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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:468
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: La resonancia del bronce

​El traslado de las pertenencias de Gabriel no requirió una flota de camiones de mudanza ni el despliegue logístico que Valeria habría esperado del analista jefe de Thorne & Asociados. Tres cajas de madera reforzada con cierres de latón, dos maletas de cuero oscuro con el monograma familiar grabado en las esquinas y un archivador metálico ignífugo bastaron para encapsular la vida privada del especialista.

​A las siete de la mañana del sábado, el gran vestíbulo de la Casona de los Cedros estaba bañado por una luz fría y cristalina. El vapor de los alientos de Valeria y Gabriel subía en espirales cortas cerca del techo de vigas vistas; la calefacción central, recién instalada por los ingenieros de la firma, aún expulsaba el olor a aceite limpio y metal nuevo de las tuberías recién purgadas.

​Valeria estaba sentada en el tercer escalón de la escalera principal, descalza, envuelta en una manta de lana gruesa y con una taza humeante de té negro entre las manos. Observaba a Gabriel con una mezcla de fascinación y diversión contenida.

​El especialista vestía un jersey de cuello alto color marengo y pantalones de lana oscura. Sostenía entre sus manos un nivel de burbuja de precisión métrica y un compás de latón de casi medio metro de longitud. Estaba alineando el archivador metálico contra la pared norte del dormitorio principal, ajustando unas patas roscadas hasta que la burbuja de aire quedó exactamente en el centro de las dos líneas rojas.

​—Si ese archivador está desviado dos milímetros hacia la izquierda, Thorne, ¿el Consejo Arcano va a declararnos la guerra o simplemente se te va a agriar el café? —preguntó Valeria antes de dar un sorbo al té.

​Gabriel no levantó la vista del instrumento. Giró la pata roscada inferior una fracción de milímetro hacia la derecha.

​—La orientación de la masa metálica respecto al eje magnético de la casa no es una cuestión estética, Valeria —respondió con esa cadencia pausada y profesional que a ella le resultaba tan exasperante como adictiva—. Un objeto de doscientos kilos de acero situado sobre una línea de resonancia pasiva puede generar un armónico secundario que interfiera con los sensores del sótano.

​—Claro. No vaya a ser que el archivador de la ropa interior empiece a emitir microondas.

​—En este archivador no hay ropa interior —corrigió Gabriel, poniéndose en pie con la elegancia fluida que ni siquiera el trabajo físico lograba arruinar—. Contiene los expedientes no clasificados de la firma correspondientes a los últimos quince años, la correspondencia privada de mi padre y el registro de eventos telúricos de la cuenca sur.

​Valeria dejó la taza de té sobre el escalón de roble y se puso de pie, dejando que la manta de lana resbalara por sus hombros. Llevaba unos pantalones de pana marrón y una camisa de franela a cuadros que le quedaba intencionadamente grande. Caminó despacio hacia él sobre el suelo pulido, deteniéndose a medio metro de distancia, justo donde la luz del sol matutino cortaba la estancia en dos.

​—¿Tu padre guardaba registros aquí? —preguntó, cambiando el tono de burla por una curiosidad más suave.

​Gabriel dejó el nivel de burbuja sobre la repisa de la chimenea de piedra. Sus ojos azules se fijaron en los de ella con esa nitidez absoluta que parecía leer cada pensamiento antes de que ella llegara a formularlo.

​—Mi padre mantenía una red de cuadernos paralela a la de la empresa —explicó Gabriel, metiendo los dedos en los bolsillos de sus pantalones—. Cuando la firma se convirtió en una corporación regida por consejos de administración y análisis de riesgos financieros bajo el mando de mi madre, mi padre entendió que la verdad sobre las anomalías no se podía registrar en servidores compartidos.

​—¿Y qué hay en esos cuadernos?

​—Cosas que Valdemar pagaría una fortuna por quemar —respondió él con sencillez—. O por poseer.

​Valeria dio el último paso que los separaba y apoyó las palmas de las manos contra el pecho de Gabriel. La lana de su jersey era suave y cálida; bajo el tejido, el latido del corazón del especialista era tranquilo, constante, un metrónomo perfecto en medio de la inmensidad de la casa restaurada.

​—¿Por eso los has traído aquí? —susurró ella, alzando la cabeza—. ¿Porque este es el único sitio donde ni siquiera tu madre puede meter las manos?

​Gabriel rodeó la cintura de Valeria con un brazo, atrayéndola hacia su cuerpo con una firmeza serena que hizo que a ella se le cortara la respiración por un instante.

