Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 3
Capítulo 3: El tirano
Pero no la devolvió.
Tampoco devolvió la calma al piso cuarenta y dos.
Diego Castellán llegó quince minutos después, con el saco abierto, el cabello húmedo por el gel y esa sonrisa de hombre que creía que todos los problemas podían arreglarse con apellido, dinero o cinismo.
La sonrisa se le murió en cuanto vio a Adrián sentado junto a la mesa baja.
Joaquín estaba de pie detrás del sillón, tablet en mano, rostro limpio de emoción. En la pantalla aparecían facturas, mensajes reenviados y fotografías del textil de Oaxaca extendido sobre una mesa de trabajo. La última imagen mostraba el mismo tejido cortado en piezas, sujeto con alfileres sobre un maniquí.
Diego tragó saliva.
—Tío, yo...
—No soy tu tío cuando me haces perder tiempo —dijo Adrián.
La voz fue baja. Diego palideció de todos modos.
—Fue una confusión con proveedores. Camila necesitaba algo para una sesión, y yo pensé que...
El cenicero de cristal salió disparado antes de que terminara.
No fue un golpe descontrolado. Adrián ni siquiera se levantó. El objeto cruzó la distancia, rozó la sien de Diego y se estrelló contra la pared con un sonido seco. Un corte fino apareció junto a la ceja del muchacho.
Diego se quedó inmóvil.
Una línea roja le bajó por la piel.
—Vuelve a decir "confusión" —ordenó Adrián.
Diego abrió la boca. No salió nada.
Joaquín bajó la mirada a la tablet.
—La pieza salió del taller de Juramento el martes a las diecisiete treinta. El señor Diego firmó la recepción con un nombre falso. A las veinte cuarenta y dos se registró la entrada del paquete al departamento de la señorita Camila Castellán. Esta mañana, el atelier que trabaja para ella confirmó el corte de la tela.
Adrián miró la fotografía del maniquí.
La filigrana de plata descansaba sobre la mesa, junto a su vaso intacto de whisky.
—¿Se puede recuperar?
—No en su estado original, señor —respondió Joaquín—. Las piezas ya fueron intervenidas.
Diego dio un paso adelante.
—Yo puedo pagarla. Lo que cueste. Esa diseñadora está haciendo un drama por una tela, no sabía que iba a venir a...
Adrián levantó la mirada.
Diego se calló.
El aire de la sala cambió. Hasta Joaquín, que había visto demasiadas cosas, dejó de mover los dedos sobre la tablet.
—Esa diseñadora —dijo Adrián— entró a El Mirador con más valor del que tú has mostrado en toda tu vida.
Diego apretó la mandíbula.
—¿Por ella estás haciendo esto?
—Por mí. No soporto a los inútiles que roban mal y se justifican peor.
El golpe llegó sin que Adrián alzara la voz.
Diego bajó la cabeza.
—Lo arreglo.
—No.
—Adrián...
—Señor Castellán.
La corrección fue tan fría que Diego retrocedió.
Adrián tomó la peineta de plata y la giró entre los dedos. La luz se quedó atrapada en las flores diminutas del metal.
—Te vas a Monterrey esta noche.
—¿Qué?
—La filial necesita a alguien que aprenda a llenar reportes sin tocar lo que no entiende.
—No puedes mandarme allá por una...
Adrián dejó la peineta sobre la mesa con un sonido mínimo.
—Puedo hacer que no vuelvas a entrar a ningún salón de esta ciudad. Monterrey es un favor.
Diego miró a Joaquín, como si esperara una salida. Joaquín no levantó la vista.
—¿Y Camila? —preguntó Diego, cada vez más bajo.
—Camila recibirá una factura pública del taller y una llamada mía.
Eso asustó a Diego más que el cenicero.
—No hace falta involucrarla.
—Ya lo hizo cuando usó una pieza robada para vestirse.
Adrián se levantó por fin. Diego dio otro paso atrás.
No hubo más golpes. No hicieron falta. Adrián caminó hasta él, se detuvo a una distancia exacta y le acomodó el cuello de la camisa con una calma que dio más miedo que cualquier amenaza.
—Escúchame bien. La próxima vez que tomes algo de una mujer porque crees que no tiene poder para reclamarlo, no te voy a mandar a Monterrey.
