Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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No saldría contigo
...CAPÍTULO 2...
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...ANGELA SALLES...
El olor a cartón viejo y vinilo llenaba la tienda "Dusty Grooves", un pequeño refugio subterráneo que se sentía a kilómetros de distancia de la vigilancia de mi padre. Asher se movía entre las cajas de madera con una agilidad experta, pasando sus dedos largos por los lomos de los discos, mientras yo fingía buscar algo en la sección de Jazz solo para ocultar que mis manos todavía temblaban un poco por el viaje en la moto.
Pero no era solo la adrenalina. Era la imagen de la cafetería. Sabrina Wilson y su sonrisa perfecta grabada en mi retina.
—Mira esto —dijo Asher, sacando un disco con una portada psicodélica—. Esta edición tiene un prensado audiófilo. Si lo escuchas en un buen equipo, jurarías que Gilmour está tocando en tu sala.
—Ajá, increíble —respondí, sin siquiera mirar la carátula.
Asher se detuvo y se giró hacia mí, apoyando un codo en el estante superior. Me miró con esa intensidad que siempre me hacía sentir que podía leer mis pensamientos más infantiles.
—Estás muy callada, Salles. ¿Te mareaste en la curva de Sunset o es que sigues pensando en las reglas de tu papá?
—No es eso —solté, y antes de que mi cerebro pudiera poner un filtro, la pregunta salió disparada—: ¿Quién es Sabrina Wilson?
Asher arqueó una ceja y una chispa de diversión maliciosa se encendió en sus ojos. Soltó una risa seca, de esas que te hacen querer lanzarle el disco más pesado que encuentres.
—Vaya, vaya... ¿así que la princesa estuvo tomando notas en el almuerzo? —se burló, acercándose un paso—. No sabía que mi vida social fuera tan fascinante para ti. ¿Esos son celos lo que huelo, o es solo el polvo de los discos?
—No son celos, Asher. Es curiosidad... —mentí, cruzándome de brazos—. Parecían muy cómodos para ser "compañeros de clase".
Él suspiró y su expresión se relajó un poco, aunque no soltó su sonrisa de suficiencia.
—Es mi exnovia —soltó con una naturalidad que me dio un vuelco al estómago—. Terminamos hace un tiempo. Yo pensaba que todavía me odiaba a muerte, pero al parecer tiene planeado volver conmigo. O eso fue lo que pude captar de su "charla motivacional" en la cafetería.
—¿Y por qué te odiaría? —insistí, ignorando la parte de "volver con él" que me estaba dando náuseas—. ¿Qué le hiciste?
Asher se encogió de hombros, restándole importancia, pero su mirada se volvió cerrada, casi impenetrable.
—Es algo privado entre ella y yo, Ángela. Creo que es mejor que no sepas mucho de eso —respondió, y por un segundo, esa sonrisa de labios apretados y mirada fría me recordó por qué mi padre le tenía tanto miedo.
—Seguro fuiste un imbécil con ella —ataqué, molesta por el muro que acababa de levantar.
—¿Y por qué seguimos hablando de mi ex? —replicó él, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude oler el rastro de cuero y menta que siempre lo acompañaba—. ¿De verdad estás tan celosa o es que te interesa saber los detalles porque yo te intereso más de lo que admites?
Sentí que mi cara ardía. Mi pulso se aceleró y retrocedí hasta chocar con el estante de música clásica.
—¡Ya quisieras! —exclamé, tratando de recuperar mi dignidad—. ¡Ni aunque fueras el último hombre sobre la faz de la tierra me metería contigo! Eres un ser fastidioso, arrogante y... y... ¡insoportable!
Asher no se inmutó. Al contrario, se inclinó un poco más hacia mí, atrapándome con sus brazos apoyados a cada lado de mis hombros en el estante. Su rostro estaba a centímetros del mío.
—Dilo todas las veces que necesites para convencerte, Salles —susurró con una voz que me erizó la piel—. Pero llevas mi collar puesto ahora mismo. Y te escapaste de tu mansión blindada solo para estar aquí, con este "ser fastidioso".
Me quedé sin palabras, atrapada entre su lógica aplastante y la forma en que sus ojos bajaron un segundo hacia mis labios. El aire en la tienda se sintió de repente muy escaso.
Estaba segura de que él iba a acortar esos últimos centímetros. Podía sentir el calor que desprendía de él y la intensidad de su mirada fija en la mía. Cerré los ojos por un microsegundo, con el corazón martilleando contra mis costillas, esperando... algo.
