Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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3- La casa de Nahuel
La mansión de los Ibarra no era una casa. Era una declaración de guerra contra la humildad.
Tres pisos de piedra blanca, ventanales que iban del suelo al techo, un jardín delantero tan perfecto que parecía de plástico. El auto de Nahuel —un BMW que no tenía ni una salpicadura de barro ahora— se deslizó por el camino de entrada como si pidiera permiso.
—¿Vivís acá? —se me escapó. Seguía con su campera encima. Olía a él, y eso me distraía más de lo que quería admitir.
—Técnicamente —apagó el motor—. Yo vivo en el ala este. Mi abuelo en la principal. El resto de la casa está llena de fantasmas y de empleados que fingen no escuchar.
Se bajó sin esperarme. Rodeó el auto y me abrió la puerta. No era un gesto caballeroso. Era un gesto calculado. Si alguien miraba, tenía que ver a un novio atento.
—Recordá: te llamás... —frunció el ceño—. Mierda. No te pusimos un nombre.
El pánico me subió por la garganta.
—No puedo entrar sin nombre —susurré—. Tu abuelo va a saber que es mentira.
Nahuel me miró. De verdad me miró, como si buscara algo en mi cara.
—Elena —dijo al fin—. Te queda bien Elena. Significa luz. Y vos... —se cortó, como si hubiera estado a punto de decir algo que no debía—. Te encontré en una tormenta. Luz en la tormenta. Sirve.
Elena. Me lo probé en la mente. No sonaba falso. Sonaba... Prestado. Pero mío por ahora.
—Elena —repetí—. ¿Y el apellido?
—Por ahora, ninguno —abrió la puerta de la mansión—. Si preguntan, decí que preferís que nos casemos primero. A mi abuelo le gusta lo tradicional. Le va a encantar que seas "una señorita decente".
El hall me golpeó con aire acondicionado y olor a madera lustrada. Un mayordomo de unos sesenta años, con chaleco y cara de piedra, apareció como invocado.
—Señor Nahuel —inclinó la cabeza—. El señor Ibarra lo espera en la biblioteca. Dijo que es urgente. Y —sus ojos claros se posaron en mí un segundo— la señorita Montenegro llamó. Viene en camino.
Nahuel tensó toda la espalda. Vi cómo los nudillos se le pusieron blancos alrededor de las llaves.
—Gracias, Héctor —dijo, sin voz—. Decile a mi abuelo que ya subo. Y que tengo compañía.
Héctor no mostró sorpresa. Solo asintió y desapareció por un pasillo lateral.
—¿Silvina? —pregunté cuando estuvimos solos.
—La mujer con la que no me voy a casar —me agarró de la muñeca. No fue brusco, pero sí firme—. Vení. Tenés que cambiarte antes de que llegue. Si te ve con mi campera y esa ropa... —me miró de arriba abajo. Yo seguía con el sobretodo enorme y las botas de hombre—. Va a oler la mentira a kilómetros.
Me arrastró escaleras arriba. El ala este era otra casa dentro de la casa. Minimalista, gris, negra. Sin fotos. Sin rastros de vida. Solo una sala enorme, una cocina que parecía no usarse y una puerta al fondo.
—Es mi departamento —abrió la puerta. Un dormitorio gigante, cama deshecha, ropa tirada en un sillón—. El baño está ahí. —Señaló otra puerta—. En el vestidor hay ropa. De... amigas. Ex-amigas. —Se pasó una mano por el pelo, incómodo por primera vez—. No las toqué después. Elegí lo que quieras. Yo voy a hablar con mi abuelo antes de que Silvina arme un escándalo.
—Nahuel —lo frené antes de que se fuera—. ¿Tu abuelo... cómo es?
Se quedó en el marco de la puerta. La luz del pasillo le daba de espaldas, convirtiéndolo en una silueta oscura.
—Octavio Ibarra —dijo—. Setenta y ocho años. Dueño de medio Formosa. Cree que las mujeres son adornos y que los hombres de la familia son soldados. Mató a mi padre de un infarto a los cincuenta con sus exigencias. Y cree que yo soy su próximo proyecto. —Una sonrisa sin humor—. No le muestres miedo. Huele la debilidad y ataca.
Se fue, dejándome sola en su caos privado.
El vestidor era más grande que la cabaña entera. Filas de ropa con etiqueta. Vestidos que costaban más que lo que yo... que lo que Elena podía imaginar. Elegí lo más simple: un jean oscuro y una blusa blanca de seda. Me quedaba grande, pero no tanto. Encontré zapatillas nuevas de mi número. ¿Cuántas mujeres habían pasado por acá?
En el baño, me miré al espejo por primera vez con luz decente. Tenía ojeras violáceas, un corte en la sien donde me había golpeado, y el pelo... largo, castaño, de ondas, enredado. Pero la cara... la cara no me decía nada. Era linda, sí. Los ojos grandes, color miel. Los labios llenos. Una belleza inigualable, había dicho el otro. El que me drogaba. Un escalofrío me recorrió.
Me lavé la cara, me até el pelo como pude. Cuando salí, escuché voces abajo. Una femenina, aguda, con ese tono de quien está acostumbrada a que la obedezcan.
—¡Me dijiste que ibas a estar solo! ¡Héctor me dijo que subiste con una mujer!
