Elishabet creció convencida de que el amor no estaba hecho para ella. Hija no deseada de unos padres que siempre soñaron con un varón, aprendió desde niña a vivir entre silencios, desprecios y una dolorosa sensación de no pertenecer. Pero todo cambia cuando, a los quince años, sus padres adoptan a un joven de un orfanato y le entregan a él el lugar que ella nunca consiguió ocupar. Para Elishabet, su llegada representa una nueva traición. Para él, aquella casa es la promesa de una familia al fin encontrada. Ninguno de los dos eligió el papel que le tocó interpretar, pero ambos quedarán atrapados en una historia marcada por el resentimiento, la culpa y unos sentimientos cada vez más difíciles de ignorar. Mientras intenta descubrir quién es realmente y qué lugar ocupa en su propia vida, Elishabet comenzará a sospechar que la llegada de aquel joven no fue una simple casualidad. Y cuando el pasado revele sus secretos, comprenderá que algunas verdades pueden cambiarlo todo.
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Capítulo 1:La hija equivocada
Elishabet aprendió muy pronto que había silencios que dolían más que los gritos.
En su casa, casi todo se decía sin palabras.
Su madre podía pasar junto a ella sin mirarla. Su padre podía regresar del trabajo, dejar las llaves sobre la mesa y preguntar cómo había ido el día sin esperar realmente una respuesta. Incluso cuando estaban sentados los tres a la misma mesa, había una distancia invisible que nadie parecía dispuesto a cruzar.
Elishabet tenía quince años y ya sabía reconocerla.
Aquella tarde estaba sentada en el suelo de su habitación, con la espalda apoyada contra la cama y un libro abierto sobre las piernas. No estaba leyendo. Llevaba varios minutos mirando la misma página mientras escuchaba las voces de sus padres al otro lado de la puerta.
—No podemos seguir así —dijo su madre.
Elishabet levantó la cabeza.
No sabía de qué hablaban, pero aquella frase había conseguido despertar su curiosidad.
Se acercó despacio a la puerta y la abrió apenas unos centímetros.
—Han pasado quince años —continuó su madre—. Quince años esperando.
—Ya lo sé.
—Entonces sabes que no podemos rendirnos.
Elishabet frunció el ceño.
Su padre guardó silencio durante unos segundos.
—He estado hablando con la agencia.
El corazón de Elishabet dio un pequeño vuelco.
Agencia.
No sabía exactamente a qué se refería, pero algo en el tono de su padre le produjo una sensación extraña.
—¿Y?
—Hay un chico.
Elishabet dejó de respirar durante un instante.
Un chico.
Su madre soltó un suspiro que sonó casi como alivio.
—¿Qué edad tiene?
—Diecisiete.
Elishabet bajó lentamente la mirada.
Diecisiete.
Era mayor que ella.
—Podríamos conocerlo esta semana —continuó su padre—. Si todo sale bien, el proceso podría ser bastante rápido.
—¿Crees que aceptará venir?
—Es un chico que lleva años en un orfanato. ¿Qué crees?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Elishabet cerró los ojos.
No quería seguir escuchando.
Pero tampoco podía alejarse.
—Será diferente esta vez —dijo su madre.
Aquellas cuatro palabras le dolieron más de lo que esperaba.
Diferente.
Siempre había sido esa palabra.
Cuando era pequeña, había escuchado a su madre decir que algún día todo sería diferente. Que algún día su padre estaría orgulloso de ella. Que algún día tendrían una familia como las demás.
Pero aquel día nunca había llegado.
Elishabet volvió a su cama y se sentó.
Miró sus manos.
Durante mucho tiempo había pensado que el problema era ella.
Quizá era demasiado sensible.
Quizá hablaba demasiado.
Quizá no era lo bastante inteligente, lo bastante bonita o lo bastante obediente.
Había pasado años intentando convertirse en la hija que sus padres querían.
A los ocho años ganó un concurso de dibujo en el colegio y llevó el diploma a casa esperando ver una sonrisa.
Su padre apenas levantó la mirada.
—Está bien.
A los diez, consiguió las mejores notas de su clase.
Su madre respondió:
—Podrías haber sacado un poco más en matemáticas.
A los doce, preparó una cena para ellos.
Su padre llegó tarde y ni siquiera se sentó a la mesa.
Con el tiempo, Elishabet dejó de intentar.
Había comprendido que no importaba cuánto hiciera.
Nunca sería suficiente.
Porque el problema no estaba en lo que hacía.
Estaba en lo que era.
Una niña.
Su madre nunca se lo había dicho directamente, pero tampoco había hecho falta.
Elishabet recordaba una conversación que había escuchado cuando tenía apenas seis años.
Pensaban que estaba dormida.
