Kristen Whittaker y Dante Macade se conocen desde que tenían seis años. Se han odiado desde entonces. Un odio a primera vista que, con los años, solo se ha vuelto más divertido… y mucho más peligroso.
Porque Dante sabe exactamente qué decir para hacerla enfurecer, y Kristen sabe perfectamente cómo devolverle el golpe. Han crecido peleando, provocándose y jurando que jamás sentirían nada diferente el uno por el otro.
Hasta que una noche, algo entre ellos cambia.
Algo que ninguno de los dos esperaba. Algo que ambos creyeron que podían olvidar.
Pero no todo se olvida tan fácilmente.
Ahora Kristen tendrá que decidir si confía en Dante lo suficiente para descubrir qué significa realmente lo ocurrido entre ellos.
Porque quizá aquella noche no cambió solo su relación.
Quizá cambió todo.
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KRISTEN WHITAKER
Siempre supe que este día llegaría, aunque jamás pensé que sería tan intenso y agotador.
Mi último año de preparatoria fue difícil, porque no solamente tenía que ocuparme de no reprobar ninguna materia, sino también de estudiar para el examen de admisión a la universidad de medicina.
Recuerdo las veces que mi tía Carol llamó a casa para contarnos que mi primo Jack estaba estudiando de lunes a lunes, consumido entre la preparatoria y la preparación para el examen de admisión. También recuerdo haber pensado que exageraba, tal como solía hacerlo con las cosas más simples. Porque así era ella, una mujer con un corazón enorme, pero con una habilidad única para convertir hasta las situaciones más insignificantes en problemas mucho mayores de lo que realmente eran.
Yo siempre creí que para mí sería sencillo. Siempre fui aplicada en mis estudios, nunca reprobé una sola asignatura y jamás presenté tarde un trabajo. Aun así, fue difícil.
Durante los últimos meses del ciclo lectivo comencé a prepararme para la universidad. Miré las opciones que tenía más cerca de casa. Había una que era mi preferida, pero también tenía que considerar otras alternativas por si aquella no me admitía, y era una posibilidad bastante real. Cada año, miles de estudiantes como yo solicitaban un lugar y muchos no conseguían ser admitidos.
Pasé semanas entre libros y carpetas, casi sin salir de casa y con los nervios a flor de piel. Curiosamente, fue también un período bastante tranquilo, porque mi insoportable vecino, aquel que desde mis seis años había atormentado mi existencia, estaba demasiado ocupado pensando en su propio futuro como para encontrar nuevas maneras de molestarme fuera de clases.
Mis padres y los suyos eran amigos desde hacía doce años, desde que los McCade se mudaron a la que había sido la casa de los Montecarlo. Primero nuestras madres se hicieron amigas, después nuestros padres se volvieron inseparables y, de alguna manera, nosotros terminamos compartiendo buena parte de nuestra infancia y adolescencia. Más tarde, nuestros padres decidieron trabajar juntos en un campo, por lo que los fines de semana también se convirtieron en otra oportunidad para que Dante invadiera mi vida.
Los McCade siempre fueron buenas personas. Trabajadores, de clase media como mis padres, siempre dispuestos a ayudar y con una sonrisa amable en el rostro. Yo jamás entendí cómo ellos, siendo tan buenos e inteligentes, podían tener un hijo tan insoportable y estúpido como Dante.
Pero, volviendo a lo que estaba contando, finalmente terminé mis estudios.
Hice el examen de admisión y comenzó la espera de las cartas que eventualmente llegarían de las universidades. Fue terrible, agotador y demasiado largo. Recuerdo haber revisado el buzón todos los días, esperando encontrar alguno de aquellos sobres que podían decidir mi futuro.
Hasta que llegó el de la universidad que quería.
Fui admitida.
Lloré abrazando a mi madre y después a mi padre. Sería la primera vez que abandonaría la ciudad y también la primera en que no volvería a casa durante largos períodos de tiempo. Me aterraba la idea de estar lejos de ellos, pero sabía que aquello formaba parte de crecer y que tenía que prepararme para mi futuro.
Además, Dante probablemente había aceptado una beca deportiva en una universidad a quinientos kilómetros de casa.
Perfecto.
El problema apareció después. Los apartamentos del campus estaban llenos y, para mis padres, que pertenecían a la clase media, sería demasiado costoso pagar un apartamento para mí sola junto con todos los gastos que implicaba vivir lejos de casa.
Ellos prometieron que lo solucionarían y así fue.
Una semana más tarde me dieron la noticia que tanto había esperado.
--Conseguimos un apartamento cerca de la universidad --me dijo mi padre-- Es pequeño y tiene dos habitaciones
Lo miré con cierta sorpresa.
--¿Dos?
--Tendrás que compartirlo con alguien que pagará la mitad de los gastos. Está todo solucionado
--Perfecto-- Respondí, aceptándolo feliz
En aquel momento, compartir el apartamento con una desconocida me parecía un pequeño precio que pagar a cambio de poder estudiar en la universidad que había elegido.
