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Me Enamoré del Hermano Equivocado

Me Enamoré del Hermano Equivocado

Status: Terminada
Genre:Romance / Pérdida de memoria / Amor platónico / Completas
Popularitas:10.9k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

La misión del diario

El problema de decidir tomarle la mano a un hombre como Sebastián Montero era que Sebastián Montero no dejaba las manos descuidadas en ninguna parte.

Valentina lo comprobó el miércoles por la mañana, sentada frente a él en la biblioteca de La Hacienda, con cinco cuadernos abiertos, tres marcadores y una pila de hojas que parecía una sentencia judicial.

Él sostenía una pluma negra.

Ella miraba la pluma.

Bueno, no exactamente la pluma.

Los dedos.

—Valentina.

Ella enderezó la espalda.

—Sí. Estoy poniendo atención.

Sebastián golpeó suavemente el dorso de su mano con la punta de la pluma.

—Entonces dime qué acabo de explicar.

El toque fue mínimo.

Su cerebro dejó de funcionar.

—Que... —miró las hojas—. Que si el autor usa una voz narrativa en primera persona, entonces...

—Estamos revisando contabilidad básica.

Valentina cerró los ojos.

—Ah.

Nana Carmen, que entraba con una jarra de agua de jamaica sin azúcar, soltó un sonido sospechoso.

Sebastián no sonrió. Eso fue peor, porque la seriedad le quedaba demasiado bien.

—Tienes cinco materias en riesgo.

—¿Cinco? —Valentina miró la pila de hojas como si acabara de crecer—. ¿Yo hice eso?

—Tú dejaste de asistir a dos seminarios, entregaste tarde tres proyectos y reprobaste un parcial.

—Qué irresponsable esa Valentina.

Sebastián levantó una ceja.

—Eres tú.

—No la conozco. No puedo hacerme responsable de sus crímenes académicos.

Esta vez la esquina de su boca se movió apenas.

A Valentina se le iluminó la cara.

—Te reíste.

—No.

—Casi.

—Concéntrate.

Volvió a tocarle la mano con la pluma.

Valentina bajó la mirada al punto exacto donde la había tocado. En el diario, la primera misión era tomarse de la mano en público. La biblioteca no era exactamente público, pero Nana Carmen estaba allí y eso debía contar un poco.

Deslizó su mano sobre la mesa, centímetro por centímetro, hasta dejarla cerca de la de él.

Sebastián señaló un cuadro en la hoja.

—Estos son tus gastos mensuales.

—¿Mis gastos?

—Materiales, transporte, libros, comida fuera de casa.

—¿Y tú sabes todo eso?

—Alguien tiene que ordenar tus recibos cuando los dejas en cualquier bolsa.

Valentina lo miró.

Era absurdo sentirse querida por una tabla de gastos.

Y sin embargo.

El celular de Sebastián vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció el nombre de Daniel Ortega.

—Habla —dijo Sebastián al contestar.

La voz del asistente salió baja por el altavoz.

—Señor Montero, los abogados esperan confirmación sobre la cláusula del contrato con Castellanos Ruiz.

Sebastián revisó un documento en su tableta.

—Quiten la penalización doble. Mantengan la garantía de cumplimiento. Si Isabella insiste, que me llame después de las seis.

—Tambien preguntaron por la reunion de las once.

—Virtual.

—Pero el consejo esperaba verlo en Torre Montero.

Sebastián miró a Valentina, que tenía una nota pegada en la frente sin darse cuenta.

—Que esperen en línea.

Colgó.

Valentina se quitó la nota de la frente.

—¿Estás dejando de ir a trabajar por mí?

—Estoy trabajando.

—Desde la biblioteca.

—La biblioteca tiene internet.

—Y una estudiante que no entiende contabilidad.

—Eso es lo más urgente.

Lo dijo sin cambiar el tono, como si no acabara de ponerla por encima de una sala entera de ejecutivos.

Valentina sintió algo caliente y suave instalarse bajo sus costillas.

Cuando Sebastián se levantó para buscar otro libro del estante, la oportunidad apareció.

Su mano quedó colgando a un lado, libre por un segundo.

Valentina no pensó. Si pensaba, no lo haría.

Extendió los dedos y tomó la punta de los suyos.

Sebastián se detuvo.

Toda la biblioteca pareció quedarse sin aire.

Él bajó la mirada a sus manos unidas. No la apartó. Tampoco se movió.

—Valentina.

La forma en que dijo su nombre le hizo cosquillas en la nuca.

—En el diario dice que solíamos tomarnos de la mano.

El silencio que siguió fue distinto. No incómodo. Peligroso.

—¿Qué diario? —preguntó él.

Valentina soltó sus dedos como si quemaran.

—Nada.

—Acabas de decir diario.

—Dije... horario. En el horario dice que solíamos... tomar... clases.

Sebastián la miró sin parpadear.

Ella sintió que se le incendiaban las orejas.

—Tengo un golpe en la cabeza, puedo equivocarme.

Él pudo insistir. De hecho, Valentina vio la pregunta formándosele en los ojos.

