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Cicatrices Eternas

Cicatrices Eternas

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio / Amor prohibido
Popularitas:483
Nilai: 5
nombre de autor: Barroso

Elishabet creció convencida de que el amor no estaba hecho para ella. Hija no deseada de unos padres que siempre soñaron con un varón, aprendió desde niña a vivir entre silencios, desprecios y una dolorosa sensación de no pertenecer. Pero todo cambia cuando, a los quince años, sus padres adoptan a un joven de un orfanato y le entregan a él el lugar que ella nunca consiguió ocupar. Para Elishabet, su llegada representa una nueva traición. Para él, aquella casa es la promesa de una familia al fin encontrada. Ninguno de los dos eligió el papel que le tocó interpretar, pero ambos quedarán atrapados en una historia marcada por el resentimiento, la culpa y unos sentimientos cada vez más difíciles de ignorar. Mientras intenta descubrir quién es realmente y qué lugar ocupa en su propia vida, Elishabet comenzará a sospechar que la llegada de aquel joven no fue una simple casualidad. Y cuando el pasado revele sus secretos, comprenderá que algunas verdades pueden cambiarlo todo.

NovelToon tiene autorización de Barroso para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: Un lugar en la mesa

Los días siguientes fueron extraños.

No porque Adrián hiciera algo para incomodarla.

Precisamente ese era el problema.

Era demasiado fácil convivir con él.

No exigía nada.

No se quejaba.

No hablaba demasiado.

Y, sobre todo, parecía hacer todo lo posible para no molestar.

Elishabet había esperado que llegara alguien arrogante, alguien que disfrutara de la atención que sus padres le estaban dando.

Pero Adrián no era así.

Y eso hacía que fuera más difícil odiarlo.

Cada mañana, Elena preparaba el desayuno para los dos.

—Adrián, ¿quieres café o chocolate?

—Café está bien.

—¿Con leche?

—Sí, gracias.

Después miraba a Elishabet.

—¿Tú quieres algo?

Elishabet se quedaba unos segundos en silencio.

—Lo que haya.

Elena continuaba con sus cosas.

Era una pregunta sencilla.

Pero Elishabet no podía evitar compararla con todo lo que había ocurrido desde la llegada de Adrián.

Antes, nadie preguntaba.

Ahora preguntaban.

A él.

Ella simplemente estaba allí.

Una mañana, mientras desayunaban, Gabriel dejó una carpeta junto al plato de Adrián.

—Aquí tienes los documentos para la escuela.

Adrián los tomó.

—Gracias.

—También he hablado con el director. Si tienes algún problema, puedes acudir a mí.

Elishabet levantó la mirada.

Recordaba perfectamente el primer día que ella había tenido un problema en la escuela.

Había llamado a Gabriel.

Él le había respondido:

*«Aprende a solucionarlo sola.»*

Quizá por eso sintió aquella punzada de rabia.

—Qué suerte tienes —murmuró.

Adrián la miró.

—¿Qué?

—Nada.

Gabriel la observó.

—Si tienes algo que decir, dilo.

Elishabet sonrió.

—No hace falta.

Se levantó.

—¿Ya terminaste? —preguntó Elena.

—Sí.

—Pero apenas has comido.

—No tengo hambre.

Subió a su habitación.

Cerró la puerta.

Y se quedó apoyada contra ella.

No quería llorar.

No por eso.

No delante de ellos.

---

Adrián comenzó a asistir a su misma escuela esa semana.

Aquello fue peor.

No porque ella tuviera que compartir clases con él.

Sino porque todo el mundo quería conocerlo.

En menos de dos días, medio instituto sabía que era nuevo.

Y también sabían que vivía con los padres de Elishabet.

—¿Es tu hermano? —le preguntó una compañera.

Elishabet se quedó quieta.

—No.

—Pero vive contigo.

—Sí.

—Entonces, ¿qué es?

Elishabet no respondió.

No sabía qué decir.

Desde el fondo del pasillo, Adrián la observaba.

Había escuchado la conversación.

Cuando la chica se marchó, se acercó.

—No tienes que explicarle nada a nadie.

—No te estaba explicando nada.

—Ya lo sé.

—Entonces déjame.

Adrián asintió.

—Está bien.

Se marchó.

Elishabet lo vio alejarse.

Algo dentro de ella se sintió culpable.

Pero no lo suficiente como para llamarlo.

---

Al salir de clase, encontró a Adrián esperando junto a la puerta.

—¿Qué haces?

—Esperarte.

—¿Por qué?

—Gabriel dijo que volviéramos juntos.

Elishabet suspiró.

—Puedes irte.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si vuelvo solo y llego después que tú, seguramente pensará que hice algo.

Elishabet lo miró.

—¿Te importa tanto lo que piense?

—No quiero decepcionarlo.

La respuesta le molestó.

—Pues yo llevo quince años decepcionándolo.

Adrián se quedó callado.

Elishabet comenzó a caminar.

—No era una crítica hacia ti —dijo él.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué estás enfadada?

—Porque no puedo evitarlo.

Adrián caminó unos pasos detrás de ella.

—¿Conmigo?

Elishabet se detuvo.

—No.

—¿Con tus padres?

—Sí.

