
—Wow —dije suavemente.
—Ahora tengo precio por mi cabeza. "Traidora", me dicen. Por eso estoy aquí.
—Eres como Robin Hood —solté sin pensar—, pero en versión mujer y más intensa.
Kaia me miró con esa expresión de total confusión otra vez.
—¿Robín Jud? ¿Es algún señor de la guerra de tu tribu?
—No, es... un personaje de cuentos. Robaba a los ricos para dar a los pobres. —Sonreí con tristeza—. Es un héroe. Como tú.
Kaia se quedó callada un momento, visiblemente incómoda con el halago.
—No soy una heroína, Alejandro. Solo soy alguien que sabe usar una espada y odia a los abusivos.
—Pues eso ya es más de lo que puedo decir —suspiré, mirando mis tenis sucios—. Yo no pude ni defender mi relación de tres meses.
—Ah, la hembra que te rompió el corazón —intervino Ringo, que estaba hurgando en mi oreja—. La que te cambió por el otro macho más grande.
—Sí, esa —admití—. La innombrable. Diana. Me dejó por su primo del gimnasio. Un tipo enorme.
—¿Gimnasio? —preguntó Kaia, ladeando la cabeza—. ¿Es un templo de tortura?
—Algo así —reí sin ganas—. La gente va a levantar cosas pesadas y a mirarse en espejos. El punto es que... ella dijo que yo era demasiado "bueno". Que le daba pena.
Kaia me miró fijamente. Por primera vez, no hubo desprecio en sus ojos.
—La bondad no es debilidad, Narvarte. Pero en este mundo, si eres blando, te comen. Literalmente. Tienes que endurecer esa piel.
—O conseguirte un garrote más grande —añadió Ringo—. O correr muy rápido. Yo prefiero correr.
Comimos en silencio la carne de jabalí, que estaba dura como suela de zapato. Cuando terminamos, me acomodé en el suelo duro. Ringo decidió que mi panza era el mejor colchón disponible.
—Oye, Ringo —susurré—. ¿Crees que sobreviva mañana?
El mono eructó con olor a menta.
—Lo dudo, jefe. Tienes manos suaves, de los que nunca han tocado la tierra. Pero hey, al menos sirves de cama.
—Gracias por la honestidad.
Cerré los ojos. Me dolía todo, extrañaba mi cama, extrañaba los tacos al pastor y, maldita sea, extrañaba a Diana, aunque fuera una cretina. Pero ahí estaba, en un mundo extraño, con una guerrera exiliada que no sabía qué era un Uber y un mono que usaba chaleco.
—Buenas noches, equipo raro —murmuré.
Nadie respondió, pero escuché a Kaia soltar un suspiro y a Ringo acomodarse mejor en mi estómago. Al menos, por esa noche, nada nos comió.