Pero Sebastián cerró el libro que tenía en la mano y lo dejó sobre la mesa.

—Vamos a hacer una pausa.

—¿Estás enojado?

—No.

—Tu cara dice que sí.

—Mi cara siempre dice eso.

Valentina no pudo evitar sonreír.

La pausa duró diez minutos. Sebastián le llevó agua, revisó que tomara el medicamento de la mañana y no volvió a mencionar el diario. Eso, lejos de tranquilizarla, le hizo pensar que lo había guardado para después.

Esa noche, Valentina no pudo dormir.

El diario estaba escondido debajo del colchón, porque debajo de la almohada le parecía demasiado obvio después de su casi confesión. Abrió la ventana apenas. El aire olía a bugambilia y a tierra húmeda. Al otro lado del jardín, una luz seguía encendida cerca del corredor.

Sebastián.

Tomó una manta y salió.

Lo encontró en el pasillo exterior que daba al jardín, sentado en una banca de piedra. No llevaba saco. Tenía la camisa blanca abierta en el cuello y un cigarro apagado entre los dedos.

No estaba fumando.

O quizá acababa de hacerlo, porque el olor era tenue.

Valentina frunció la nariz.

Sebastián giró la cabeza. Al verla, aplastó el cigarro contra el cenicero aunque ni siquiera estaba encendido.

—¿Qué haces fuera de la cama?

—No podía dormir.

—Debiste llamar a Nana Carmen.

—Quería caminar.

—No deberías caminar sola de noche.

—Entonces acompáñame.

Él la miró.

Valentina sostuvo la manta contra su pecho y, antes de que su valentía se arrepintiera, se sentó a su lado.

No demasiado cerca.

Solo lo suficiente para sentir el calor de su cuerpo en el aire frío.

Durante un rato no hablaron. Eso también era extraño: con Nico, o al menos con la idea borrosa que conservaba de Nico, imaginaba risas, ruido, bromas. Con Sebastián, el silencio tenía cosas concretas: el sonido de las teclas, el roce de una página, el vaso de agua que él empujaba hacia ella sin mirar.

—¿Fumas mucho? —preguntó ella.

—No cuando estás cerca.

—¿Por qué?

—Porque te molesta.

Valentina lo miró de perfil.

—¿Te lo dije antes?

—Muchas veces.

Ella asintió despacio. Otra pieza. Otra prueba.

La cabeza empezó a pesarle. Había caminado más de lo que debía, y el cansancio le llegó de golpe. Apoyó la manta sobre las rodillas y dejó que su hombro rozara apenas el brazo de Sebastián.

Él se tensó.

Valentina no se apartó.

Un minuto después, dejó caer la cabeza sobre su hombro.

El cuerpo de Sebastián se quedó inmóvil, como si respirar pudiera romperla.

—Valentina.

—Solo un ratito.

—Tienes que dormir en tu cama.

—Estoy durmiendo.

—Estás hablando.

—Entonces cállate y me duermo.

El aire le tembló a él en una exhalación que casi fue risa.

Valentina cerró los ojos.

El hombro de Sebastián era firme. Olía a jabón, a tela limpia y a un rastro leve de tabaco que no llegó a molestarle. El diario había dicho que junto a hermano mayor todo se sentía bien. Pero el diario no había explicado que el pecho dolía un poco cuando algo se sentía demasiado bien.

Se quedó dormida.

Sebastián la miró durante varios segundos.

La luz del jardín le tocaba la cara con suavidad. Tenía las pestañas oscuras contra las mejillas, una mano aferrada a la manta y los labios entreabiertos por el sueño. Parecía confiada. Eso lo golpeó más que cualquier beso.

Tiró el cigarro apagado a la basura.

—Esto está mal —murmuró.

Pero pasó un brazo por detrás de sus hombros para sostenerle la cabeza.

Cuando la levantó en brazos, Valentina hizo un sonido pequeño y se aferró a su camisa.

En el segundo piso, Nana Carmen abrió la puerta de su cuarto antes de que él tocara. Debía haberlos visto desde el pasillo.

No dijo nada.

Solo se apartó con los ojos brillantes.

Sebastián dejó a Valentina sobre la cama, le acomodó la manta y retiró un mechón de cabello de su frente. Sus dedos se quedaron suspendidos un instante de más.

Luego dio un paso atrás.

—Buenas noches, mi niña —dijo tan bajo que casi no fue voz.

Se giró para irse.

Valentina, dormida, atrapó el borde de su camisa.

Sus labios se movieron apenas.

—No te vayas, hermano mayor...

Sebastián se quedó de pie en la oscuridad.

No retiró la camisa.

No respiró.

Sebastián se quedó junto a la cama hasta que los dedos de Valentina soltaron la tela.

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Glen
Parecía bueno pero a mitad ya te parece q no va a ningún lugar y después con un final raro, no me gusto
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Marisa Rodriguez de Cuello
es muy densa la trama y simple. también se pueden leer repeticiones del relato que confunden la lectura
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