Entonces empecé a empacar mi ropa, mis libros de estudio y todo lo que consideré importante llevar conmigo. Lo hice con una sonrisa temblorosa, un nudo en la garganta y los ojos llorosos, porque jamás me había alejado de mis padres, pero aquello también formaba parte de la vida, de crecer y de prepararme para mi futuro. Tenía que hacerlo.
Poco después, un viernes por la mañana, emprendimos el viaje hacia la universidad, ubicada a doscientos kilómetros de casa. Durante el trayecto leí la carta de admisión varias veces, temiendo que el resultado cambiara porque todavía me parecía irreal.
Mi madre, desde el asiento delantero, se secaba discretamente las lágrimas y de vez en cuando extendía una mano hacia mí para darme consuelo, aunque sospechaba que también buscaba encontrarlo ella misma.
Hasta que llegamos.
La ciudad era más grande que la nuestra, con edificios altos, calles anchas, gente caminando apresurada en todas las direcciones y un movimiento constante al que no estaba acostumbrada. Era diferente a todo lo que conocía y, a partir de ese momento, también sería mi nuevo hogar durante los próximos cinco años.
Papá aparcó frente al apartamento y comenzamos a bajar mis cosas. Yo llevaba una maleta en una mano y una mochila colgada del brazo, mientras mis padres cargaban una caja cada uno. Subimos los tres pisos hasta mi nuevo apartamento y entramos. Estaba vacío, lo que significaba que podía elegir mi propia habitación.
Perfecto.
Cuando terminamos de bajar mis cosas, ellos me ayudaron a trasladarlas hasta la habitación que elegí, la más cercana al baño. Luego compramos algunas cosas y después llegó el momento de despedirnos.
Me senté en el sofá de dos cuerpos y suspiré mientras contemplaba el pequeño apartamento que, aunque todavía se sentía extraño y ajeno, sería mi hogar durante los próximos años.
Comencé a ordenar. Comí unos sándwiches que mi madre había preparado para la cena y, después de tender la cama, me acosté completamente exhausta.
El sábado por la mañana terminé de ordenar la mayoría de mis cosas y, por la tarde, fui al supermercado para empezar a abastecer la alacena y el refrigerador. El domingo me dediqué a terminar de instalarme, acomodando los últimos libros, organizando mi ropa y tratando de darle un poco de vida a aquel lugar que todavía parecía demasiado vacío.
Entonces llegó el lunes.
Fui nuevamente al supermercado y, cuando regresé al apartamento con las bolsas en las manos, escuché voces en el interior.
El problema fue que podría haber reconocido aquellas voces en cualquier parte.
--Estás imaginando cosas. No pueden ser los McCade-- me dije a mí misma, intentando convencerme de que estaba equivocada
Abrí la puerta con mi mejor sonrisa, preparada para conocer finalmente a mi compañera de apartamento.
La sonrisa se me borró en cuanto las tres personas que estaban en la sala se volvieron hacia mí.
Él me miró y sonrió.
Era esa sonrisa cínica que siempre me ponía los pelos de punta, la misma que anunciaba que estaba a punto de hacer algo para molestarme más de lo debido. Aquella que había utilizado para atormentarme durante doce años enteros.
Dante McCade.
--¡No puede ser!-- grité, sin poder contenerme
Él soltó una pequeña carcajada antes de acercarse algunos pasos.
--¿No vas a darme la bienvenida, compañera?
--¿La bienvenida? Tiene que haber un error
--Kristy...-- su madre se acercó a mí con una sonrisa conciliadora-- Pensamos que sería lo mejor que ustedes dos vivieran juntos. No nos sentimos seguros de que él viviera con desconocidos y, como irán a la misma universidad, pensamos que sería una buena solución
La miré sin saber qué responder. Después volví los ojos hacia Dante, que seguía observándome con aquella expresión divertida que conocía demasiado bien.
Entonces lo supe.
La paz se había terminado.
Había pasado los últimos meses imaginando mi nueva vida, lejos de mis padres, de mi ciudad y, sobre todo, lejos de Dante McCade. Había creído que finalmente tendría la oportunidad de empezar de cero, de convertirme en la mujer que quería ser y dejar atrás todos aquellos años de discusiones, provocaciones y pequeñas guerras que habían comenzado cuando apenas teníamos seis años.
Pero allí estaba él.
En mi apartamento.
En mi nueva universidad.
Y, por si aquello no fuera suficiente, iba a vivir conmigo.
Vivir al lado de Dante había sido un castigo durante más de una década.
Vivir con él sería otro nivel de infierno.
Tal vez piensen que exagero al decir que Dante fue mi tormento, mi peor pesadilla durante tantos años. Y quizá tengan razón, pero para entender por qué llegué a sentir algo así por él, primero tengo que volver en el tiempo y contarles cómo comenzó todo. Cómo comenzó nuestra historia.
saluditos...
Gracias autora por compartir tu talento con nosotros 🙏👏