Pero lo que recibí fue un golpe de realidad.
Asher se apartó de golpe, rompiendo la burbuja de tensión con una brusquedad que me hizo trastabillar contra el estante de música clásica. Se metió las manos en los bolsillos y recuperó esa expresión de aburrimiento letal, como si lo que acababa de pasar no hubiera significado nada.
—Pero no te ilusiones, Salles —soltó con una frialdad que me dejó helada—. No me gustan las niñas como tú.
Abrí la boca, procesando el insulto antes de que la indignación me hiciera reaccionar. El rubor del nerviosismo se convirtió rápidamente en el rojo vivo de la furia.
—¿Cómo "como yo"? ¿Qué se supone que significa eso? —le espeté, dando un paso hacia él, esta vez sin miedo.
Asher me recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en mi uniforme impecable y luego en el dije de plata que él mismo me había regalado.
—Significa que eres una "niña de papá" —respondió, arrastrando las palabras con desdén—Vives en una burbuja de cristal, con guardaespaldas y un padre que me cortaría la cabeza si te despeino. No me interesa meterme en esos líos, créeme. No vale la pena el drama.
—¡Yo no pedí mi vida, Collins! ¡Y me escapé para estar aquí! —le recordé, sintiendo un nudo de humillación en la garganta.
—Y eso fue muy valiente de tu parte —se burló, recuperando su tono sarcástico—. Pero no te equivoques. No confundas las cosas, Ángela. Solo me caes bien porque eres la única persona en ese instituto que me da pelea todos los días y no se asusta de mi actitud. Eres muy entretenida y paso ratos agradables contigo, nada más.
Me quedé de piedra. Sus palabras dolieron más que cualquier regaño de mi papá. Me sentí pequeña, ridícula por haber pensado que el collar o la invitación a la tienda de discos significaban que había visto algo más en mí. Para él, yo solo era un juguete interactivo para matar el aburrimiento.
—Eres un imbécil —le dije, con la voz temblorosa de pura rabia—. Un imbécil arrogante que se esconde detrás de su actitud arrogante porque le da pánico que alguien lo conozca de verdad.
—Puede ser —respondió él, dándose la vuelta para dirigirse a la salida—. Pero soy el imbécil que tiene la moto para devolverte a tu castillo antes de que tu papá llame a la policía. Vamos, se te acaba el tiempo de recreo.
Salí de la tienda detrás de él, sintiendo que el collar de la "A" me pesaba como si fuera de plomo. Lo odiaba. Realmente lo odiaba. O al menos, eso fue lo que intenté repetirme mientras me subía a la moto, evitando a toda costa que mis brazos lo apretaran más de lo estrictamente necesario para no caerme.
El viento de la tarde golpeaba mi rostro, pero esta vez no se sentía como libertad; se sentía como una bofetada constante.
Apreté los puños sobre mis propios muslos, evitando tocar su cintura. Me mantenía en equilibrio por puro instinto, con el cuerpo rígido y el corazón blindado por una rabia que me quemaba el pecho.
Cuando finalmente giró en la esquina del callejón trasero del instituto, el chirrido de los neumáticos contra el asfalto anunció el final de mi "recreo". Asher detuvo la moto y, antes de que el motor terminara de apagarse, yo ya estaba desabrochando el casco con movimientos bruscos y torpes.
Me bajé de un salto, sintiendo el suelo firme bajo mis pies, y le puse el casco sobre el asiento con un golpe seco.
—Salles... —comenzó él, quitándose su propio casco y sacudiendo su cabello oscuro. Su tono ya no era tan burlón; había una nota de duda, quizá un rastro de remordimiento que no se atrevía a salir del todo.
No le di la oportunidad de terminar. No lo miré. Me di la vuelta y empecé a caminar hacia la puerta de carga del gimnasio con pasos rápidos y decididos.
—¡Oye! —gritó él a mis espaldas—. ¿Ni siquiera un "gracias por el paseo"?
Me detuve en seco, pero no me giré. La rabia me dio la fuerza necesaria para mantener la voz fría.
—Gracias por recordarme quién eres, Asher —solté, sin mirarlo—. No te preocupes, no volveré a causarte "líos". Me queda claro que el drama de una niña de papá es demasiado para alguien tan... profundo como tú.
