SOY LA VILLANA QUE SALVARÁ A SU FAVORITO
Violeta Alber ha vivido tres vidas: mercenaria letal en la Metrólis Feudal, mariscala de élite en la era moderna y diseñadora de moda exitosa, pero la traición la ha acompañado siempre. Al morir por tercera vez, despierta en el cuerpo de Roxana Ruiz —la esposa por contrato del personaje que más admiró en una novela: Bruno Castellano, un CEO brillante pero paralizado y sumido en la depresión, condenado a morir para que los protagonistas oficiales vivan felices.
Conociendo el destino trágico que les espera a Bruno y su familia, Roxana decide cambiar el curso de la historia. Convertirá su imagen de mujer despreciada en la de una líder imponente, luchará contra la manipulación de Orquídea y Gael, salvará a los hermanos de Bruno y protegerá sus bienes —incluyendo tierras en París con minas de diamantes y oro que le garantizarán libertad.
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EL RETORNO DE LA PRIMERA RAMA
Llegó la hora del banquete familiar Castellano, celebrado en el imponente Palacio de Eventos de la familia —un edificio de mármol blanco con techos altos y candelabros de cristal que reflejaban la luz como miles de estrellas. Bruno y yo pasamos toda la tarde preparando a los chicos: les arreglamos el cabello con esmero, les ajustamos los lazos de sus trajes y les colocamos los detalles en oro y plata que les daban un aire de verdadera nobleza. Yo me vestí con el vestido rojo pasión que Bruno había elegido —tejido de seda francesa con bordados de strass rojos que brillaban con cada movimiento, con un escote que marcaba mi figura sin perder elegancia, y un largo tren que deslizaba por el suelo como una ola de fuego.
En el salón principal, con sus columnas de mármol y alfombras de terciopelo rojo, todos los miembros de la extensa familia Castellano estaban reunidos. El patriarca —abuelo de Bruno, don Alejandro Castellano— se sentó en su asiento de honor en la mesa principal, sosteniendo con ambas manos un sobre de cuero negro que contenía su testamento en vida. Bruno pertenece a la primera rama de la familia, la más antigua y poderosa, fundadora de la empresa que ahora moviliza miles de millones en el país. Pero desde su accidente, muchos habían empezado a cuestionar su capacidad, tratándolo como un débil y un lastre.
Los murmullos se escuchaban por todo el salón, altos y descarados:
—¿La familia de Bruno realmente va a aparecer? Desde que quedó en silla de ruedas se ha escondido como un cobarde.
—Ese liciado ni vendrá, seguro que está avergonzado de su estado. Ya debería dejar el puesto para alguien que pueda liderar.
—El abuelo debería quitarle el poder y entregarlo a Gael —dijo una tía con voz alta, mirando directamente a la mesa donde se encontraba el hombre—. Él ha estado manejando la empresa y ha hecho que crezca más que nunca.
—Y Orquídea es la esposa perfecta para un líder... a diferencia de esa mujer que se casó con Bruno, nadie sabe de dónde salió.
Gael y Orquídea estaban sentados en una de las mesas principales, sonriendo con arrogancia mientras saludaban a los invitados con gestos prepotentes. Gael llevaba un traje negro de diseñador, con una corbata de seda azul que brillaba bajo las luces, mientras Orquídea lucía un vestido de gala blanco con bordados de perlas, sosteniendo un bolso de crocodilo que todos conocían por su alto costo. Parecían seguros de que serían los grandes beneficiados de la tarde, ya que habían estado difundiendo rumores de que Bruno había renunciado a sus derechos.
De repente, se escuchó el potente rugido de un Ferrari rojo deportivo último modelo detrás del edificio —un sonido que todos reconocían como uno de los vehículos más exclusivos del país. El motor resonó con fuerza, acercándose hasta la entrada principal donde se detuvo con un silbido de frenos que hizo callar a más de uno.
Las grandes puertas de cristal y madera maciza se abrieron lentamente, empujadas por los guardias de seguridad que habían estado esperando. Primero salió Diego, con un traje azul rey de seda coreano que caía a la perfección sobre su figura, gafas de sol elegantes del mismo tono y zapatos de cuero pulido que reflejaban la luz. A su lado, Julio lucía un traje blanco impecable y gafas Blancas que le daban un aire juvenil pero poderoso, y su cabello peinado con esmero. Luego apareció Sasha, con un vestido rojo igual de lujoso que el mío.