—Entonces no tienes que enfadarte conmigo.

Ella lo miró.

—Es fácil decirlo cuando no eres tú quien ha perdido su lugar.

Adrián bajó la mirada.

—Quizá sí lo entiendo.

Elishabet frunció el ceño.

—No puedes entenderlo.

—¿Por qué?

—Porque tú has sido elegido.

Adrián levantó los ojos.

—Y tú has sido su hija.

—¿Y?

—Que ninguna de las dos cosas garantiza que alguien te quiera como necesitas.

Elishabet se quedó sin respuesta.

Adrián siguió caminando.

Esta vez fue ella quien lo siguió.

---

Esa noche, Elishabet encontró a Adrián en la biblioteca.

Estaba mirando una fotografía.

—¿Es tu madre?

Adrián levantó la cabeza.

—Sí.

Elishabet se acercó.

La fotografía estaba gastada.

Una mujer joven sonreía frente a una casa.

A su lado estaba un hombre.

El rostro de él estaba parcialmente oculto por la sombra.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Mi madre nunca me habló de él.

Elishabet observó la fotografía.

—¿No tienes más?

—Esta es la única que tengo.

Adrián la guardó cuidadosamente.

—¿Cómo murió tu madre?

—Me dijeron que fue una enfermedad.

—¿Y tú lo crees?

Adrián tardó en contestar.

—No sé qué creer.

Elishabet se sentó frente a él.

—¿Por qué?

—Porque hay demasiadas cosas que no encajan.

—¿Como cuáles?

Adrián sacó una carpeta.

Dentro había varios documentos.

—Mi expediente del orfanato.

Elishabet lo miró.

—¿Qué pasa con él?

—Hay partes que están tachadas.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Adrián señaló una página.

—Mira la fecha.

Elishabet la leyó.

**17 de octubre.**

—¿Qué tiene de raro?

—Yo tenía ocho años.

—¿Y?

—Mi madre todavía estaba viva.

Elishabet levantó la mirada.

—¿Entonces?

—Según este documento, ella ya había muerto.

El silencio fue inmediato.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Adrián pasó otra página.

—Hay otra cosa.

Una línea estaba cubierta con tinta negra.

Pero debajo todavía podían distinguirse algunas palabras.

**Identidad del padre...**

El resto era ilegible.

Elishabet miró a Adrián.

—¿Nunca intentaste averiguarlo?

—Muchas veces.

—¿Y?

—Siempre me dijeron que no había información.

—Quizá sí la haya.

Adrián la miró.

—¿Por qué dices eso?

—Porque alguien se tomó la molestia de ocultarla.

Adrián permaneció en silencio.

Después sonrió ligeramente.

—Eres buena investigando.

Elishabet negó con la cabeza.

—Solo me gusta encontrar cosas que la gente intenta esconder.

La sonrisa de Adrián desapareció.

—Entonces quizá deberíamos hacerlo juntos.

Elishabet lo miró.

Por primera vez no sintió rabia.

Tampoco cariño.

Solo curiosidad.

—Quizá.

---

Más tarde, cuando Elishabet se dirigía a su habitación, escuchó voces en el despacho de Gabriel.

Se detuvo.

La puerta estaba entreabierta.

—No puedo seguir esperando —decía Adrián.

Elishabet reconoció su voz.

Gabriel respondió en tono bajo.

—No es el momento.

—Quiero saber la verdad.

—Hay cosas que todavía no puedo decirte.

—¿Por qué?

Silencio.

—Porque tu madre me pidió que te protegiera.

Elishabet se quedó inmóvil.

Adrián preguntó:

—¿De quién?

Gabriel no respondió.

—¿Quién era ese hombre?

Elishabet sintió un escalofrío.

—No lo sé.

—Tú lo conocías.

Silencio.

Después Gabriel dijo:

—No vuelvas a preguntarme por esto.

Elishabet retrocedió antes de que pudieran descubrirla.

Entró en su habitación y cerró la puerta.

Se quedó sentada sobre la cama.

No podía dejar de pensar en aquella conversación.

Gabriel sabía algo.

Algo relacionado con Adrián.

Y quizá también con su madre.

Pero había otra cosa que la inquietaba.

Por primera vez desde que Adrián había llegado, Elishabet no pensaba en él como el chico que le había quitado su lugar.

Pensaba en él como alguien que, igual que ella, había crecido sin respuestas.

Alguien que tampoco sabía dónde pertenecía.

Y quizá esa era la razón por la que, sin darse cuenta, empezaban a entenderse.

No porque fueran familia.

Sino porque ambos sabían lo que significaba sentirse solos dentro de una casa llena de personas.

Y mientras Elishabet apagaba la luz, no sabía que al otro lado de la pared Adrián seguía despierto.

Miraba nuevamente la fotografía de su madre.

Había algo en ella que nunca había notado.

En el fondo de la imagen, casi oculto detrás de una ventana, aparecía un hombre.

No era Daniel.

Era otro.

Y en su mano llevaba un pequeño sobre.

En el reverso de la fotografía había una palabra escrita.

**Gabriel.**

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Isabel Sandoval
Es bueno, sigue actualizando por fa/Sob//Smile/
Isabel Sandoval: lo haré /Sneer//Smile/
total 2 replies
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