​—Los he traído aquí porque esta casa es, en este momento, el lugar más seguro de la provincia —dijo él, inclinándose ligeramente hasta que su aliento rozó la frente de Valeria—. Y porque no tengo ninguna intención de mantener mis archivos a cuarenta kilómetros del lugar donde duermo.

​—Vaya. ¿Eso significa que oficialmente ya no eres un inquilino de paso, Don Frío?

​—Significa que la cláusula catorce del contrato ha sido ejecutada en su totalidad, señorita Gómez —dijo Gabriel justo antes de presionar sus labios contra los de ella en un beso lento, cargado del calor del hogar y de la certeza de un territorio conquistado juntos.

​Val se apretó contra él, enredando los dedos en el cuello de su jersey, sintiendo la firmeza de sus hombros y la densidad del silencio que los rodeaba. Ya no era el silencio opresivo de una casona abandonada que intentaba devorar a sus ocupantes; era la calma de una fortaleza cuyos cimientos habían sido curados con sangre, hierro y una obstinación compartida.

​Cuando se separaron, el teléfono de Gabriel —un terminal de carcasa reforzada sin pantalla táctil convencional— emitió dos vibraciones secas sobre la mesa de centro.

​Gabriel no se apresuró a tomarlo. Mantuvo su mano en la cintura de Valeria durante un segundo extra antes de soltarla con evidente reticencia. Recogió el dispositivo y leyó la línea de texto cifrado que parpadeaba en verde sobre la pantalla monocroma.

​Valeria observó cómo la máscara de especialista se asentaba de nuevo sobre las facciones de Gabriel: las cejas levemente fruncidas, la mandíbula apretada y esa mirada de cálculo inmediato que borraba cualquier rastro de vulnerabilidad.

​—¿Malas noticias del gremio de los trajes oscuros? —preguntó ella, cruzándose de brazos.

​—Una citación de seguimiento —contestó Gabriel, guardando el terminal en el bolsillo—. Mateo acaba de confirmar que la comisión de auditoría del Consejo ha solicitado la entrega de la matriz de cristalización del sótano. La muestra que extrajimos durante el sellado inicial.

​Valeria sintió una punzada de alarma en el estómago.

​—¿La muestra de mercurio y ceniza? Pensaba que eso estaba bajo el protocolo de tutoría privada.

​—Y lo está —dijo Gabriel, caminando hacia la ventana que daba al patio trasero—. Pero Valdemar ha utilizado una cláusula de reserva sanitaria. Alegan que necesitan verificar que el residuo no contenga marcadores de mutación biológica antes de cerrar definitivamente el expediente administrativo.

​—Traducción —intervino Valeria, siguiéndolo hasta el ventanal—: quieren un pedazo del núcleo para estudiarlo en sus laboratorios y ver si pueden venderlo o convertirlo en una marca registrada.

​Gabriel miró a través del cristal hacia el gran cedro cuyas ramas se mecían bajo la brisa matutina.

​—Traducción exacta —asintió él—. Lo que Valdemar no sabe es que la matriz de cristalización no es un objeto inerte que se pueda guardar en un frasco de ensayo de laboratorio. Sin la masa crítica del nudo inferior, la muestra se degrada en menos de setenta y dos horas, volviéndose completamente inestable.

​—¿Inestable como para estallar?

​—Inestable como para corroer el contenedor de plomo y liberar una nube de vapor corrosivo que dejaría el edificio del Consejo sin sistema eléctrico durante tres semanas —corrigió Gabriel con una calma espeluznante—. Lo cual sería un desastre logístico considerable para su departamento de contabilidad.

​Valeria lo miró fijamente durante tres segundos antes de soltar una risotada que resonó en todo el dormitorio.

​—Eres un demonio, Thorne. Un demonio con esmoquin y nivel de burbuja. Le vas a entregar la muestra, ¿verdad?

​—Tengo la obligación legal de cumplir con las solicitudes de la comisión de auditoría —respondió Gabriel sin pestañear, aunque la sombra de una sonrisa helada jugó en la esquina de sus labios—. Mateo entregará el contenedor de transporte blindado esta tarde a las tres. Con las especificaciones de sellado estándar.

​—Las especificaciones estándar que duran exactamente setenta y dos horas.