Entré al edificio y cerré la pesada puerta de metal detrás de mí, dejando a Asher y su arrogancia del otro lado.
Caminé por los pasillos ahora casi vacíos, buscando la salida principal donde el SUV negro me esperaba. Me toqué el cuello y sentí el collar. Estuve a punto de arrancármelo y lanzarlo al primer basurero que encontrara, pero me detuve. No le daría el gusto de saber que me había afectado tanto.
Subí al coche y el chofer me miró por el retrovisor.
—¿Todo bien, señorita Ángela? Se demoró un poco más de lo habitual.
—Todo perfecto, Marcus —respondí, mirando fijamente por la ventana mientras el coche arrancaba—. Solo estaba terminando de entender una lección de historia.
Mientras nos alejábamos del instituto, vi por el cristal a un chico en una motocicleta salir disparado en dirección contraria. Decidí que, a partir de mañana, Asher volvería a ser exactamente lo que él quería: un desconocido insoportable.
Al otro día en la mañana me puse el uniforme con una determinación casi militar. No me puse el collar. En su lugar, lo guardé en el fondo de un cajón, bajo un montón de calcetines, como si al esconder el objeto pudiera esconder también el vacío que sentía en el pecho.
Al llegar al instituto, mi objetivo era claro: ser un fantasma para Asher.
—¡Ángela! ¡Espera! —Sarah me alcanzó en la entrada, prácticamente trotando para seguirme el paso—. Oye, ayer desapareciste. ¿Qué pasó? ¿Fuiste a la tienda? ¿Hubo beso? ¿Hubo drama? ¡Habla ya!
—No pasó nada, Sarah —respondí con una voz tan plana que hasta a mí me asustó. Abrí mi casillero y empecé a meter libros con una fuerza innecesaria—. Solo me di cuenta de que soy una idiota. Una idiota completa por pensar que él tenía el mínimo interés en mí.
Sarah se quedó con la boca abierta, procesando mis palabras. De repente, una sonrisa traviesa cruzó su cara, aunque sus ojos mostraban preocupación.
—Espera... ¿acabas de admitir que te gusta? —susurró, inclinándose hacia mí.
—Dije que era una idiota —corregí, cerrando el casillero de un portazo—. Ya no. O sea, sí, quería ser su amiga, intentar ver qué había detrás de esa máscara de chico rudo por si en algún momento surgía algo... pero él no sé qué quiere de mí. Bueno, en realidad sí lo sé: entretenimiento.
Empezamos a caminar hacia clase de Literatura. En el pasillo, vi a Asher apoyado en la pared, hablando con un chico de su año. En cuanto me vio, se enderezó y su mirada se clavó en mi cuello, buscando el collar que ya no estaba ahí. Sus cejas se juntaron un poco, confundido.
—Es obvio, Sarah —continué, ignorando deliberadamente la presencia de Asher mientras pasábamos a centímetros de él—. Considerando el historial de chicas de segundo año que lo persiguen a pesar de su mala actitud, yo no tengo nada de especial. Él tiene razón: todavía soy una niñita. Mínimo creerá que soy como su hermanita y le parece divertido jugar a que somos iguales.
—Salles —escuché su voz detrás de mí.
No me detuve. Ni siquiera pestañeé.
—¡Ángela! —volvió a decir, esta vez más cerca.
Seguí hablando con Sarah como si estuviéramos discutiendo el clima.
—¿Ves? Es un fastidio —le dije a mi amiga, quien miraba hacia atrás con los ojos como platos—Pero ya me cansé. A partir de hoy, Asher es solo un ruido de fondo.
Asher se adelantó y se puso frente a nosotras, obligándonos a parar. Se veía diferente: no tenía esa sonrisa de superioridad. Parecía... molesto, pero de una forma nerviosa.
—Te estoy hablando —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Dónde está el collar? Y no me digas que se rompió, porque sé que mientes fatal.
Miré a Sarah, luego miré mi reloj, y finalmente miré a Asher como si fuera un poste de luz que me estorbaba el camino.
—¿Me decías algo, Sarah? Ah, sí, que la clase de hoy es en el aula 4B. Vamos, no quiero llegar tarde.
Pasé por su lado, rozando su hombro sin darle ni una pizca de importancia. Pude sentir su mirada quemándome la nuca, cargada de una confusión que empezaba a transformarse en desesperación.
