Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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Una pelea de chicos
A la mañana siguiente, Sara se levantó antes que nadie. Se vistió con el uniforme, se miró al espejo y no reconoció a la chica que le devolvía la mirada. Demasiado joven. Demasiado entera. Sin cicatrices.
Bajó a la cocina. Su madre friendo huevos. Su padre leyendo el periódico.
—¿A dónde vas?
—A la escuela.
—Pero el médico dijo...
—Mamá, ya me siento bien. Lo de ayer fue porque no había desayunado. Pero debo presentar exámenes. No quiero retrasarme. Te prometo que el fin de semana no saldré de la cama.
Su padre bajó el periódico.
—Bueno, Sara. Tú conoces los límites de tu cuerpo. Pero no te expongas.
—Gracias, papá.
Sara se echó la mochila al hombro. Rosa pálido. Con el llavero del gato. La miró de reojo. Pasé por esa etapa, pensó. La obsesión por el rosa. Debo comprarme una con más carácter.
Cuando llegó a la escuela, Carmen la recibió con un abrazo que casi la derriba.
—¡Sara! ¿Ya estás mejor?
Carmen era así. Alegre, vivaz, contagiosa. Como un sol pequeño que no sabía que el mundo podía ser oscuro. Si no hubiera muerto tan temprano, habrían luchado codo a codo contra el tirano.
—Sí, gracias. Inyección, medicamentos. Ya estoy bien.
De repente, un grito cortó el aire del patio.
—¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!
Un grupo de alumnos corrió hacia el lateral del edificio.
—Ay, no —dijo Carmen—. Otra vez. Los del último año. ¿Quieres ir a ver?
Sara iba a decir no nos metamos. Pero algo le tiró del pecho. Una intuición de soldado que no se apaga ni en tiempos de paz.
—Sí. Vayamos.
Un corro rodeaba a dos muchachos. Uno estaba en el suelo, escupiendo sangre.
—Eres un imbécil, Bradenford. ¿Te lo han dicho antes?
El otro estaba de pie. De espaldas a Sara. Alto. Hombros anchos. Pelo oscuro peinado hacia atrás con precisión quirúrgica.
—¿Quién te manda meterte con alguien mejor que tú? —dijo, con una calma que helaba—. Eso se llama suicidio.
—Si no fuera por el dinero de tu familia, no serías nada, Bradenford.
El muchacho rió. Corto. Seco.
—¿Y? La envidia te corroe. Quisieras tener mi dinero, mi prestigio. Pero solo eres un simple hijo de vendedor.
El silencio cayó. Cruel, pero cierto. El otro se levantó temblando.
—Te acusaré con el director.
Bradenford levantó la mano, despreocupado.
—Ve, dile. Yo mostraré la grabación donde tú me provocas. Veremos quién pierde.
Sara no podía verle la cara. Pero la voz. Esa calma. Esa forma de decir veremos quién pierde como quien anuncia el clima.
El muchacho se giró.
Ojos turquesa. Pómulos altos. Una sonrisa ladeada que no era una sonrisa.
No es el asesino. No es el asesino. No viene por mi cabeza. Solo es un muchacho de dieciocho años. Solo es un muchacho.
El mantra no funcionó.
El mundo se inclinó. Los sonidos se volvieron lejanos, como si alguien hubiera sumergido su cabeza bajo agua. Vio la cara de Augustus Reinold superpuesta a la del chico. La espada. La sangre. El giro del cielo.
—¿Sara? —Carmen la agarró del brazo—. Te pusiste blanca.
—Llévame a la enfermería —dijo, y la voz le salió en un hilo—. No me siento bien.
La enfermera la acostó. Cerró los ojos. La fiebre le pesaba en los párpados como monedas.
La puerta se abrió. Alguien se sentó a su lado.
—Carmen, ¿está todo bien? —dijo sin abrir los ojos.
—Traje tu mochila.
No era Carmen. Era una voz de muchacho. Grave. Tranquila.