​—El reglamento no especifica que el contenedor deba ser de grado reforzado para muestras de clase secundaria —concluyó Gabriel, tomándola de la mano y guiándola de vuelta hacia la escalera—. Ahora, si me lo permite, señorita Gómez, la cocina requiere nuestra atención. El protocolo de mudanza exige que el primer almuerzo en una propiedad restaurada no consista en café amargo y galletas rancias.

​A las dos de la tarde, la cocina de la casona olía a romero, ajo asado y vino blanco.

​La antigua cocina de hierro fundido de la tía Matilde había sido limpiada y puesta a punto por un artesano local. Aunque conservaba su estructura de metal negro pulido y sus adornos de bronce en los tiradores, los ingenieros de Gabriel le habían adaptado un sistema de inyección de gas moderno que permitía un control de temperatura absoluto sin perder el calor envolvente del fuego tradicional.

​Valeria estaba de pie junto a la isla central de madera de nogal, picando verduras sobre una tabla gruesa con un cuchillo de chef que Gabriel le había regalado esa misma mañana —una pieza de acero damorquinado con la empuñadura de madera de ébano que cortaba el aire con un silbido casi imperceptible—.

​Gabriel estaba al lado del fogón, supervisando un guiso de cordero y patatas que se cocía a fuego lento en una cazuela de barro pesado. Llevaba un delantal de lino gris sobre su jersey y sostenía una cuchara de madera con la misma solemnidad con la que manejaba los reactivos de la firma.

​—El secreto de la cocción uniforme en recipientes de barro —estaba explicando Gabriel con voz didáctica— radica en la inercia térmica del material. No se debe aumentar el flujo de calor de forma abrupta; la masa de la cazuela absorbe la energía y la distribuye de forma radial hacia el centro.

​Valeria dejó el cuchillo sobre la tabla y lo miró con los brazos en jarra.

​—Thorne, estás haciendo un estofado de cordero, no una fusión nuclear en un reactor de agua pesada.

​—La física de los fluidos alimentarios es idéntica a la de las soluciones arcanas de baja densidad, Valeria —contestó él sin perder la compostura, probando una gota del caldo con la punta de la cuchara—. La única diferencia es que el cordero perdona un exceso de sodio de tres miligramos, mientras que una solución de plata coloidal cristaliza y destruye el recipiente.

​—Eres incorregible —dijo ella, pero se acercó por detrás, pasó los brazos alrededor de su cintura y apoyó la mejilla contra su espalda—. Pero huele absurdamente bien. Si la carne está tan tierna como dices, te voy a perdonar la lección de termodinámica.

​Gabriel apoyó la mano sobre las de ella, acariciando la piel de sus nudillos. El calor de la cocina, el chisporroteo del fuego de gas y el murmullo del viento fuera de las ventanas de la casona creaban una atmósfera de intimidad invulnerable, un refugio donde las sombras del Consejo y los fantasmas del pasado carecían de peso.

​El sonido de un motor diésel subiendo por el camino de grava interrumpió el momento.

​Valeria se separó despacio, mirando hacia la ventana de la cocina que daba al patio delantero. Un furgón blanco sin rotular, con las ventanillas traseras blindadas y una pequeña antena parabólica en el techo, acababa de detenerse junto al gran cedro.

​De la cabina bajó un hombre de unos cuarenta años, vistiendo un traje táctico de color gris oscuro sin insignias visibles, con una carpeta rígida bajo el brazo y una funda rígida en el muslo derecho.

​Gabriel se quitó el delantal de lino con un gesto tranquilo, lo dobló en cuatro partes exactas sobre la mesa y miró a Valeria.

​—Es el servicio de mensajería de alta seguridad del Consejo —dijo Gabriel—. Han venido a recoger el contenedor de la muestra antes del horario previsto.

​—Valdemar impaciente —murmuró Valeria, sintiendo que la tensión volvía a instalarse en sus hombros—. ¿Quieres que me quede aquí?

​—Quiero que se quede aquí y siga picando las zanahorias —respondió Gabriel con una mirada que no admitía réplica—. Esto es una simple transacción de custodia. Volveré en tres minutos.

​Valeria observó desde la ventana cómo Gabriel salía al patio sin abrigo, caminando sobre la grava con paso firme. El mensajero táctico se cuadró con un saludo militar rígido al ver al especialista. Gabriel sacó del bolsillo interno de su chaqueta una pequeña llave de latón y un contenedor cilíndrico de plomo de unos treinta centímetros de altura, grabado con sellos de cera roja en las uniones.