—Yo quería un niño —había dicho su madre.
—Lo sé.
—Siempre quise un hijo.
—Tenemos a Elishabet.
Hubo un silencio.
—Sí —respondió ella finalmente—. Tenemos a Elishabet.
No había amor en aquellas palabras.
Solo resignación.
Durante años, aquella conversación había vivido dentro de la cabeza de Elishabet.
Y ahora había alguien más.
Un chico.
Uno que, al parecer, podía convertirse en aquello que sus padres siempre habían querido.
Su hermano.
La palabra le resultó extraña.
No sabía si odiaba aquella idea.
Tampoco sabía si podía odiarlo a él.
Ni siquiera lo conocía.
Y, sin embargo, ya sentía que le estaba quitando algo.
Algo que quizá nunca había tenido.
Aquella noche, durante la cena, sus padres apenas hablaron con ella.
Elishabet comió en silencio.
Su madre parecía nerviosa. Su padre tenía el teléfono junto al plato y lo miraba cada pocos minutos.
Finalmente, él dejó el teléfono sobre la mesa.
—Tenemos que hablar contigo.
Elishabet levantó la mirada.
—¿Sobre qué?
Su madre sonrió.
Era una sonrisa extraña. Una sonrisa que Elishabet no había visto muchas veces.
—Vamos a ampliar la familia.
Elishabet no respondió.
—Hemos decidido adoptar a un chico —continuó su padre—. Es un poco mayor que tú, pero creemos que será bueno para todos.
Para todos.
Elishabet clavó la mirada en el plato.
—¿Por qué?
Su padre pareció sorprendido.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué quieren adoptarlo?
Su madre intercambió una mirada con él.
—Porque queremos darte un hermano.
Darle.
Como si fuera un regalo.
Como si ella hubiera pedido uno.
—Yo no necesito un hermano.
La expresión de su madre cambió.
—Elishabet, no empieces.
—Solo he dicho que no lo necesito.
—No todo gira alrededor de lo que tú necesitas.
Elishabet sintió un nudo en la garganta.
Casi quiso reír.
Aquello era precisamente lo que llevaba quince años intentando explicar.
Nada giraba alrededor de ella.
Nunca lo había hecho.
—¿Cómo se llama? —preguntó finalmente.
Su padre sonrió.
Una sonrisa sincera.
Y aquella sonrisa fue quizá lo que más le dolió.
—Adrián.
Elishabet repitió el nombre mentalmente.
Adrián.
Por primera vez en mucho tiempo, vio algo parecido a ilusión en los ojos de su padre.
No la había visto cuando ella ganó aquel concurso.
Ni cuando recibió sus primeras buenas notas.
Ni cuando cumplió quince años.
Pero ahora estaba allí.
Por Adrián.
—¿Cuándo viene?
—Todavía no lo sabemos —respondió su madre—. Tenemos que hacer algunos trámites.
Elishabet asintió.
—Entiendo.
Se levantó de la mesa.
—¿Adónde vas? —preguntó su padre.
—A mi habitación.
—Ni siquiera has terminado de cenar.
—No tengo hambre.
Subió las escaleras sin esperar respuesta.
Cuando cerró la puerta de su habitación, apoyó la frente contra ella.
No lloró.
Había aprendido a no hacerlo.
Se acercó a la ventana.
Desde allí podía ver las luces de las casas vecinas. Familias cenando. Padres hablando con sus hijos. Niños corriendo por los jardines.
Una vida normal.
Una vida que siempre había observado desde lejos.
Elishabet apoyó una mano contra el cristal.
Quizá Adrián tendría suerte.
Quizá sus padres lo amarían.
Quizá él conseguiría lo que ella nunca había conseguido.
Y entonces comprendió algo que la asustó.
No le dolía que adoptaran a un hijo.
Le dolía que, por primera vez, sus padres parecieran felices de tener uno.
Aquella noche, mucho después de que la casa quedara en silencio, Elishabet seguía despierta.
No sabía que el joven que acababa de entrar en sus pensamientos estaba a cientos de kilómetros de allí, durmiendo en una habitación que no consideraba suya.
No sabía que Adrián también había aprendido a vivir sin esperar demasiado de nadie.
No sabía que, cuando sus caminos se cruzaran, ninguno de los dos estaría preparado para lo que aquella familia escondía.
Y, sobre todo, Elishabet no podía imaginar que la llegada de aquel chico terminaría cambiando mucho más que su relación con sus padres.
Cambiaría su vida entera.
Pero esa noche solo tenía quince años.
Y por primera vez, tuvo miedo de que quizá sus padres hubieran encontrado finalmente al hijo que siempre habían querido.
Y de que, después de tantos años, ella dejara de tener un lugar en aquella casa.