Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 3
Me detuve antes de llegar a la puerta, porque algo en mí, esa parte curiosa que nunca supe controlar del todo, me hizo voltear una última vez para verlo bien.
Y tuve que admitir, aunque fuera solo para mí misma, que no era feo. Para nada. Alto, de hombros anchos y una complexión robusta que llenaba esa ropa real de una manera que claramente no era casualidad. Cabello negro, corto pero con ese desorden elegante que parecía estudiado, y unos ojos verdes tan intensos que por un segundo entendí por qué medio reino le temía: con esa mirada, no necesitaba alzar la voz para intimidar a nadie.
Lástima que la personalidad no acompañara al físico.
Él notó que lo estaba observando. Por supuesto que lo notó. Un hombre así siempre nota cuándo lo están viendo.
—Sí, lo sé —dijo, con una sonrisa torcida que dejaba claro que disfrutaba el momento más de lo que debería—. Sé que soy hermoso.
No pude evitarlo.
—Y arrogante —agregué, sin cambiar el tono.
Su sonrisa se tensó apenas un poco, pero no desapareció.
—Lady Elena, es usted alguien muy habladora.
—Evelyn —corregí, por segunda vez en menos de cinco minutos, preguntándome seriamente si lo hacía a propósito—. Pero no se preocupe, Majestad. Espero no tener que verlo hasta la boda. Así que, adiós.
Hice una reverencia rápida, más por costumbre que por respeto, y salí del salón sin mirar atrás. Detrás de mí escuché un silencio extraño, ese tipo de silencio que se forma cuando nadie sabe si reír, indignarse o las dos cosas a la vez.
Caminaba a paso firme por los corredores del palacio, repasando mentalmente la escena que acababa de protagonizar y preguntándome si había sido demasiado, cuando una voz me detuvo justo antes de llegar a la entrada principal.
—Señorita Evelyn, espere un momento.
Modric. El consejero que antes había intentado, sin éxito, corregir al rey con mi nombre.
—Su Majestad pidió hablar con usted —dijo, con una expresión que oscilaba entre la diplomacia profesional y unas ganas evidentes de reírse de todo lo que acababa de presenciar.
—Dígale que será en otra ocasión —respondí, sin detener el paso.
Y subí a mi carruaje.
Mientras el carruaje se alejaba del palacio, dejé escapar el aire que sentía que había estado conteniendo desde que cruzó esa puerta del consejo.
*Que si era hermoso,* pensé, todavía sin poder creerlo. *Eso fue lo primero que dijo. No "disculpe mi comentario anterior" ni "lamento que escuchara eso", no. Lo primero que se le ocurrió decir fue confirmar que sabía que era atractivo.*
Era exactamente el tipo de hombre que mi yo anterior, la Vivián de oficina y reuniones interminables, había aprendido a identificar a kilómetros de distancia: el jefe que se cree intocable porque nunca nadie le ha dicho que no. El que da por hecho que todos a su alrededor existen para admirarlo, obedecerlo o ambas cosas.
Vanidoso. Egocéntrico. Insufrible.
Y, para colmo de males, con esos ojos verdes que probablemente habían hecho suspirar a media corte sin ningún esfuerzo de su parte.
*Pues que no espere que yo sea una de esas,* pensé, mirando por la ventana del carruaje cómo el palacio se hacía más pequeño en la distancia.
Podría ser el rey. Podría tener todo Varken temblando con una sola mirada. Podría ser, técnicamente, mi futuro esposo.
Pero antes muerta —y ya sabía bastante de eso— que doblegarme ante un hombre que pensaba que el mundo le debía una reverencia solo por existir.
Si él esperaba una prometida sumisa, calladita, que se sonrojara con cada comentario arrogante, se iba a quedar esperando mucho tiempo.
Porque yo no había sobrevivido una muerte tan patética como la mía para venir a este mundo y arrodillarme ante nadie.
Mucho menos ante él.