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EL GLACIAR Y LA SALSA

EL GLACIAR Y LA SALSA

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Romance de oficina / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL PESO DEL PROTOCOLO Y EL SABOR DE LA CALLE

​El encuentro en el pasillo había dejado a Ariadna Riquelme con una sensación extraña, una ligera vibración en su sistema que no lograba calibrar. De vuelta en su oficina, el silencio habitual parecía ahora opresivo. Intentó concentrarse en una videoconferencia con los inversores de Nueva York, pero por primera vez en años, su mente divagó. La imagen del técnico, su sonrisa deslumbrante y el aroma a frescura y colonia barata, se colaba entre las gráficas de crecimiento y los márgenes de beneficio.

​«Una hora», se repitió, intentando recuperar el control. «En una hora, ese hombre y su música desaparecerán de mi piso, y el orden será restaurado».

​Pero la hora pasó, y el ritmo de la Fania All-Stars, aunque más bajo, seguía filtrándose por las paredes como un pulso subterráneo. Y lo que era peor, el aire acondicionado, que había sido un problema crónico durante meses, funcionaba ahora con una eficiencia silenciosa y deliciosa.

​Ariadna, incapaz de resistir más la intrusión, salió de su oficina. Al llegar al panel de mantenimiento, el pasillo estaba vacío. Jonh ya no estaba allí. Solo quedaba una nota manuscrita, pegada con cinta adhesiva en la pared: «Misión cumplida, Jefa. El aire está listo para congelar el café. ;) - Jonh».

​Ariadna arrugó la nota con fuerza y la tiró a la papelera más cercana. «Insolente».

​Mientras tanto, a veinte pisos de distancia, en el área de descanso del personal técnico, Jonathan "Jonh" Guedez se secaba el sudor de la frente. Había sido una mañana intensa, no solo por el trabajo físico, sino por el impacto de la CEO. A pesar de su frialdad, o quizás a causa de ella, Ariadna le había despertado una curiosidad inmensa. Había visto algo detrás de esa mirada glacial, un destello de vulnerabilidad que le intrigaba.

​—¡Ese fue un buen truco, Músculo de Oro! —dijo Roberto, un compañero de mantenimiento, dándole una palmada en la espalda—. Enfrentar a la "Reina de Hielo" y salir vivo para contarlo. ¡Te van a dar un aumento o te van a despedir mañana mismo!

​Jonh soltó una carcajada grave.

​—Ni lo uno ni lo otro, hermano. La jefa solo necesita un poco de ritmo en su vida. Y un buen aire acondicionado, claro.

​Para Jonh, el día continuó con su rutina habitual: reparaciones, bromas con los compañeros, y música a todo volumen en su taller (donde las reglas de Ariadna no llegaban). Era un hombre incorruptible en su alegría, convencido de que una buena actitud era la herramienta más importante de su caja. No entendía de jerarquías cuando se trataba de repartir buena energía, y su objetivo para el día, como para todos los días, era hacer sonreír a al menos tres personas. Con el incidente de la CEO, sentía que había cumplido su cuota con creces.

​La hora de la comida llegó. Ariadna, fiel a su perfeccionismo, solía saltársela o comer una ensalada insípida en su escritorio. Pero hoy, el silencio de la oficina se le antojó insoportable. Bajó al comedor ejecutivo, un espacio aséptico donde los altos directivos discutían fusiones y adquisiciones entre platos gourmet.

​Mientras comía su salmón a la plancha, vio a lo lejos a Daniela Padrón, sentada en una mesa con varios empleados de rango medio. Estaban riendo a carcajadas, disfrutando de un ambiente relajado y vibrante que contrastaba con la rigidez del resto del comedor. Y en el centro de la atención, una vez más, estaba Jonh.

​El técnico estaba contando una historia animada, gesticulando con las manos, imitando voces y haciendo reír a todos a su alrededor. Estaba comiendo una arepa que, por su aroma, no procedía de la cocina del corporativo. Ariadna observó, fascinada y horrorizada a la vez, cómo el carisma de Jonh borraba las líneas corporativas. Vio a gerentes de cuenta, analistas financieros y asistentes administrativos, todos unidos por la risa y la buena energía de un simple técnico de mantenimiento.

​«Es un virus», pensó Ariadna, sintiendo una punzada de envidia. «Un virus de alegría que infecta todo lo que toca».

​Por un segundo, solo por un segundo, deseó poder levantarse, caminar hacia esa mesa y pedir una arepa. Deseó poder reír así, sin preocuparse por el protocolo, por la imagen, por el qué dirán. Pero el peso de la coraza, forjada durante años de traición y decepción, era demasiado fuerte. Apartó la vista de la escena, su expresión volviendo a la frialdad habitual, y terminó su almuerzo en silencio.

​La tarde transcurrió sin incidentes. El aire acondicionado funcionaba a la perfección, un recordatorio constante del intruso. Ariadna se sumergió en su trabajo, intentando olvidar la vibración que había sentido.

​A las 6:00 PM, el edificio comenzó a vaciarse. Ariadna, como de costumbre, fue la última en irse. Al salir del ascensor en el garaje subterráneo, vio una escena que la detuvo en seco.

​En la esquina, bajo la luz tenue de una farola, estaba Jonh. Había abierto el maletero de su coche, un viejo sedán americano, y estaba tocando la guitarra acústica. No era salsa esta vez, sino una ranchera nostálgica y desgarradora. Junto a él, Donato, su padre, un hombre mayor con un bigote tupido y una gorra desteñida, estaba sentado en una caja de herramientas, acompañándolo con unas maracas improvisadas. Ambos cantaban con una pasión y una melancolía que resonaban en el garaje vacío.

​Ariadna se quedó inmóvil en las sombras. El contraste era brutal: la elegancia de su traje sastre, la frialdad de su soledad, frente a la calidez de esa escena familiar, cruda y llena de vida. Observó cómo el padre y el hijo compartían una mirada cómplice, una sonrisa compartida que hablaba de años de afecto y complicidad. Vio las manos callosas del padre, curtidas por el trabajo duro, y la complexión de gladiador del hijo, suavizada por la música.

​Por primera vez en su vida, Ariadna no sintió irritación. No sintió desdén. Sintió un anhelo profundo, un dolor sordo en el pecho. Un deseo desesperado de pertenecer a algo así, de ser parte de una familia que, a pesar de no tener nada, lo tenía todo.

​El padre y el hijo terminaron la canción. Donato aplaudió con entusiasmo y le dio un abrazo a Jonh.

​—¡Eso fue bueno, hijo! ¡Eso cura el alma!

​Jonh sonrió, una sonrisa que no era deslumbrante, sino tierna y melancólica.

​Ariadna dio un paso atrás, sus tacones resonando en el suelo de hormigón. El sonido alertó a los dos hombres. Jonh levantó la vista y vio a la CEO. Su expresión de sorpresa se transformó rápidamente en una mueca de diversión, pero esta vez, había algo más en su mirada. Una comprensión silenciosa.

​Ariadna, con el corazón latiéndole con fuerza, bajó la mirada y caminó hacia su coche, un Mercedes negro blindado. Abrió la puerta, entró y se alejó del garaje, dejando atrás la ranchera y el calor de esa familia. Pero mientras conducía hacia su apartamento vacío, la vibración en su sistema era más fuerte que nunca. El Glaciar empezaba, imperceptiblemente, a derretirse.

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