En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 03
Al salir del apartamento, el frío la golpeó. Tiró de su bufanda de lana más arriba, cubriendo su cuello y parte de su rostro. El autobús ya estaba en la parada, esperándola. Subió, encontrando un asiento junto a la ventana. Mientras el autobús se movía a través de las calles mojadas, Valeria observaba el paisaje urbano, las tiendas cerradas, los pocos transeúntes que se atrevían a desafiar la llovizna matutina. Todo parecía monótono, gris.
En la galería, el día se arrastró. La señora Elara, su jefa, la recibió con una lista de tareas interminable y una serie de quejas sobre el inventario. Valeria la escuchaba con una paciencia forzada, asintiendo en los momentos adecuados, mientras su mente seguía en el mundo de "Corazones de Ceniza". La señora Elara era una mujer delgada y elegante, con el cabello rubio cuidadosamente recogido y unos ojos azules que parecían escudriñar cada pequeña imperfección. La ironía de su nombre no se le escapaba a Valeria; en su imaginación, su jefa bien podría haber sido la heroína, prístina y un poco ingenua, siempre ajena a las complejidades que la rodeaban.
Durante una breve pausa, Valeria se sentó en la pequeña oficina de atrás, revisando algunos correos electrónicos. Uno de ellos era de una vieja amiga de la universidad, Paula, invitándola a una inauguración de una exposición en un pequeño espacio alternativo. La exhibición prometía ser audaz, con piezas de arte conceptual y un ambiente bohemio que rara vez se encontraba en la galería donde trabajaba. La idea la atrajo, una pequeña aventura para su alma hambrienta de algo más.
—¿Vendrás? —Paula había añadido en el mensaje—. Hay vino gratis, y sabes que eso es un plus.
Valeria sonrió. Sí, iría. Necesitaba un respiro, un cambio de aire. El trabajo en la galería era, en el mejor de los casos, un medio para un fin, pero no le proporcionaba el alimento que su espíritu artístico anhelaba.
La tarde avanzó lentamente. Vendió un par de cuadros a una pareja adinerada que solo preguntaba por el "retorno de la inversión" y pasó la última hora organizando folletos. A las cinco, sintió un alivio inmenso. El día laboral había terminado.
—Valeria, asegúrate de cerrar bien al salir —dijo la señora Elara, su voz un poco más aguda de lo habitual—. Y revisa la alarma. No queremos incidentes.
—Sí, señora Elara —respondió Valeria, con una reverencia apenas perceptible que sabía que su jefa no notaría.
Se despidió y salió a la calle. La llovizna se había intensificado a una lluvia fina pero persistente. El cielo era de un gris plomo que prometía no mejorar. Sacó su paraguas del bolso y lo abrió. El viento soplaba con fuerza, haciendo que las gotas de lluvia se estrellaran contra su rostro a pesar de la protección.
Mientras caminaba hacia la parada del autobús, la llamada de Paula interrumpió sus pensamientos.
—¿Vas a venir esta noche? —la voz de Paula sonaba animada, llena de la energía que a Valeria a menudo le faltaba.
—Sí, estoy en camino. Tengo que pasar por casa a cambiarme y luego voy directamente. ¿Dónde es exactamente? —Valeria sostenía el teléfono entre su hombro y su oreja, mientras intentaba ajustar la empuñadura del paraguas que el viento amenazaba con arrancar de sus manos.
Paula le dio las indicaciones exactas, un lugar un poco escondido en una calle lateral del centro. Mientras hablaban, Valeria no prestó atención al suelo bajo sus pies. Estaba concentrada en el mapa mental que construía en su cabeza, visualizando el camino, emocionada por la perspectiva de ver arte que realmente la inspirara y de charlar con su amiga sobre algo más que el clima o los precios de los comestibles.
Cruzó una calle concurrida, esquivando un taxi que tocaba el claxon impacientemente. La prisa comenzaba a apoderarse de ella. Quería llegar a casa, quitarse la ropa de trabajo, ponerse algo más cómodo y vibrante, algo que reflejara su espíritu interior y no la aburrida profesional que se veía obligada a ser de lunes a viernes.