​El intercambio fue rápido, frío y perfectamente coordinado. El mensajero firmó la orden digital en su carpeta, tomó el contenedor con ambas manos con un cuidado casi religioso y lo depositó en una caja fuerte integrada en el suelo del furgón. En menos de dos minutos, el vehículo dio media vuelta sobre la grava y desapareció por el camino de entrada hacia la carretera principal.

​Gabriel permaneció de pie en el centro del patio durante unos segundos, mirando la estela de polvo que el furgón había dejado en el aire. La brisa del mediodía le agitaba el cabello oscuro, pero su postura mantenía esa compostura indestructible que Valeria había aprendido a leer como una señal de concentración máxima.

​Cuando reingresó en la cocina, Valeria lo esperaba con la tabla de cortar limpia y las manos en los bolsillos.

​—¿Todo según el protocolo? —preguntó ella.

​—Todo según el protocolo —confirmó Gabriel, acercándose de nuevo al fogón y tomando la cuchara de madera—. El contenedor ha sido entregado con la firma digital de recepción. A las tres de la tarde del martes, el sello de plomo sufrirá una microfractura por dilatación térmica. Valdemar tendrá exactamente cuatro minutos para evacuar su despacho antes de que el olor a azufre y la corrosión afecten a sus alfombras de seda.

​Valeria dejó escapar una sonrisa de lado, sacudiendo la cabeza.

​—A veces me das un poco de miedo, Gabriel Thorne.

​—Es un miedo completamente infundado, señorita Gómez —dijo él, sirviendo una ración generosa del guiso de cordero en un plato de cerámica profunda y ofreciéndoselo—. Mis acciones destructivas están estrictamente reservadas para aquellos que intentan interferir con la estabilidad de mis operaciones. Y de mi hogar.

​A las seis de la tarde, la luz del sol se había retirado de las fachadas de la casona, dejando paso a ese crepúsculo violeta y denso tan característico del otoño en las colinas.

​Valeria y Gabriel estaban sentados en el gran salón de la primera planta, frente a la gran chimenea de piedra que rugía con troncos de roble seco. Las llamas proyectaban sombras cálidas y móviles sobre las paredes recién pintadas, iluminando las estanterías de madera que comenzaban a llenarse con los libros de la tía Matilde y los tomos de la colección personal de Gabriel.

​Valeria estaba tendida a lo largo del sofá de cuero marrón, con la cabeza apoyada en el regazo de Gabriel. Llevaba unos calcetines de lana gruesa y la camiseta gris de él. Gabriel estaba reclinado contra los cojines, con un libro de pasta dura abierto en la mano izquierda, mientras con los dedos de la derecha acariciaba distraídamente el cabello de Valeria, siguiendo la curva de su oreja hasta la nuca.

​El silencio entre los dos era espeso, cómodo, el tipo de silencio que solo existe cuando dos personas han dejado de necesitar las palabras para saber exactamente dónde está el otro.

​—¿En qué piensas? —preguntó Valeria en un susurro, mirando el juego de las llamas en el fondo de la chimenea.

​Gabriel no apartó la vista de las páginas del libro inmediatamente. Sus dedos continuaron el movimiento pausado sobre el cabello de ella.

​—Pienso en la geometría de este lugar —dijo finalmente con esa voz grave que vibraba directamente en el pecho de Valeria—. La Casona de los Cedros no fue construida aquí por casualidad, Valeria. Tu bisabuelo eligió este punto porque la falla no es una anomalía aislada; es la intersección de tres líneas telúricas que cruzan toda la provincia.

​Valeria se giró ligeramente sobre el regazo de él para mirarlo de frente.

​—¿Y eso qué significa para nosotros?

​—Significa que esta casa siempre atraerá atención —explicó Gabriel, cerrando el libro con un golpe seco pero suave que resonó en el salón—. Del Consejo, de otras firmas corporativas y de las entidades que habitan en los estratos inferiores. Este lugar es un faro en la penumbra.

​—Un faro con un especialista de Grado 1 en la puerta y una heredera que no se asusta fácilmente —completó Valeria con una sonrisa pequeña.

​Gabriel la miró a los ojos. En la penumbra iluminada por el fuego, la dureza de su rostro parecía haberse suavizado del todo. Deslizó la mano desde su cabello hasta su mejilla, acariciando la piel suave con el dorso del pulgar.

​—Usted es el único elemento de esta ecuación que no puedo prever, Valeria —murmuró él—. Todo lo demás... las ecuaciones, los sellos, la burocracia del Consejo... son variables fijas. Pero usted cambia el resultado cada vez que entra en una estancia.

