Mi vida ya era un desastre antes de que él apareciera.
Estoy endeudada, vivo en un apartamento horrible y trabajo en una cafetería donde apenas sobrevivo y entonces llega mi nuevo vecino.
Alto, atractivo, arrogante… Y probablemente un asesino serial.
Todas las noches hace ruidos extraños, aparece cubierto de sangre y actúa como si quisiera matar a cualquiera que se acerque a mí.
Pero mientras más intento evitarlo, más comienzan a cambiar las cosas.
Sueños extraños.
Secretos ocultos.
Y una peligrosa verdad sobre mí que nunca debió despertar.
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Capitulo:03
Paso el resto de mi turno en la cafetería moviéndome como un robot automático y cada vez que la campanilla de la entrada suena, mi corazón da un vuelco, pero el vecino misterioso no regresa.
Solo se tomó su café negro y amargo en un silencio sepulcral, dejó un billete que cubre el triple de la cuenta como propina y se marchó con la misma elegancia peligrosa con la que entró sin volver a mirarme.
Cuando por fin llego a mi apartamento a las seis de la tarde, lo primero que hago es pasarle el cerrojo a la puerta, los tres cerrojos para ser exacta.
Y por si las dudas, empujo la pesada silla de madera del comedor y la trabo debajo de la manija.
—Listo.
Murmuro limpiándome el sudor de la frente.
—Ni el mismísimo Jeffrey Dahmer entra aquí.
Me preparo una sopa instantánea y me siento en la cama con mi computadora portátil.
Mi vena de investigadora del FBI (o más bien, de brechera profesional) se enciende y abro una pestaña de incógnito y empiezo a teclear en el buscador: ¿Cómo saber si tu vecino es un asesino en serie? Señales de que vives al lado de un psicópata ¿Por qué los criminales tienen ojos grises y camisas que les quedan maldita sea de bien?
Esto último no lo busco, pero lo pienso con indignación.
Los artículos de internet no ayudan a mi paz mental, dicen que los psicópatas suelen ser personas encantadoras, manipuladoras con un magnetismo increíble y que no sienten empatía.
El vecino encaja en todo, el tipo me atrapó en el aire con unos reflejos inhumanos y en lugar de preguntarme si estoy bien como una persona normal, solo me soltó una frase ronca que me eriza hasta los pelitos de la nuca: "Ten cuidado"
—Es una advertencia.
Me digo a mí misma apuntando con una cuchara el edificio frente al mío.
—Me está diciendo que tenga cuidado con él... Sabe que lo vi anoche.
Con la paranoia a tope, me acerco a la ventana y corro la cortina apenas un milímetro.
El estacionamiento está sumido en la penumbra y ell auto negro del vecino está estacionado en su lugar, pero no hay rastro de él ¿Estará adentro de su apartamento? ¿Estará limpiando el asiento trasero de su auto con cloro? ¿O estará cruzando la calle hacia ese callejón oscuro que miraba con tanta hostilidad desde la cafetería?
El cansancio físico y mental termina ganándome y cierro la computadora, me quito el uniforme con olor a café, me doy una rápida ducha y me deslizo bajo las sábanas, decidida a dormir doce horas seguidas para borrar la imagen de esos ojos grises de mi mente.
Lástima que mi subconsciente tiene otros planes.
En el momento en que me quedo dormida, el escenario cambia.
Ya no estoy en mi miserable habitación con humedad, no… Estoy en un lugar oscuro, un bosque denso y neblinoso donde el olor a tierra mojada, pinos y tormenta inunda mis sentidos.
Hace frío, pero mi cuerpo experimenta un calor abrasador que me quema desde adentro, un fuego denso que se concentra justo entre mis piernas.
De repente la niebla se disipa y aparezco de nuevo en mi apartamento, pero la puerta está abierta de par en par y él está allí.
El vecino no lleva su chaqueta de cuero; solo viste una camiseta negra ajustada que remarca cada uno de los músculos de su torso, sus ojos grises no son fríos; brillan con una intensidad salvaje casi felina, fijos en mí como un depredador que ha acorralado a su presa.
Intento retroceder, pero mis piernas no me obedecen... En realidad, no quiero moverme.
Da un paso lento hacia mí y el aire a nuestro alrededor parece encenderse, cuando está lo suficientemente cerca, siento la radiación de su calor corporal y su tamaño me eclipsa por completo obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo y sin decir una sola palabra, me acorrala contra la pared.
