Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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PRÓLOGO
La primera vez que nací, me pusieron Eiden Marín Vidal.
La segunda vez que nací, me puse E.C. Vane.
Nadie conoce a Eiden. Todo el mundo conoce a Vane. Durante cinco años fui el escritor anónimo más leído de novelas BL . Millonario a los veinticuatro, invisible por decisión propia. Mis lectores imaginaban mis manos, mi voz, mi rostro. Yo les daba todo, excepto mi piel.
Mi piel nunca fue un tema negociable.
Nací con vitíligo. No el que sale en las fotos bonitas de las campañas inclusivas. El mío es un mapa. Manchas blancas que me recorren el cuello, el pecho, las costillas, las rodillas. Como si alguien hubiera derramado cloro sobre mí y se hubiera olvidado de limpiar. En la cara, no. En la cara solo tengo pecas. Cientos de pecas que mi abuelo Esteban decía que eran constelaciones. Por eso dejé que mi cara se viera pecosa en las pocas fotos que me tomaba de espaldas, de cuello. Pero el resto, no. El resto siempre fue mío.
Aprendí a vivir cubierto. Camisetas largas incluso en verano. Ansiedad social diagnosticada a los dieciséis. Terapia, respiraciones, pastillas que no siempre tomaba. Escribir era mi forma de respirar sin que nadie me mirara.
Hasta que una reportera de espectáculos filtró mi CURP, mi dirección y una foto mía saliendo de mi terapia.
"SE REVELA EL ROSTRO DE E.C. VANE: EL ESCRITOR MILLONARIO DE BL QUE ENGAÑÓ A SUS FANS", decía el titular.
En cuarenta y ocho horas pasé de ser un mito a ser un meme. Editaron mi vitíligo. Hicieron chistes con mis pecas. Dijeron que me había inventado mi enfermedad para vender libros. Dejé de escribir. No podía. Cada vez que abría el documento en blanco, escuchaba los comentarios.
Mi editora me dijo: "Descansa un mes". Mi psicóloga me dijo: "Busca un lugar seguro". Mi abuelo Esteban, antes de morir el año pasado, me había dejado solo una cosa en su testamento: una casa de madera en Punta Cocos, el último rincón virgen de Isla Holbox, Quintana Roo. Sin señal. Sin gente. Sin espejos que no fueran el mar.
Tomé un vuelo a Cancún, un autobús a Chiquilá y una lancha que me dejó en una playa donde el agua brillaba de azul en la noche. Bioluminiscencia, le llaman. Yo le llamé perdón.
La casa estaba intacta. Y no estaba sola.
Gael Canul estaba sentado en el porche, arreglando una red. Veintinueve años, moreno, pelo negro corto y ondulado por la sal, hombros anchos de pescador, un collar con una concha que su madre le dio. Era el nieto de Don Chepe, el mejor amigo de mi abuelo. El que había cuidado la casa durante diez años sin cobrar un peso.
Me miró y no me reconoció como Vane. Me reconoció como el nieto de Esteban.
"Tardaste", me dijo.
No me preguntó por mi piel. No me preguntó por mi pelo rojo largo y mojado. No me preguntó por qué tenía una camiseta blanca pegada al cuerpo. Solo me extendió la mano y me ayudó a bajar la maleta.
Esa noche, por primera vez en meses, me metí al mar. El agua estaba fría y brillaba a cada paso que daba. Gael se metió detrás de mí, sin decir nada. Me abrazó por la espalda para que no me cayera. Y sentí, por primera vez, que mi mapa no tenía que esconderse.
No sabía que me iba a enamorar de él. No sabía que él iba a aprender a leer cada mancha de mi piel como si fueran coordenadas para volver a casa.
Solo sabía que, por fin, había dejado de huir.