—Oh. Gracias, señor. Puedes dejarla.
—¿Estás mal?
—Fiebre e infección en la garganta. Pero no moriré. Puedes regresar a tus clases.
Sintió una mano. Cálida. Le recorrió el rostro hasta la frente.
—Estás ardiendo. Deberías ir al hospital.
—Tuve una impresión fuerte en la entrada. Creo que eso me debilitó.
—¿Quieres que te lleve?
Ella abrió los ojos.
Era él. Julian Bradenford. Esos ojos turquesa. Y la cara del hombre que la había asesinado se traspuso sobre la del joven. La misma mandíbula. La misma mirada.
Se le bajó la presión. El aire no entraba.
Julian se asustó.
—¿Estás bien?
Ella no podía responder. Tembló como una hoja.
No es el asesino. No viene por mi cabeza.
Julian la destapó. La cargó. Ella lo miraba desde abajo, con los ojos abiertos y las lágrimas cayendo sin permiso. Su cuerpo recordaba la espada. El giro. El frío.
Maldito cuerpo. ¿Por qué me traicionas?
—La llevaré al hospital —dijo Julian a la enfermera—. Llame a sus padres. Al Memorial.
Salió con ella en brazos. Para quien los vio, un príncipe encantador. Para Sara, un demonio.
No pudo resistir. Se desmayó.
Cuando despertó, estaba en una habitación de hospital. Sábanas de algodón egipcio. Flores frescas. Un televisor más grande que la mesa de su cocina.
—¡Hija mía!
Sus padres al lado. Le tomaron la mano.
—Hijita, estuviste inconsciente tres horas. Conmoción, dijo el médico. ¿Qué te pasó?
—Mamá. El joven que me trajo, ¿dónde está?
—Afuera. Pagó la habitación. Pagó todo. Yo traté de devolverle el dinero, pero se negó. Es un joven muy bueno.
¿Bueno? Ese hombre va a esclavizar naciones.
Fingió una sonrisa.
—Ay, qué bueno.
La puerta se abrió. El médico y Julian. Al verla despierta, la miró. Lacónico.
—Qué bueno que ya despertaste. Ataque de pánico, fiebre, infección. Colapso. Si no te hubieran traído a tiempo, quizás no seguirías viva.
Los padres tomaron la mano de Julian.
—Gracias, joven. Si no hubiera sido por ti...
—No se preocupen. Solo hice lo que cualquiera hubiera hecho.
Lo dijo como quien salva un perro de la calle. Sin peso.
—Se ven cansados —añadió—. Hay una cafetería abajo. Ya son las ocho. Yo me quedaré con ella hasta que regresen.
No, pensó Sara. No se vayan. No me dejen con este hombre.
Pero se fueron.
Julian se sentó a su lado. La observó.
—Eres extraña, Sara Thornwright.
Sabía su nombre. Él señaló la pulsera del hospital. Algo de tranquilidad volvió a su cuerpo.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó ella—. ¿Por qué me trajiste?
—¿Querías que te dejara convulsionando en la escuela? Le daría mala imagen a la institución. Además, seguro todos me echarían la culpa. Y ya estoy harto de que todas las desgracias de los alumnos menos favorecidos me las achaquen.
—¿Es común que te echen la culpa?
Él rió.
—Claro. Si obtengo el mejor ranking, es porque mi familia compró los exámenes. Si destaco en deportes, es por las donaciones. A nadie le importa que tenga siete invitaciones con beca completa. Ganadas por mi desempeño. Nadie habla de eso. Para todos, mi apellido me hizo brillante. A nadie le importa el esfuerzo que le pongo a las cosas que me gustan.
Lo dijo mirando hacia el vacío. Sin rabia. Sin drama. Como quien constata un hecho. El cielo es azul. El agua moja. Nadie me ve.
Sara lo observó. ¿En serio este era el hombre que iba a esclavizar el mundo?