Diego no respiró.
—¿Entendido?
—Sí, señor.
—Fuera.
Diego salió con una mano sobre la ceja y la dignidad hecha pedazos.
Joaquín esperó a que la puerta se cerrara.
—¿Ordeno reparar el daño con el taller de Oaxaca?
—No reparar —dijo Adrián—. Rehacer. Busca a los artesanos originales. Si no aceptan, encuentra al maestro que les enseñó.
—Sí, señor.
—Y que Camila entienda que ninguna foto vuelve a publicarse con esa pieza.
Joaquín asintió.
Adrián tomó de nuevo la peineta.
—También quiero todo sobre Valentina Serrano.
—Ya tengo un expediente preliminar.
—No quiero un expediente social. Quiero saber por qué esa peineta llegó a sus manos.
Joaquín levantó la vista por primera vez.
—¿La conoce?
Adrián no respondió.
En algún lugar de la ciudad, Valentina iba en el asiento trasero del Uber con el cabello suelto, el vestido rojo cubierto por el saco de Mariana y la garganta ardiéndole de vergüenza.
—Te juro que me voy a meter a monja —dijo Mariana por teléfono—. No vuelvo a ayudarte a entrar a ningún lado. Nunca. ¿Me oyes? ¡Nunca!
—No grites —murmuró Valentina.
—¡Mordiste a Adrián Castellán!
El chofer la miró por el retrovisor.
Valentina se hundió más en el asiento.
—Fue un accidente de estrategia.
—Eso no existe.
—Ya lo sé.
La adrenalina empezó a abandonarla frente al Periférico iluminado. El cuerpo le pesaba, el estómago le ardía y el hueco en el cabello donde debería estar la peineta le dolía más que una herida.
—Vale —dijo Mariana, ahora más suave—. ¿Estás bien?
Valentina tragó saliva.
No. No estaba bien. Había perdido la tela, la peineta de su abuela y probablemente varios años de vida. Pero si lo decía en voz alta, se iba a romper.
—Solo tengo frío.
Cuando llegó a la casa Serrano, Carmen abrió antes de que tocara el timbre. Llevaba un suéter grueso y esa cara de madre que ya sabía que algo andaba mal antes de preguntar.
—Valentina, ¿qué te pasó?
—Nada, Mamá.
Roberto apareció detrás de Carmen.
—¿Por qué vienes vestida así? ¿Dónde está tu abrigo?
Valentina intentó sonreír.
—Larga historia. Muy elegante. Cero recomendable.
Dio dos pasos dentro de la casa y el piso se inclinó.
Carmen la sostuvo de inmediato.
—Está ardiendo.
Roberto le tocó la frente y su expresión cambió.
—A la cama. Ahora.
—Papá, no exageres.
—No estoy negociando contigo.
Valentina quiso discutir. No pudo. El frío le subió por las piernas y le sacudió los dientes. En su cuarto, mientras Carmen le quitaba los tacones y Roberto llamaba al médico de la familia, Valentina buscó con la mano el lugar vacío en su cabello.
—¿Y tu peineta? —preguntó Carmen.
Valentina cerró los ojos.
—La perdí.
Roberto, que hablaba por teléfono en la puerta, se quedó quieto.
Esa peineta no era joyería para ellos. Era la última cosa que la abuela de Carmen le había entregado a Valentina antes de morir. En la familia Serrano nadie la tocaba sin permiso.
—¿La perdiste dónde? —preguntó Roberto.
—Mañana la recupero —murmuró ella.
—Valentina.
El médico llegó antes de que Roberto pudiera seguir. Revisó temperatura, garganta y presión, y luego preguntó por comida, frío y estrés. Carmen respondió por ella: poco alimento, demasiada tensión, una gastritis que siempre despertaba cuando su hija fingía ser más fuerte que su cuerpo.
—Reposo y líquidos —dictó el médico—. Nada de picante, nada de alcohol, nada de desvelarse. Si la fiebre sube, me llaman.
Valentina quiso decir que no había tomado alcohol. Recordó el olor a whisky en el cuello de Adrián y se calló.
La fiebre le nubló los ojos.
En el piso cuarenta y dos de El Mirador, Adrián Castellán guardó la peineta de plata en una caja negra.
—Investiga a esa chica —dijo.
excelente
Gracias.