Me asomé por la baranda del segundo piso. Abajo, en el hall, una rubia de veintipico, con un vestido rojo ajustado y cartera de diseñador, le gritaba a Nahuel. Él estaba de espaldas a mí, rígido.
—Silvina, baja la voz —su tono era hielo puro—. Estás en mi casa.
—¿Tu casa? ¡Esta va a ser nuestra casa cuando tu abuelo anuncie el compromiso el sábado! —se le colgó del brazo—. ¿Quién es? ¿Una de tus... de tus chicas de turno?
Eso me hizo bajar. Despacito, escalón por escalón. Si iba a ser Elena por un mes, más valía empezar ahora.
—No soy una chica de turno —dije cuando llegué al último escalón.
Los dos se giraron. Silvina me midió de arriba abajo, con una sonrisa de víbora. Yo la medí también. Perfecta, pulida, vacía.
Nahuel no se movió. Pero vi cómo su pecho subió al respirar. Alivio.
—¿Y vos sos...? —Silvina alargó la frase, venenosa.
—Elena —dije, y me sorprendió lo firme que sonó—. La novia de Nahuel.
El silencio fue delicioso. Silvina abrió la boca, la cerró. Parecía un pez fuera del agua.
—Eso es imposible —soltó al fin, con una risa nerviosa—. Nahuel y yo... tenemos un entendimiento. Desde chicos. Nuestras familias...
—Nuestras familias pueden entender lo que quieran —la interrumpió Nahuel. Dio un paso al costado y me puso una mano en la cintura. Su palma estaba caliente contra la seda de la blusa. Fue un gesto posesivo, ensayado, pero mi piel no entendió de farsas. Se erizó entera—. Elena y yo estamos juntos. Fin de la discusión.
La mano de Silvina voló. No llegué a ver si iba a mi cara o a la de él. Nahuel la atrapó en el aire, sin esfuerzo.
—No —dijo, y esa sola palabra bastó para que el hall bajara diez grados—. Nunca más, Silvina. Conmigo no. Con ella menos.
—Vas a arrepentirte —siseó ella, zafando su mano—. Tu abuelo va a...
—Mi abuelo va a tener que aceptar que elijo yo —la cortó—. Héctor —levantó la voz—. Acompañá a la señorita Montenegro a la salida.
Héctor apareció como un fantasma. Silvina me miró con una promesa de guerra en los ojos.
—Esto no se queda así, Elena —escupió mi nombre como si fuera un insulto—. Voy a averiguar quién sos. Y cuando lo haga...
—Cuando lo hagas, invitame un café y me contás —le sonreí. No sé de dónde saqué el veneno. Quizás de los meses en la cabaña—. Debe ser interesante. Ni yo lo sé.
Se fue dando un portazo que retumbó en los tres pisos.
Nahuel no me soltó. Seguía con la mano en mi cintura, mirando la puerta como si esperara que volviera con un ejército.
—Lo hiciste bien —murmuró al fin.
—Creo que me acabo de ganar una enemiga —dije, y me di cuenta de que me temblaban las piernas.
—Te ganaste varias —me soltó, y el calor de su mano se fue con él—. Mi abuelo es la próxima. Vení.
No me llevó a la biblioteca. Me llevó a una sala pequeña, forrada en madera oscura. En la pared, un retrato enorme. Un hombre viejo, de traje, con ojos tan oscuros como los de Nahuel, pero sin nada de la tormenta que vivía en los de él. Solo cálculo frío.
—Octavio Ibarra —dijo Nahuel—. Mi abuelo.
—Se parece a vos —mentí. No se parecían en nada.
—Él diría que yo soy una versión defectuosa —Nahuel se sirvió un vaso de whisky de un mueble bar. No me ofreció—. Mirá la fecha.
Abajo del cuadro, una placa dorada: Octavio Ibarra, 1948 -.
—No hay fecha de muerte —dije.
—Porque se niega a morir hasta que yo le dé un heredero casado con la persona correcta —se tomó el whisky de un trago—. Hoy le vamos a decir que ya elegí. Y que no es Silvina.
—¿Hoy? —el pánico volvió—. Pensé que teníamos hasta el sábado.
—Silvina va a correr a contárselo ahora mismo —dejó el vaso con un golpe seco—. Mejor que lo escuche de nosotros. De vos.
Se acercó. Estaba tan cerca que veía las pintitas doradas en sus ojos oscuros. Olía a whisky, a rabia y a algo más abajo, algo que me hizo apretar los muslos.
—Cuando entremos, no hables a menos que te hablen —su voz era un susurro duro—. No lo mires directo a los ojos al principio. Es un signo de sumisión y le gusta. Dejame hablar a mí. Y si te toca... —algo oscuro le cruzó la cara—. Si te toca, yo me encargo.
—¿Me va a tocar? —el miedo me hizo sonar chica otra vez.
Nahuel me estudió. Luego, despacio, levantó una mano y me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja. No me tocó la piel. Pero el aire entre sus dedos y mi cuello, quemaba.
—No mientras yo respire —dijo—. ¿Entendiste, Elena?
Elena. Mi nombre prestado en su boca sonaba a promesa y a peligro.
—Entendí —asentí.
—Bien —se apartó—. Porque después de hoy, no hay vuelta atrás. Para ninguno de los dos.
Y abrió la puerta de la biblioteca.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