un romance entre un mafioso y un femboy
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LA MANSIÓN
Una semana después, la situación se volvió mucho más peligrosa de lo que ninguno de los dos había previsto. Los hilos invisibles del peligro se habían tensado en silencio, y ahora amenazaban con romperse en cualquier instante. Dante recibió información confidencial, confirmada por tres fuentes distintas: sus enemigos más antiguos y despiadados habían puesto el nombre de Adrián en su lista. Sabían quién era, dónde vivía, dónde trabajaba… y no iban a detenerse ante nada para usarlo en su contra.
No podía ignorarlo. No cuando se trataba de él.
Sin perder un minuto, se dirigió a la cafetería donde Adrián pasaba las tardes. Se quedó esperando en la esquina, entre las sombras, con las manos apretadas en puños y la mente en llamas, observando cada persona que entraba, cada coche que pasaba, hasta que finalmente vio salir a Adrián, con la chaqueta al hombro y esa expresión tranquila que lograba calmarlo todo, salvo su propio corazón.
—Tenemos que hablar —dijo Dante, saliendo a su encuentro. Su voz era grave, sin rastro de suavidad, y sus ojos oscuros reflejaban una gravedad que hizo que Adrián se detuviera en seco.
—¿Qué ocurrió? —preguntó él, notando de inmediato la tensión que envolvía al otro como una segunda piel—. ¿Pasa algo malo?
—No puedes volver a tu casa —respondió Dante, sin rodeos.
Adrián frunció el ceño, como si las palabras tardaran en encajar en su mente.
—¿Por qué? ¿Me han seguido?
—Te están buscando —dijo Dante, acercándose un paso, bajando la voz aunque no había nadie cerca—. Personas que me guardan rencor. Saben que existes. Saben dónde encontrar tu puerta. Si vuelves esta noche, no sé si podré garantizar tu seguridad.
—¿Quiénes son? —insistió Adrián, aunque un frío repentino le recorrió la espalda.
—Gente sin escrúpulos, que no dudaría en hacerte daño solo para herirme a mí —Dante lo miró a los ojos, directo, sincero, y esa honestidad dolió más que cualquier amenaza—. No voy a arriesgarme a que te pase nada.
Adrián permaneció en silencio unos instantes, procesando todo. El peligro, la cercanía, la certeza de que la vida tranquila que conocía se había roto en un segundo.
—Entonces llévame a un hotel —dijo finalmente, con voz firme.
—No —rechazó Dante de inmediato.
—¿Por qué? ¿Acaso no es seguro?
—No sería suficiente. Tienen ojos en todas partes. En hoteles, en calles, en lugares que tú ni imaginarías. Te encontrarían antes de que amaneciera.
—¿Y qué propones entonces? —preguntó Adrián, cruzándose de brazos, aunque en el fondo ya empezaba a intuir la respuesta.
Dante respiró hondo, como si estuviera a punto de revelar algo mucho más grande que un simple refugio.
—Mi casa.
Adrián lo miró, con los ojos muy abiertos.
—¿Tu mansión? ¿Esa enorme fortaleza de la que todos hablan en voz baja?
—Sí. Allí estarás protegido. Nadie entra sin permiso. Nadie te tocará.
—Eso suena exactamente como el inicio de una película donde desaparezco misteriosamente y nadie vuelve a saber de mí —bromeó, aunque su sonrisa estaba algo tensa.
Por primera vez en mucho tiempo, Dante sonrió. Fue una sonrisa breve, casi suave, que transformó sus rasgos severos en algo cálido, humano.
—No voy a hacerte daño, Adrián. Jamás.
—Eso dicen todos los que luego hacen daño —respondió él, pero su voz ya no tenía firmeza.
Y sin embargo, aceptó. No porque confiara ciegamente, sino porque en el fondo sabía que en ningún otro lugar se sentiría tan protegido como junto a él.
La mansión era inmensa, mucho más grande de lo que Adrián había imaginado jamás. Altos muros de piedra, jardines cuidados hasta el último detalle, ventanales que brillaban suavemente bajo la luz del atardecer. Al cruzar la puerta principal, varias personas que trabajaban allí saludaron a Dante con respeto, y todas, sin excepción, dirigieron miradas curiosas hacia Adrián. Sintió inmediatamente que todos sabían quién era, que su nombre ya había sido susurrado en esos pasillos antes de que él pusiera un pie allí.
