Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 5: Una tarde junto al río
Aquella mañana me levanté con una idea que llevaba varios días dándome vueltas en la cabeza.
—Hoy sí le voy a hablar a Malena —me dije mientras ensillaba mi caballo.
Respiré hondo y salí rumbo a la hacienda de los Zúñiga.
Como siempre, llegué al patio principal y amarré el caballo junto al corral.
—¡Ave María, qué madrugador! —escuché decir a don Ernesto entre risas.
—Hay mucho por hacer, hombre.
Caminé hasta la casa buscando a Maximiliano.
—¡Maxi! ¿Está por ahí?
No respondió.
En cambio, quien salió al corredor fue Malena.
Llevaba un jean azul, botas de campo, una blusa blanca de manga larga y, como de costumbre, un libro entre las manos.
Al verme sonrió.
—Buenos días, Isaías.
—Buenos días, Malena.
Sentí que el corazón me latía más rápido de lo normal.
—¿Y Maximiliano?
—Salió hace un rato con unos trabajadores a revisar unas cercas. Creo que se demora un buen rato.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
Entonces reuní todo el valor que pude.
—Eh... Malena...
—¿Sí?
—¿Le gustaría salir a montar a caballo conmigo mientras llega Maximiliano?
Ella me miró sorprendida.
Después sonrió.
—Claro... hace días no salgo a recorrer la finca.
Sentí un alivio enorme.
—Entonces voy por otro caballo.
Minutos después salimos cabalgando por los senderos de la hacienda.
El aire fresco de la mañana movía las hojas de los árboles y el canto de los pájaros acompañaba nuestro recorrido.
—Qué bonito está todo —dijo Malena mientras observaba las montañas.
—Sí... este lugar nunca deja de sorprender.
Fuimos recorriendo los potreros, pasamos junto al ganado y atravesamos un camino rodeado de árboles.
Hablamos de libros, de la infancia, de nuestras familias y de los recuerdos que cada uno guardaba de don Emiliano.
Por primera vez sentía que podía conocerla mucho mejor.
Después de un largo recorrido llegamos hasta el río que cruzaba una parte de la finca.
Bajamos de los caballos y los dejamos pastando cerca de la orilla.
El agua era cristalina y corría suavemente entre las piedras.
—Siempre me ha gustado venir aquí —dijo Malena.
—A mí también.
Nos acercamos al agua.
Ella se agachó para tocarla con la mano.
—Está fría.
—Muchísimo.
De un momento a otro, sentí un pequeño empujón.
Perdí el equilibrio.
—¡Eh!
¡Plash!
Caí de espalda dentro del río.
Cuando salí a la superficie escuché la risa de Malena.
—¡Perdón! —decía entre carcajadas—. No pensé que se fuera a caer tan fácil.
La miré riéndome también.
—¡Ay, Malena! ¡Qué berraca sos!
Ella seguía riéndose sin poder parar.
Salí del agua completamente empapado.
Me acerqué despacio.
—¿De qué se ríe tanto?
—De usted.
—¿Ah, sí?
Antes de que pudiera reaccionar, la levanté en brazos.
—¡Isaías! ¡No haga eso!
—¿Está segura?
Ella soltó otra carcajada.
—¡Bájeme!
—Muy tarde.
Con una sonrisa le dije:
—¡Pues ahora nos mojamos los dos!
Y me lancé al río con ella.
Los dos caímos al agua entre risas.
Cuando salimos a la superficie, Malena me salpicó otra vez.
—¡Ay, carajo! —exclamé entre risas.
Ella no podía dejar de reír.
Después de unos minutos nos quedamos completamente en silencio.
Solo se escuchaba el sonido del río.
Nuestros ojos se encontraron.
Sentía que el corazón se me quería salir del pecho.
Pensé que, si no hablaba en ese momento, tal vez nunca lo haría.
Respiré profundo.
—Malena...
—¿Sí?
—Hay algo que necesito decirle.
Ella me miró con atención.
—La escucho.
—Hace muchos años... desde que yo tenía quince y usted trece... vine una mañana a buscar a Maximiliano para salir a montar a caballo.
Ella sonrió.
—Sí... me acuerdo de esa época.
—Ese día la vi sentada leyendo un libro en el corredor de la casa.
Guardó silencio.
—Desde ese momento... no he podido dejar de pensar en usted.
Malena bajó la mirada unos segundos.
—Isaías...
Continué hablando.
—Con el paso de los años ese sentimiento fue creciendo. Cada vez que venía a la hacienda buscaba cualquier excusa para verla. Me enamoré de su forma de ser, de su tranquilidad, de su bondad... y hoy ya no quiero seguir guardándolo.
Tomé aire.
—Malena... usted me gusta. Me gusta de verdad. Y desde hace años.
Ella permaneció unos instantes en silencio.
Finalmente levantó la mirada.
—La verdad... nunca imaginé que sintiera eso por mí.
Sentí un nudo en la garganta.
—Entiendo si usted no siente lo mismo.
Malena dio un paso hacia mí.
—No, Isaías... déjeme terminar.
Sonrió con dulzura.
—Siempre me ha parecido un hombre bueno, respetuoso y sincero. También me gusta pasar tiempo con usted. Nunca me había detenido a pensar en nosotros de esa manera... pero hoy entendí que cada vez que usted venía a la hacienda, yo también esperaba verlo.
No pude evitar sonreír.
—¿De verdad?
Ella asintió.
—Sí. No quiero apresurar las cosas, pero me gustaría que nos conociéramos mejor. Quiero que esto empiece con calma, con respeto y siendo honestos con nuestras familias cuando llegue el momento.
La miré con una felicidad que no podía describir.
—Me parece perfecto.
Los dos sonreímos mientras el río seguía corriendo a nuestro lado.
Aquella tarde comprendí que, a veces, el valor para decir lo que uno siente puede cambiar la vida para siempre.