El pavimento, resbaladizo por la lluvia constante, brillaba bajo la luz de los faroles que ya comenzaban a encenderse. Sus zapatos de vestir, con suela lisa, no ofrecían mucha tracción. A medida que se acercaba a su edificio, un poco de alivio la invadió. Casi en casa. Pero su mente, todavía enfrascada en la conversación con Paula sobre el arte conceptual y la posibilidad de que hubiera un DJ en la exhibición, no registró la advertencia.
Un charco de agua se había acumulado en un pequeño hueco en la acera, cubriendo una losa suelta y ligeramente inclinada. Valeria, abstraída, no lo vio. Dio un paso, su pie aterrizó en el borde de la losa, cubierta por una capa resbaladiza de musgo y agua.
En una fracción de segundo, el mundo se puso de lado.
Su pie derecho resbaló violentamente hacia un lado. Una exclamación de sorpresa se ahogó en su garganta antes de que pudiera escapar. El paraguas salió volando de su mano, su esqueleto de metal girando en el aire antes de caer con un repiqueteo sobre el asfalto. El teléfono, aún en su oreja, se deslizó de su hombro, golpeando el suelo con un crujido de plástico y cristal.
Intentó recuperar el equilibrio, sus brazos se extendieron inútilmente en el aire, sus manos manoteando en busca de algo a lo que aferrarse. Su cuerpo se inclinó hacia atrás, el impacto de su espalda contra el pavimento era inminente, pero algo más tiró de ella, algo inesperado y mucho más peligroso.
Justo al lado de donde había resbalado, había un pequeño bordillo de cemento que delimitaba un macetero público con algunas plantas descuidadas. Al intentar desesperadamente enderezarse, su pie izquierdo se enredó con el derecho, y su cuerpo giró, perdiendo el control. En lugar de caer de espaldas, su cabeza se dirigió hacia el bordillo, una línea dura y despiadada en su visión periférica.
Un terror helado la invadió. No había tiempo para gritar, ni siquiera para pensar. Solo una ráfaga de imágenes: la cubierta del libro de Seraphina, el rostro sonriente de Paula, el brillo de los cuadros en la galería, la cara de su madre en una foto antigua. Una punzada de arrepentimiento, un lamento silencioso por todos los sueños no cumplidos, por la galería que nunca abriría.
El impacto fue un estallido blanco y cegador en su cabeza, seguido de una agonía indescriptible que se propagó por todo su cuerpo. Fue un sonido sordo, aplastante, que se mezcló con el débil eco de un pitido constante, la última señal de vida de su teléfono roto. Su cabeza rebotó, la visión se volvió borrosa, los colores se desvanecieron a un gris monótono, luego a negro.
El sabor ferroso de la sangre llenó su boca. Un dolor agudo y punzante se instaló en la parte posterior de su cráneo, una presión insoportable que eclipsaba todo lo demás. Podía sentir el calor pegajoso que empapaba su cabello. Su cuerpo convulsionó, un reflejo inútil ante el asalto brutal.
El frío de la lluvia en su rostro, que antes había sido solo una molestia, ahora se sentía como una caricia helada y lejana, mientras el resto de su cuerpo ardía en un infierno de dolor. Su respiración se volvió errática, sibilante, cada inhalación un esfuerzo agotador. Los sonidos del tráfico distante, las voces lejanas de la gente, todo se volvió distante, amortiguado, como si estuviera escuchando a través de una gruesa capa de algodón.
Una figura se acercó, una sombra borrosa y confusa. Podía oír un grito, una voz de pánico, pero las palabras eran incomprensibles. La sensación de su vida desvaneciéndose era extrañamente pacífica, una renuncia lenta y suave a la batalla contra el dolor. La oscuridad se hizo más profunda, los límites de su conciencia se disolvieron. Los pensamientos se volvieron fragmentos, sin conexión, sin sentido. La última imagen que cruzó su mente, antes de que todo se apagara, fue la de Seraphina, sola, en el cadalso, con una mirada desafiante en sus ojos.
Un resbalón inesperado la lleva a la muerte.
.......
.......
.......
.......
Aquí os dejo los tres primeros capítulos.
Espero que les guste esta historia, tengo planeado hacerla un poco más larga que las publicadas anteriormente, que son poco más de 20 capítulos.
No olviden dejar su comentario, me gusta y seguir... 🌸💘