Fue Elena quien se acercó primero, con una sonrisa franca y ojos vivaces.
—Así que tú eres Adrián —dijo, extendiendo la mano—. Ya te esperábamos.
Adrián la estrechó, confundido.
—¿Ya sabías quién era?
—Dante habla mucho de ti —respondió ella, con una mirada pícara que hizo que Dante frunciera el ceño.
—Elena —advirtió él, con tono de reproche.
—¿Qué? Solo digo la verdad —se defendió ella, encogiéndose de hombros.
Adrián no pudo evitar sonreír.
—¿De verdad hablas de mí?
—No demasiado —murmuró Dante, desviando la mirada.
—Demasiado —corrigió Elena soltando una carcajada—. Cada vez que se le presenta la oportunidad.
Dante decidió ignorarla y le indicó a Adrián que lo siguiera hacia el interior.
Durante los días siguientes, Adrián comenzó a adaptarse a aquella vida nueva, silenciosa y lujosa. Descubrió la biblioteca, con estanterías que llegaban hasta el techo y olor a papel antiguo y madera. Recorrió el jardín, donde las flores crecían en ordenadas filas y el viento traía el aroma de pino y tierra húmeda. Conoció también la sala donde Dante solía trabajar, llena de mapas, informes y un silencio denso que solo se rompía por el sonido de su pluma. Y descubrió algo más, algo que nadie más parecía haber notado: en un rincón apartado, protegido por un muro de piedra, Dante cultivaba rosas negras.
Cada mañana, antes de que saliera el sol, iba allí solo para cuidarlas. Las regaba con paciencia, les retiraba las hojas secas, las hablaba en un susurro que nadie escuchaba.
—No pareces el tipo de persona que cultiva flores —le dijo Adrián una mañana, observándolo desde la entrada.
Dante no se giró de inmediato. Acarició suavemente un pétalo oscuro, como si fuera algo sagrado.
—Y tú no pareces el tipo de persona que juzga a los demás por lo que hacen.
—No lo hago —se defendió Adrián, acercándose un poco más.
—Lo acabas de hacer —respondió él, girándose entonces y mirándolo con una media sonrisa.
Adrián sonrió también, sin saber qué decir.
Poco a poco, las distancias se acortaron. Pasaban tardes enteras conversando, noches en vela compartiendo pensamientos, comidas que se alargaban mientras el resto del mundo dormía. Una noche, Adrián encontró a Dante en la biblioteca, sentado frente a un libro abierto que no parecía estar leyendo.
—¿Nunca duermes? —le preguntó en voz baja.
Dante levantó la vista.
—A veces.
—¿Y qué haces cuando no puedes dormir?
—Pienso —respondió él, con sencillez.
—Eso explica muchas cosas —murmuró Adrián, acercándose hasta quedar a unos pasos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Dante, entrecerrando los ojos.
—Que piensas demasiado. Que cargas con todo tú solo.
Dante cerró el libro lentamente.
—Desde que llegaste, pienso todavía más —confesó, con una sinceridad que le costó cada palabra—. Pienso en ti cuando despierto. Pienso en ti cuando me duermo. No encuentro un solo instante en que no estés en mi mente.
El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza, golpeando contra sus costillas como si quisiera salir.
—Dante…
—No tienes que decir nada —lo interrumpió Dante, volviendo a abrir el libro, aunque sus ojos no se posaron en ninguna línea—. Sé que es pronto. Sé que puede ser confuso. Pero no quiero ocultártelo.
Aquella noche ninguno de los dos logró leer ni una sola página. El silencio entre ellos ya no era vacío; estaba lleno de algo cálido, creciente, inevitable. Ambos entendían, con una certeza que no necesitaba palabras, que algo había cambiado para siempre. El peligro seguía ahí, acechando fuera de los muros… pero ya no importaba tanto. Porque lo que nacía entre ellos era más fuerte que cualquier amenaza.