Diego:
Julio:
Sasha:
Seguieron Sebastián, con un traje negro de terciopelo que le daba un aire misterioso y dominante, gafas negras de diseño exclusivo. A su lado, empujando la silla de ruedas de Bruno, estaba el mayordomo —pero Bruno movió la mano con firmeza, indicándole que se detuviera. Con una fuerza que nadie esperaba ver en él, Bruno tomó los mangos de su silla y la movió él mismo hacia adelante. Su silla de ruedas había sido completamente renovada: estructura de acero pulido con detalles, tapizado de cuero negro y respaldo con el emblema de la familia Castellano grabado en oro. Llevaba un traje blanco de diseñador de Corea del Sur, sus gafas blancas le daban un aire de autoridad absoluta. Aunque estaba en silla de ruedas, su postura era recta y su mirada penetrante, como si fuera el rey de ese lugar.
Sebastián:
Bruno:
Finalmente, yo salí apoyándome ligeramente en el brazo de Bruno —no por debilidad, sino como muestra de unión— llevando aretes de diamantes rojos valorados en 10 millones de dólares, cada uno con una piedra central de cinco quilates, y una pulsera de la misma piedra con un diseño único que costaba 5 millones. Mi cabello rojo ondulado estaba peinado hacia atrás, con detalles de joyería, y mis tacones de aguja rojos hacían un sonido seco y preciso al pisar el suelo de mármol. Todos íbamos vestidos con ropa de diseñadores internacionales, y nuestra presencia era tan imponente que silenció el salón por completo —los cubiertos dejaron de chocar, las conversaciones se cortaron de golpe y todos los ojos se fijaron en nosotros.
Roxana:
La sonrisa de Gael y Orquídea se les apagó de un instante a otro, sus rostros pasando del color rosado al pálido en segundos. Orquídea intentó ajustar su vestido con nerviosismo, mientras Gael apretaba los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Yo me acerqué un paso adelante, con la cabeza alta y una sonrisa segura en los labios —una sonrisa que no mostraba debilidad alguna, sino poder y determinación. Mi voz salió clara y contundente, resonando en todo el salón gracias a la potencia natural de mi tono:
—Ya estamos aquí.
Mientras hablaba, moví mi mano con gracia, haciendo que mi pulsera de diamantes rojos brillara bajo las luces. Los invitados se quedaron boquiabiertos, reconociendo el valor de las joyas y la autoridad con la que me presentaba. Los murmullos cambiaron completamente de tono:
—¡Qué impresionantes! Nunca los había visto así... parecen una realeza.
—¿Viste la ropa que llevan? Deben costar una fortuna. Esa pulsera no es cosa de cualquiera.
—La esposa de Bruno es espectacular... tiene una presencia que opaca a todas las demás mujeres aquí.
—Y Bruno... aunque está en silla de ruedas, se ve más dominante que nunca.
Bruno movió su silla hacia adelante hasta estar al mismo nivel que yo, y su voz —profunda y segura— se escuchó en todo el salón:
—Lamento haber tardado en llegar, abuelo. Tuve que asegurarme de que todos los miembros de mi familia estuvieran listos para representar con orgullo el nombre de Castellano.
Su mirada se desvió brevemente hacia Gael y Orquídea, con una expresión fría y dominante que dejaba en claro que sabía de los rumores que habían difundido.
—Como cabeza de la primera rama —continuó Bruno, levantándose ligeramente del asiento con una fuerza que sorprendió a todos—, he venido a recibir lo que me corresponde por derecho de sangre y por mérito. Nadie tiene el derecho de cuestionar mi capacidad para liderar esta familia... especialmente aquellos que se aprovecharon de mi ausencia para tratar de tomar lo que no les pertenece.
En ese momento, mi cabeza se volvió hacia la mesa donde estaban Gael y Orquídea, con una mirada fría y poderosa.
—Y respecto a quienes han dicho que soy una mujer desconocida —dije con una sonrisa sarcástica—, les recuerdo que soy Roxana Castellano, esposa legítima de Bruno, y desde ahora seré la encargada de velar por el orden y la integridad de esta familia. Cualquier intento de dañar a mis seres queridos será tratado con la máxima severidad. Ya he demostrado lo que soy capaz de hacer, y no dudaré en actuar de nuevo.
El abuelo de Bruno se puso de pie lentamente, con una sonrisa en su rostro cansado pero iluminado. Había esperado mucho este momento, y finalmente sus esperanzas se estaban cumpliendo.
—Muy bien, muy bien —dijo don Alejandro con voz emocionada—. Esta es la familia Castellano que yo conocí y quise criar. Bruno, Roxana... pasen a la mesa principal.
Bruno apretó mi mano con fuerza, sintiendo cómo el orgullo de pertenecer a su familia volvía a llenarlo por completo. Yo apoyé mi mano en su hombro, mostrando la unión y el poder que teníamos juntos —dos líderes que nadie podría enfrentar. Gael y Orquídea se quedaron sentados en silencio, sabiendo que su juego de poder había llegado a su fin... o al menos, que ahora tendrían que enfrentarse a verdaderos rivales.