Asher me tomó del antebrazo antes de que pudiera dar un paso más. No fue un agarre brusco, pero sí lo suficientemente firme como para obligarme a mirarlo. Sus ojos buscaban los míos con una intensidad que casi me hace flaquear.
—¿Estás enojada por lo que dije ayer en la tienda? —soltó, y por primera vez lo escuché sonar... ¿arrepentido? No, era más bien desconcierto—. Si es así, lo siento, ¿vale? La verdad no pensé que te fueras a ofender tanto por eso.
Solté un suspiro largo, sintiendo cómo la mirada de todos en el pasillo se clavaba en nosotros. Sarah se alejó unos pasos dándome espacio, pero su cara de "no puedo creerlo" lo decía todo.
—Aquí no, Asher —le dije en voz baja—. Ven conmigo.
Caminamos en silencio hasta el salón de audiovisuales. Cerré la puerta y me giré hacia él, cruzándome de brazos.
—Fuiste muy grosero ayer —le solté directamente—. No es solo lo que dijiste, es cómo lo dijiste. Como si fueras superior a mí solo por tener un par de años más y una actitud de "el mundo me debe algo".
Asher se apoyó contra una de las mesas de edición, metiendo las manos en los bolsillos. Me miró de arriba abajo con esa sonrisa ladeada que tanto me irritaba.
—O sea... ¿te ofendiste porque te dije que no saldría contigo? —preguntó con un tono que bordeaba la burla—. ¿O fue porque te dije "niñita"?
Sentí que el calor me subía a las mejillas. Mis manos empezaron a sudar y las apreté contra mis costados.
—No es por lo de salir conmigo —mentí, aunque la voz me tembló un poco—. Además... ¿por qué sería algo malo? Ni que fueras el premio mayor.
Él dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio personal de nuevo. Sus ojos se entrecerraron, analizándome con una precisión quirúrgica que me ponía los pelos de punta.
—¿Te gusto, Salles? —preguntó directamente, sin anestesia—. Porque si no me quisieras para algo más, ¿por qué eso debería irritarte tanto? A nadie le importa la opinión de alguien que no le interesa.
Me quedé helada. La arrogancia de sus palabras era como una bofetada, pero la peor parte era que tenía un punto.
—¡No seas tan arrogante, Asher! —respondí, quizás demasiado rápido—. No me gustas. En serio, no te creas tanto. Simplemente me irrita que me subestimes. Me irrita que me encasilles como una "niña de papá" que no sabe nada de la vida.
Asher guardó silencio, mirándome de una forma que no supe descifrar.
—Me irrita que creas que puedes darme lecciones sobre lo que vale la pena y lo que no —añadí, ganando confianza—. Así que guárdate tus disculpas.
Asher suspiró, pasó una mano por su cabello y, por primera vez, la armadura de chico rudo se le agrietó por completo. Me miró a los ojos, pero esta vez no había burla, solo una honestidad brutal que me dejó sin aire.
—Mira, Salles... —empezó, bajando el tono de voz—. Dije eso no porque no seas linda. La verdad es que eres una chica muy interesante, mucho más de lo que admito.
Me quedé helada. Mi corazón dio un vuelco violento contra mis costillas.
—Pero... no quiero tener un noviazgo por ahora —continuó, dando un paso hacia atrás como si necesitara marcar distancia—. O sea, sí, básicamente te estoy confesando que me gustas. Pero no saldría contigo. Tu papá me odia, eres muy ingenua en muchas cosas y, honestamente, no creo que yo sea una buena influencia para ti. Soy un desastre, Ángela, y tú tienes un mundo perfecto esperándote.
Sentí que mi cara se encendía hasta alcanzar el color de un tomate maduro. Mis manos empezaron a temblar y no supe qué responderle. ¿Me acababa de confesar que le gustaba y me estaba rechazando en la misma frase? Era la contradicción más exasperante de la historia.
—Podemos ser solo amigos —añadió él, tratando de recuperar un poco de su tono casual—. Como hemos sido hasta ahora. Me gusta nuestra dinámica; me gusta que me retes todo el tiempo y que no te calles nada. Me divierte. Quedémonos con eso, ¿vale?
Iba a abrir la boca para decirle que no era una "ingenua" y que él no tenía derecho a decidir qué era bueno para mí, cuando el sonido de la puerta abriéndose nos hizo saltar a ambos.
—¿Asher? Sabía que estabas aquí —la voz de Sabrina Wilson llenó el ambiente.
