Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 16 — La cuenta regresiva
Faltaban solo tres semanas.
Tres semanas para la misión en Britania.
Tres semanas para que Kang Min-Jae por fin pisara la misma ciudad descrita en tantas cartas.
Tres semanas para que la distancia entre él y Ethan dejara de ser un océano.
El capitán miraba fijamente el calendario colgado en la pared de su oficina.
Aquello parecía irreal.
Durante meses, Ethan había existido solo en palabras.
En sobres.
En páginas cuidadosamente dobladas.
Ahora existía la posibilidad de verlo de verdad.
Y eso era tan emocionante como aterrador.
—Lo estás haciendo otra vez.
Min-Jae levantó la vista.
Ji-Ho estaba parado en la puerta.
—¿Haciendo qué?
—Mirando el calendario.
—No lo estoy mirando.
—Sí lo estás.
—No.
—Sí.
Min-Jae suspiró.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
Ji-Ho entró a la oficina.
—¿Estás nervioso?
—No.
—Mentira.
—No estoy nervioso.
—Entonces, ¿por qué revisaste la fecha del viaje ocho veces hoy?
Silencio.
—Fueron siete.
—Ah, entonces me equivoqué.
Min-Jae cerró los ojos.
Eso no ayudaba.
Para nada.
Más tarde, al llegar a casa, encontró algo inesperado.
Una carta nueva.
El sobre británico estaba sobre la mesa.
El corazón se le aceleró de inmediato.
Ya no había forma de negarlo.
Aquellas cartas se habían convertido en lo mejor de sus días.
Preparó café.
Se sentó junto a la ventana.
Y abrió el sobre con cuidado.
Mientras tanto, en Ravenshire...
Ethan caminaba solo por el jardín de la propiedad.
El sol comenzaba a ponerse.
Tonos dorados y anaranjados teñían el cielo.
Normalmente ese era su momento favorito del día.
Pero últimamente sus pensamientos estaban confusos.
Muy confusos.
Porque había una pregunta que no lograba apartar.
Una pregunta que cada vez era más difícil de ignorar.
¿Por qué seguía escribiendo?
Al principio tenía sentido.
Era solo una mentira inocente.
Una forma de escapar de la presión del tío.
Una broma.
Pero eso había cambiado.
Mucho.
Las cartas habían dejado de ser una excusa.
Se habían convertido en una necesidad.
Algo que esperaba todos los días.
Algo que lo hacía sonreír.
Algo que lo hacía sentirse menos solo.
Y eso lo asustaba.
Porque significaba que sus sentimientos ya no eran solo por una invención.
Esa noche, sentado frente al escritorio, a Ethan le costó mucho empezar.
La hoja permaneció en blanco varios minutos.
Entonces escribió:
Querido capitán Kang Min-Jae,
Ver ese nombre le oprimió el corazón.
De una forma extraña.
Nueva.
Difícil de explicar.
Siguió escribiendo.
Habló de la florería.
De Clara.
Del gato que aparecía en el jardín casi todas las mañanas.
Pero su mente volvía constantemente al mismo tema.
Hasta que por fin escribió:
Empiezo a pensar que te escribo demasiadas cartas.
Se detuvo.
Miró las palabras.
Luego continuó.
Quizá porque se volvió un hábito.
Hizo otra pausa.
La pluma le temblaba un poco.
O quizá porque es más fácil hablar contigo que con cualquier otra persona.
El silencio llenó el cuarto.
Ethan se quedó mirando esa frase durante mucho tiempo.
Parecía peligrosa.
Peligrosamente sincera.
Pero no la borró.
Porque era verdad.
La más absoluta verdad.
Al otro lado del mundo, Min-Jae leía justo esas palabras.
Despacio.
Con atención.
Sintiendo cómo cada frase le daba de lleno en el corazón.
Entonces encontró aquella parte.
Es más fácil hablar contigo que con cualquier otra persona.
Se le encogió el pecho.
Porque sentía exactamente lo mismo.
Exactamente.
Lo mismo.
Durante meses, Ethan se había vuelto alguien importante.
Alguien especial.
Sin saberlo.
Sin responder.
Sin conocerlo en persona.
Min-Jae cerró los ojos.
Y tomó una decisión.
Cuando llegara a Britania...
Intentaría encontrarlo.
No importaba el miedo.
No importaba la inseguridad.
No importaba el riesgo.
Necesitaba verlo.
Necesitaba descubrir si la conexión que sentía era real.
A la mañana siguiente, Arthur Ashford encontró a Ethan tomando el desayuno.
El tío parecía más serio de lo normal.
Lo cual nunca era buena señal.
—Tenemos que hablar.
—Esas palabras nunca traen felicidad.
Arthur ignoró el comentario.
—Recibí una propuesta.
Ethan suspiró.
—¿Otro pretendiente?
—No.
—Gracias al cielo.
—Se trata de Oliver.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué pasa con él?
Arthur observó a su sobrino unos segundos.
—Pretende hacer un último intento.
El silencio cayó sobre la mesa.
—¿Un último intento?
—Sí.
—¿Qué significa eso?
Arthur dejó la taza.
—Significa que pronto pedirá tu respuesta definitiva.
A Ethan se le hundió el corazón.
Porque, por primera vez, sintió que se le acababa el tiempo.
Sin tiempo para seguir huyendo.
Sin tiempo para seguir posponiendo decisiones.
Sin tiempo para seguir ocultando sentimientos que ni siquiera entendía.
Y todo se complicó todavía más cuando, esa noche, volvió a escribir otra carta para un hombre que creía que no existía.
Un hombre que, en ese preciso momento, contaba los días para encontrarlo.