​—¿Y te molesta que cambie el resultado, Don Frío?

​—Me resulta tácticamente fascinante —corrigió Gabriel, inclinándose hacia abajo hasta que sus labios encontraron los de ella en un beso lento, profundo, donde la frialdad de las teorías arcanas se disolvió por completo en el calor de la carne y la madera ardiendo.

​Valeria le rodeó el cuello con los brazos, tirando de él hacia abajo hasta acomodarlo a su lado en la amplitud del sofá de cuero. Las mantas de lana cayeron al suelo mientras sus manos buscaban la piel bajo los tejidos, desnudándose con la paciencia de quienes saben que la noche es larga y que el mundo exterior no tiene permiso para cruzar la verja de hierro de la entrada.

​Allí, sobre el cuero tibio y bajo el reflejo rojo de la chimenea, el especialista en contención de riesgos y la heredera de la casona volvieron a redefinir los límites de su contrato. No hubo palabras en latín, ni sellos de cera, ni firmas digitales; solo el sonido de sus respiraciones compasadas, el tacto de la piel contra la piel y la certeza absoluta de que la casa, al fin, estaba en paz.

​A las tres de la madrugada, Valeria se despertó.

​La chimenea se había reducido a una cuna de brasas rojas que emitían un calor tenue y dorado. Gabriel dormía a su lado, tendido boca arriba con el pecho desnudo subiendo y bajando en un ritmo tranquilo y perfecto. Tenía un brazo alrededor de la cintura de ella, sujetándola contra su costado como si aun en el sueño estuviera manteniendo el control de su perímetro.

​Valeria se deslizó con cuidado fuera del sofá, procurando no alterarlo. Se puso el albornoz de algodón blanco que Gabriel le había comprado y caminó descalza sobre la madera pulida hacia el ventanal del salón.

​Afuera, la noche era de una claridad absoluta. La luna llena iluminaba el patio trasero, tiñendo de plata las agujas del gran cedro y la brocal de piedra del pozo. El aire estaba inmóvil, sin una sola ráfaga de viento que moviera las ramas.

​Valeria apoyó la mano contra el cristal frío de la ventana.

​En el centro del patio, justo donde el sello de mercurio y ceniza había sido enterrado bajo tres metros de tierra y piedra tres días atrás, una pequeña mota de luz dorada —no más grande que una luciérnaga— emergió lentamente del suelo. Flotó en el aire durante dos segundos, describió un círculo perezoso alrededor del tronco del cedro y luego se disolvió en la noche como una chispita de chimenea que se apaga.

​Valeria no sintió miedo. No hubo el menor escalofrío en su nuca, ni el olor a azufre, ni la opresión en el pecho que anunciaba la presencia de las sombras del sótano. La luz era limpia, tranquila, casi un saludo de la tierra que volvía a respirar tras doce años de agonía bajo el peso de la falla.

​Una mano cálida se posó suavemente en su hombro desde atrás.

​Gabriel estaba de pie a su lado, envuelto en los pantalones de chándal negros, con el cabello despeinado sobre la frente y los ojos azules fijos en el punto del patio donde la luz se había disipado.

​—Una liberación de energía de fondo —dijo Gabriel en un murmullo bajo, pegando su pecho contra la espalda de ella—. Cero coma cero un microteslas. El suelo está expulsando el residuo de la atadura.

​Valeria se echó hacia atrás, apoyando la cabeza contra el hombro de él y sonriendo en la penumbra.

​—No puedes evitarlo, ¿verdad? Tienes que medirlo todo.

​Gabriel rodeó su cuerpo con los brazos, apoyando la barbilla en su coronilla mientras ambos contemplaban la noche serena del patio.

​—Es mi trabajo medir las cosas, Valeria —susurró él con una suavidad que ella solo había escuchado en esa casa—. Pero hay cosas que no requieren mediciones para ser reales.

​—¿Como qué, Don Frío?

​Gabriel apretó el brazo alrededor de su cintura, mirándola a través del reflejo del cristal.

​—Como la certeza de que este es el lugar exacto donde debo estar.

​Valeria se giró entre sus brazos, le tomó el rostro entre las manos y lo besó suavemente bajo la luz de la luna, sabiendo que las ecuaciones de Gabriel Thorne, por primera vez en su vida, habían encontrado un resultado perfecto que no necesitaba corrección.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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