El contacto de su cuerpo contra el mío me arranca un gemido ahogado.
Sus manos enormes y cálidas, suben lentamente por mis muslos, levantando el borde de mi camiseta, así dejando un rastro de hormigueo eléctrico en mi piel.
—Eres mía.
Susurra su voz como un rugido bajo, vibrante, que me cala directo en los huesos.
Me toma de la barbilla con firmeza obligándome a mirarlo y entonces me besa.
Es un beso devastador, hambriento, posesivo, cargado de una urgencia que me hace perder el sentido de la realidad mientras su lengua se abre paso en mi boca con una exigencia absoluta, y yo le respondo con la misma intensidad enredando mis dedos en su cabello oscuro pegando mi cuerpo al suyo como si mi vida dependiera de ello.
Puedo sentir la dureza de su pecho, la fuerza de sus brazos sosteniéndome y sobre todo, la fricción insoportable de su pelvis contra la mía, justo donde me duele de la necesidad.
El momento se vuelve más intenso, más físico y siento cómo me eleva del suelo con facilidad obligándome a enredar mis piernas alrededor de su cintura.
Sus manos bajan a mis glúteos, apretándome contra él así rompiendo cualquier distancia mientras el calor entre mis piernas se vuelve una pulsación dolorosa y deliciosa a la vez.
Él baja sus labios a mi cuello, respirando agitado, rozando con sus dientes la piel sensible justo encima de mi clavícula, haciéndome arquear y soltar un grito de puro placer cuando sus colmillos se encajan en mi cuello.
Una descarga de energía pura sacude todo mi cuerpo y una ola de calor tan intensa que me hace flotar… Y de golpe, abro los ojos y me siento en la cama de un brinco respirando como si hubiera corrido un maratón.
El corazón me golpea en las costillas con tanta fuerza que temo que se me salga del pecho y miro a mi alrededor confundida, esperando ver al vecino en la oscuridad de mi cuarto, pero no hay nadie. La silla sigue trabada bajo la manija de la puerta y los cerrojos están intactos…
Estoy sola.
—Cielos…
Digo cubriéndome la cara con las manos calientes… Estoy ardiendo en fiebre.
Y es entonces cuando lo siento... Un escalofrío recorre mi cuerpo cuando me muevo sobre el colchón y la tela de mi ropa interior está completamente empapada, pegada a mi piel por una humedad densa y caliente que delata la intensidad de lo que acabo de experimentar en mi mente.
Mis muslos tiemblan levemente y el eco de la excitación sigue vibrando en mi vientre bajo.
Me deslizo fuera de la cama sintiéndome la persona más patética y pecadora del planeta.
—Eres una enferma, Amelia… Oficialmente una enferma.
Me regaño en un susurro caminando hacia el baño como un zombie.
—El tipo probablemente esconde extremidades humanas en su refrigerador y tú estás aquí… Teniendo sueños eróticos con él, necesitas terapia urgente.
Me lavo la cara con agua helada, intentando enfriar mis pensamientos y sobre todo, la persistente pulsación que aún siento entre mis piernas.
El sueño ha sido demasiado real, todavía puedo sentir el olor a bosque y tormenta impregnado en mi nariz y la textura de su piel bajo mis dedos…
Con un suspiro para intentar distraerme, camino descalza hacia la ventana del frente… Necesito aire frío así que corro la cortina un poco, solo para mirar el estacionamiento vacío y convencerme de que la vida real es aburrida y segura.
Pero me quedo congelada… Ahí está él.
El vecino está de pie en medio del estacionamiento oscuro, bajo la lámpara parpadeante.
Lleva la misma camiseta negra de mi sueño y no se está moviendo… Tiene la cabeza levantada, con sus ojos grises clavados directamente en mi ventana y su expresión no es de asesino; se ve profundamente perturbado, con el ceño fruncido y las manos metidas en los bolsillos, como si él también acabara de despertarse de una pesadilla... O de un sueño que sintió demasiado real.
Retrocedo un paso soltando la cortina y mi corazón vuelve a acelerarse, pero esta vez no es solo por el miedo, esta vez es de la humedad entre mis piernas vuelve a calentarse, recordándome que por muy peligroso que sea el hombre de al lado, mi cuerpo actúa de manera conciente.
AMELIA