Ella entró al salón con esa seguridad que me hacía sentir de diez años. Miró a Asher con una sonrisa coqueta y luego me barrió a mí con una mirada cargada de condescendencia, deteniéndose apenas un segundo en mis mejillas encendidas.
—Perdón, ¿interrumpo algo importante? —preguntó Sabrina, aunque su tono decía claramente que no le importaba—. Asher, quedamos en que me ayudarías con lo del proyecto de fotografía antes de la siguiente clase. Vamos.
Asher me lanzó una última mirada, una mezcla de disculpa y alivio por haber sido "rescatado" de la conversación, y se encogió de hombros.
—Te veo luego, Salles —dijo, antes de seguir a Sabrina fuera del salón.
Me quedé ahí parada, sola en la penumbra del aula, con el eco de su "me gustas" rebotando en mi cabeza y la imagen de él yéndose con su exnovia quemándome la vista. Me sentía humillada, confundida y, sobre todo, furiosa.
El resto de la mañana fue un torbellino de pensamientos. La confesión de Asher seguía martilleando en mis sienes:
“Me gustas, pero no saldría contigo.”
¿Quién se cree que es?
En el descanso de la segunda clase, busqué a Asher cerca de los casilleros. Sabrina no estaba a la vista, gracias al cielo.
—Acepto —le dije, deteniéndome frente a él con una sonrisa que practiqué frente al espejo del baño—. Tienes razón, ser amigos es mucho más divertido. No hay dramas, no hay expectativas y puedo salir con quien quiera sin dar explicaciones. Es el plan perfecto.
Asher me miró entrecerrando los ojos, buscando la trampa, pero solo se encogió de hombros con esa suficiencia suya.
—Me alegra que seas razonable, Salles —respondió antes de irse.
Minutos después, arrastré a Sarah a las gradas del campo de fútbol. Necesitaba la verdad. Necesitaba saber por qué todo el mundo hablaba de él como si fuera material radiactivo.
—Sarah, necesito que me cuentes todo —solté sin anestesia—. ¿Qué pasó realmente con Sabrina?
Sarah suspiró, acomodándose el cabello. Me miró con lástima y frustración.
—Cierto que eres nueva en este nido de víboras, Ángela. A ver, te actualizo: Asher y Sabrina eran la pareja "it" de segundo año, pero terminó fatal. Hubo gritos, rumores de infidelidad por parte de ella y un colapso total de Asher que casi lo hace expulsar por una pelea. Por eso te decía que te alejaras; el tipo es un imán de caos. Aunque... —hizo una pausa, frunciendo el ceño— es la primera vez que lo veo tan interesado en alguien. No se quita los auriculares por cualquiera.
Sentí un pequeño triunfo en el pecho, pero se desvaneció cuando recordé la charla del salón.
—Él siente algo por mí —le susurré—. Se me confesó en la sala de audiovisuales.
—¡¿De verdad?! —Sarah casi se cae de la grada, abriendo los ojos como platos—. ¡Ángela, eso es…!
—Pero me dijo que no quiere una relación —la interrumpí rápido—. Que prefiere que seamos amigos y sigamos con nuestra dinámica de peleas. Dice que soy ingenua y que no es buena influencia.
Sarah se quedó callada, mirándome como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—¿En serio te dijo eso? —preguntó incrédula—Me imagino que le dijiste que se fuera al infierno y lo trataste de idiota, ¿no?
—No...no fue así. Acepté el trato —respondí encogiéndome de hombros—. No le veo nada de malo. Al menos así puedo estar cerca.
Sarah se llevó las manos a la cabeza, soltando un grito ahogado.
—¡Ángela! ¿Cómo que no le ves nada de malo? Por favor, según lo que me has dicho, ¡ni siquiera has dado tu primer beso! Y piensas ser "amiguita" de Asher... ¿Eres consciente de lo que eso significa para él?
—No entiendo a qué te refieres, Sarah. Solo somos amigos que se llevan bien —dije, sintiéndome repentinamente pequeña.
Sarah se inclinó hacia mí, bajando la voz al nivel de los secretos peligrosos.
—Ángela, abre los ojos. Desde que terminó con Sabrina, Asher ha estado teniendo "relaciones no exclusivas". Ya sabes... tipo: tenemos intimidad, salimos por ahí un rato, pero nada formal, nada de etiquetas, seguimos siendo "amigos". Lo ha hecho con varias chicas, incluso de otros institutos. Te dije que es raro porque finge que no le gusta interactuar con nadie y se las da de intelectual profundo, pero en realidad es un imbécil que solo busca lo que le conviene sin comprometerse.
El mundo pareció detenerse por un segundo. La imagen de Asher, el chico que me regaló un collar con mi inicial y me enseñó sus discos vintage, se mezcló con la imagen de un tipo que coleccionaba momentos vacíos con chicas que no le importaban.
—¿Él cree que yo voy a ser una más de esas? —pregunté, con la voz apenas audible.
—Él cree que puede tenerte cerca, disfrutar de tu compañía y de tu "fuego", como dicen los chicos, pero sin tener que enfrentarse a un noviazgo real —sentenció Sarah—. Te lo advierto, Angela: ser "amiga" de un chico como Asher es como jugar con cerillos en una gasolinera. Te vas a quemar antes de que te des cuenta.
El torbellino de información de Sarah me dejó con los oídos zumbando. ¿Asher tenía ese tipo de relaciones? ¿"Amigos con derechos"? La idea me revolvía el estómago. No podía imaginarme a ese chico que me hablaba de la profundidad de las canciones vintage siendo tan... vacío. Pero, por otro lado, yo era la nueva. No conocía el historial de nadie, y en este instituto, las paredes hablaban más que las personas.
Iba caminando por el pasillo central, absorta en mis pensamientos y apretando las correas de mi mochila, cuando de repente sentí que chocaba contra un muro de hormigón.
—¡Oh! Lo siento mucho, no te vi —dijo una voz masculina, profunda y amable.
Casi pierdo el equilibrio, pero unos brazos fuertes me sostuvieron por los hombros un segundo antes de soltarme con respeto. Alcé la vista y me encontré con un chico que parecía sacado de un catálogo de ropa deportiva. Llevaba la sudadera azul y dorada del equipo de fútbol americano y una sonrisa que irradiaba una confianza muy distinta a la de Asher; esta era cálida, no desafiante.
—No, perdón, iba distraída —respondí, acomodándome el cabello.
Él me miró con curiosidad, ladeando la cabeza. Sus ojos eran claros y amigables.
—Eres nueva, ¿verdad? Juraría que no te había visto por aquí, y suelo recordar las caras... interesantes.
—Sí, soy de primer año. Me mudé hace poco —contesté, tratando de recuperar mi compostura.
—Mucho gusto, entonces. Soy Christian Maddox, capitán del equipo de fútbol. Estoy en segundo —se presentó, y por un momento noté un ligero rastro de nerviosismo en su voz, algo extraño en alguien con su físico—. Bienvenida al instituto, de verdad. Es un lugar intenso, pero se sobrevive.
—Gracias, Christian. Soy Ángela.
Él asintió, jugando un poco con el cordón de su sudadera antes de lanzarse.
—Oye, Ángela... este viernes voy a dar una fiesta en mi casa. Es sobre todo para la gente de segundo, pero me encantaría que fueras. Sería una buena forma de que conozcas a más personas fuera de las clases. ¿Qué dices?
En ese preciso momento, vi por el rabillo del ojo una silueta conocida. Asher estaba al final del pasillo, apoyado contra los casilleros. No tenía los auriculares puestos. Nos estaba mirando fijamente, con la mandíbula apretada y una expresión que no logré descifrar, pero que definitivamente no era de "solo amigos".
Recordé lo que él me había dicho: ingenua, niña de papá, no quiero una relación. Y luego lo que dijo Sarah sobre sus "amiguitas".
Miré de nuevo a Christian, que seguía esperando mi respuesta con una sonrisa esperanzada. Era el capitán del equipo, era amable y, sobre todo, era el polo opuesto al caos que representaba Asher.
—Me encantaría ir, Christian —dije, elevando un poco la voz para asegurarme de que el eco llegara hasta el final del pasillo—. Suena genial.
—¡Perfecto! Pásame tu número y te envío la ubicación —dijo Christian, sacando su teléfono con entusiasmo.
Mientras anotaba mi número, sentí la mirada de Asher quemándome la nuca. Si él quería ser solo mi amigo y pensaba que yo me quedaría esperando en un rincón mientras él hacía lo que quería, estaba muy equivocado. La "niña de papá" acababa de conseguir una invitación a la fiesta más exclusiva de segundo año, y pensaba aprovecharla.