Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 1
Pov. Gala Ponce
El dolor es lo primero que registra mi conciencia. Pero no es el dolor agónico y desgarrador de las ruedas del coche aplastando mis costillas, ni el frío del asfalto manchado de mi propia sangre. Es un dolor sordo, una pesadez muscular, la resaca de un sueño profundo, y una punzada en la sien que me resulta... familiar.
Abro los ojos y la luz mortecina de una lámpara de mesa me golpea. Parpadeo, tratando de enfocarme. La textura del techo, el patrón de las cortinas, el olor a limpio y a madera cara... No puede ser.
Esto es... Este es el cuarto del hotel Majestic, hace diez años.
El aire se me escapa de los pulmones como si hubiera recibido un golpe en el estómago. Con una lentitud deliberada, giro la cabeza, temiendo lo que voy a encontrar, pero también sabiéndolo con certeza.
Allí está. Dormido. Su rostro, incluso en la quietud del sueño, conserva esa dureza esculpida, esa frialdad que tanto me aterrorizó en mi vida anterior. Boris Ricci. El magnate, el hombre de hielo, el que sería mi verdugo y, para mi sorpresa final, mi única voz en el silencio de mi muerte.
El horror debería invadirme, pero solo siento una calma helada. He vuelto. He renacido en el peor día de mi primera vida. En el día que lo inició todo: la farsa, el matrimonio forzado, el encierro, el desprecio... y la muerte.
No. Esta vez no.
Soy Gala Ponce. O mejor dicho, la Gala Ponce que fui. La huérfana encontrada, la heredera que regresó a un nido de víboras disfrazado de familia, la ingenua que creyó en la sonrisa falsa de su sustituta. Esta vez, conozco el tablero y las piezas. Y sé quién es mi verdadero enemigo.
Elia. Su nombre resuena en mi mente como una maldición. Ella, la que ocupó mi lugar, la que tejió una red de mentiras para hacerme la villana, para robarme todo, hasta la esperanza de ser querida. Me convenció de que Boris era un monstruo. Me presentó a su "amigo" fiel, que resultó ser el más vil de los traidores.
Y ahora, en este cuarto, la trampa está a punto de activarse. En mi vida anterior, desperté a su lado, confundida y aterrorizada. Boris me vio, su mirada se llenó de desprecio al pensar que yo había orquestado aquella farsa para forzarlo al matrimonio. Los reporteros entraron, las fotos salieron, y el infierno comenzó.
Pero en el Majestic, hay un lugar que pocos conocen. Un compartimento secreto en el vestidor, diseñado para la seguridad de los huéspedes más pudientes. En mi primera vida, lo descubrí demasiado tarde, cuando ya no servía de nada. Hoy, será mi salvación.
Me levanto de la cama con la rapidez de un animal acosado. Apenas si el colchón se hunde, mis movimientos son sigilosos y precisos. Busco mi ropa, la que llevaba puesta la noche anterior, y me visto a toda prisa. Cojo mi bolso pequeño, mi teléfono. Miro a Boris, que sigue profundamente dormido, ajeno al torbellino de mi mente.
Con el corazón latiéndome en la garganta, me deslizo hacia el vestidor. Allí, en el fondo, hay un panel que parece parte de la pared. Presiono el mecanismo oculto y la puerta se abre sin hacer ruido. El espacio es pequeño, apenas un hueco para una persona y algunas maletas, pero tiene un ojo de búho. Una rendija diminuta desde la que se ve toda la habitación. Es perfecto.
Antes de meterme, tengo que borrar mis huellas. Es una precaución. Saco mi teléfono y, con dedos que tiemblan ligeramente, accedo a una aplicación que solo yo conozco. Soy buena en esto, muy buena. En mi otra vida, esta habilidad fue mi único refugio. Ahora la uso como un arma. En segundos, he hackeado el sistema de cámaras del hotel. Borro los registros de mi entrada. La cámara del pasillo solo mostrará a Boris llegando solo y saliendo solo. No habrá pruebas de que yo estuve aquí. No habrá fotos de un escándalo.
Guardo el teléfono y me meto dentro, cerrando el panel justo cuando escucho los primeros pasos en el pasillo.
Desde la oscuridad de mi escondite, contengo la respiración. La puerta de la habitación se abre de golpe. Un tropel de personas irrumpe: reporteros con sus cámaras, sus caras hambrientas de escándalo.
Boris se despierta sobresaltado. Su rostro, al ver a la prensa, se torna una máscara de furia. Su mirada se desliza hacia el lado vacío de la cama. Por un instante, veo una chispa de confusión en sus ojos. No sabe con quién se acostó. Yo me aseguré de que no lo supiera en mi primera vida, cuando me petrifiqué de miedo. Ahora, la duda se convierte en desconcierto.
—¿Qué significa esto? —su voz es un rugido contenido.
Los reporteros balbucean, esperando encontrar a la "mujerzuela", a la "degenerada que se ha acostado con el CEO de los Ricci". Entonces, veo cómo la escena se llena de más caras conocidas. Su hermano, Adriano, con una sonrisa mal disimulada. Su cuñada, Lucía, fingiendo consternación. Y mis padres... mis pobres padres, con el rostro desencajado, creyendo que su hija recién encontrada ha manchado el nombre de la familia.
Y detrás de ellos, pálida, con una mueca de confusión mal contenida, está Elia. La actriz principal de esta obra de teatro macabra.
—¿Dónde está ella? —pregunta mi padre, la voz quebrada.
La búsqueda es frenética. Revisan el baño, el armario, debajo de la cama. Todos buscan a la supuesta amante, a la heredera descarriada.
Pero no hay nadie. Absolutamente nadie.
Boris se levanta de la cama, con la sábana envuelta a la cintura, su mirada de acero barriendo la estancia. La furia se ha convertido en un desprecio glacial.
—Ya han visto lo suficiente —dice, su voz cortante como un cuchillo—. Anoche estuve solo. Tomé algo y me quedé a descansar. ¿Eso está prohibido? ¿O acaso entrar en mi habitación sin permiso ya no es un delito? Fuera. Todos. Ahora.
La autoridad en su voz es inapelable. Los reporteros se retiran, frustrados, sin su titular bomba. Adriano y Lucía salen con el ceño fruncido, su plan de desacreditarlo ha fracasado. Mis padres se van, con lágrimas en los ojos, avergonzados por haber creído en los mensajes anónimos que los llevaron hasta allí.
Y Elia... la veo quedarse un segundo más. Su rostro ha palidecido por completo. El escenario estaba montado, el elenco listo... pero la actriz principal, la payasa que ella misma había puesto sobre el tablero, no está. Y eso, para ella, es un desastre.
Cuando la puerta se cierra, dejando a Boris solo con su confusión y su ira, yo me permito exhalar. Un suspiro tembloroso, liberador.
He cambiado el guión.
Desde la oscuridad de mi escondite, observo a Boris. El hombre que me odiaba, que me encerró, que fue mi carcelero y, al final, el único que lloró mi muerte y buscó mi justicia. Aún no sé qué haré con él. No sé si podré olvidar los diez años de infierno que me esperaban a su lado en mi otra vida.
Pero una cosa sí la tengo clara: ya no soy la presa. Esta noche, he reescrito la historia. Y apenas estoy empezando.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia