Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 3: Vanidad
Maximiliano, que ya estaba cansado de esa chica tan insoportable, alzó la mirada y dejó escapar una risa sonora ante aquella invitación.
—Jajaja… bailar con usted sería como complicarse la noche sin necesidad —contestó, aparentando total indiferencia, aunque por dentro se preguntaba por qué no la ignoraba de una vez.
Pamela sonrió con evidente falsedad para no darle el gusto de verla molesta.
—Ja… ja… —repitió su risa de forma burlona, en una versión más baja y medida de la que él había soltado antes—. Debería aceptar mi invitación, así demuestra que no vive solo de palabras.
—Tiene una forma extraña de mostrar indiferencia —dijo serenamente—, pero está bien, acepto su invitación, para que no siga insistiendo.
Pamela se molestó todavía más, ya que acercarse a ese viejo e insistirle le resultaba desagradable. No lo hacía por gusto, sino para ejecutar su plan.
Finalmente, juntos salieron hacia la pista de baile, justo cuando comenzó a sonar “At Last” de Etta James, una canción clásica para bailar en pareja.
Mientras seguían el ritmo, al tocarse las manos sintieron algo extraño, pero lo pasaron por alto. De inmediato retomaron su tensión habitual y comenzaron a provocarse.
A lo largo del baile, la música cambió varias veces. Desde sus mesas, los observaban intrigados, notando que aquello ya no era solo un baile, sino un reto.
Pamela, con el orgullo intacto, no tardó en hablar.
—Soy experta en baile, a ver si puede seguirme el ritmo en esta pista de baile —dijo, segura, pensando que era la oportunidad perfecta para hacerlo quedar mal como había planeado.
—Perfecto… veamos qué tan experta es —contestó con serenidad, aunque internamente se reprochó seguirle el juego; aun así, se quedó para ver hasta dónde llegaba ella.
Entonces mandó poner bachata. Al sonar el ritmo, lo miró de reojo.
“Está claro que este viejo no sabe esto… va a quedar en ridículo” pensó con burla.
Para su sorpresa, Maximiliano siguió el ritmo sin dificultad. No solo no se quedaba atrás, sino que respondía con la misma precisión, haciendo que el baile se volviera aún más intenso.
La música siguió cambiando y ellos continuaron bailando, uno intentando dominar al otro. Pamela empezó a cansarse poco a poco, pero no quería detenerse; su intención era dejarlo en ridículo.
Con cada canción, él seguía bailando con total seguridad, mientras ella comenzaba a quedarse sin aire. En el último baile, su cansancio ya era evidente y Pamela se mostró molesta.
“No, no voy a quedar mal con este viejo…” pensó obstinada.
De pronto, una idea cruzó su mente. En un giro, le pisó el pie intencionalmente para hacerlo perder el equilibrio.
Pero enseguida rió, disimulando perfectamente, y los fotógrafos registraron la escena en el instante exacto.
Maximiliano sintió el golpe en el pie y se detuvo apenas un instante. Después levantó la vista hacia los fotógrafos con una calma fría, como advirtiéndoles que ni se les ocurriera usar esa imagen.
—Lo siento, viejo… al final sí resultó saber bailar —soltó Pamela con una risa burlona—. Que tenga buena noche y perdón —y salió con su amiga, sintiéndose triunfante.
Las risas estallaron, y a Maximiliano se le ensombreció el rostro, claramente molesto.
—No creas que esto termina aquí —murmuró, porque no pensaba quedarse con la última humillación.
Se unió a sus amigos, que reían con ganas, y comenzaron a hablar animadamente sobre lo sucedido.
—¡No puedo creer lo que pasó en la pista! —dijo uno.
—Con Maxi no es cualquiera, ¿eh? —comentó otro, todavía divertido.
—Pero igual ella lo puso a prueba desde el inicio —agregó uno más.
—Se notaba la tensión entre los dos, eso no era un baile normal —dijo otro, riéndose.
—Claro que no, eso parecía más una competencia que otra cosa —agregó otro de los amigos.
—¡Eso no fue un baile, fue una guerra! —dijo otro.
—Y ninguno quería perder, eso era evidente —dijo uno de los amigos, riéndose—, hasta que llegó el pisotón… y desempató la guerra.