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La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

La Hechicera Que Reencarnó En El Siglo XXI

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Magia / Superpoder
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La primera vez que me defendió.

Los días siguientes al incidente del fuego fueron extraños. La dirección del colegio explicó lo sucedido como un fallo grave en el sistema eléctrico, un cortocircuito que había provocado las llamas, y nadie cuestionó demasiado la versión oficial. Alexandro se había encargado de que todo quedara en eso, usando esa capacidad suya de moverse entre las personas, de convencer, de calmar las aguas, esa habilidad silenciosa que siempre tenía para arreglar lo que yo desordenaba.

Pero yo me sentía diferente. Ya no caminaba por los pasillos con esa altivez absoluta, esa sensación de que todo el mundo estaba ahí para servirme y admirarme. Ahora, me daba cuenta de que muchos me miraban de reojo, con curiosidad, con respeto, pero también con esa distancia que se le pone a lo que no se entiende. Y, para ser sincera, me gustaba tener a Alexandro pegado a mí, caminando a mi lado, con esa tranquilidad suya que me servía de escudo.

Santiago seguía ahí, sí. Seguía siendo amable, seguía diciéndome cosas bonitas, seguía comportándose como el príncipe perfecto. Pero después de todo lo que habíamos hablado, después de la discusión, después de que él me sostuviera entre las llamas… yo veía a Santiago de otra forma. Veía su elegancia, su dinero, su encanto… pero veía también que todo eso era una capa fina, brillante y bonita, pero vacía por dentro. No tenía historia. No tenía peso. No tenía esa profundidad infinita que tenía Alexandro.

Una tarde, al salir del instituto, decidí que quería caminar un poco. El aire estaba fresco, el sol se estaba poniendo y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa por llegar a casa, ni por tener lujos, ni por nada. Solo quería caminar, disfrutar de la luz del atardecer y de la compañía de Alexandro. Santiago se había tenido que ir antes por un asunto familiar, así que estábamos solos, tal como me gustaba.

Íbamos charlando despacio, hablando de cosas sin importancia, riendo un poco de mi estupidez al haber provocado aquel incendio, cuando tomamos un atajo por una calle menos transitada, una zona un poco más alejada de las avenidas principales, donde las casas son más viejas y hay menos gente vigilando.

Y ahí fue donde pasó.

De repente, tres chicos salieron de detrás de un callejón, cortándonos el paso. No eran estudiantes de nuestro colegio. Se notaba por la ropa, por la actitud, por esa agresividad que se respiraba en el aire. Eran mayores, o al menos más grandes, más anchos, con esa pinta de quienes se creen dueños de la calle y de quienes se aprovechan de cualquiera que parezca débil o que tenga algo que valga la pena.

Se pararon delante de nosotros, bloqueando el camino, sonriendo con esa sonrisa fea y burlona que tanto odio. Me miraron de arriba abajo, y vi cómo sus ojos se detenían en mi ropa, en mis accesorios, en el reloj que llevaba en la muñeca, en el bolso que colgaba de mi hombro. Para ellos, yo no era una hechicera antigua, ni la dueña de poderes inmensos, ni alguien que había vivido mil vidas. Para ellos, yo era simplemente una niña rica, una niña mimada, frágil, llena de cosas caras y acompañada de un chico que, a su lado, parecía delgado, tranquilo y totalmente inofensivo.

—Mira nada más lo que ha salido a pasear por aquí —dijo el más alto, con voz ronca y lenta, acercándose un paso—. Dos muñequitos de porcelana que se han perdido por el barrio equivocado.

El de al lado soltó una risa áspera y señaló mi bolso. —Sí, se nota que vienen de otro lado. Todo brillante, todo limpio… todo caro. Oye, princesa, seguro que lo que llevas ahí dentro vale más de lo que ganamos nosotros en un mes. Y ese reloj… y esos pendientes.

Me puse rígida. Sentí cómo la rabia empezaba a subirme por la garganta, esa rabia antigua y poderosa que despierta cuando alguien se atreve a hablarme así, a mirarme así, a tratarme como si fuera algo que pueden tomar o romper. Mis dedos se curvaron ligeramente, preparándose para llamar a mi magia, para hacer que el suelo se moviera, para hacer que las farolas cobraran vida, para hacer que se arrepintieran de haber cruzado mi camino.

Yo podía haberlos destruido en un segundo. Podía haber hecho que el aire se volviera pesado como el plomo, que el suelo se abriera o que el fuego apareciera de nuevo. Podía haberlos dejado tirados, asustados, sin saber qué había pasado. Pero antes de que yo pudiera dar un solo paso, antes de que yo pudiera soltar un solo gramo de mi poder, Alexandro se movió.

Se deslizó suavemente, rápido y silencioso, y se paró delante de mí. Solo un paso. Un solo paso que lo puso entre ellos y yo, una barrera viva, firme y absoluta. Ya no estaba relajado. Ya no tenía esa calma tranquila de cuando caminábamos. Su postura cambió, se hizo más alta, más rígida, más peligrosa. Sus manos, que siempre llevaba en los bolsillos o relajadas a los lados, se cerraron en puños apretados. Y cuando habló, su voz ya no era la voz suave y cariñosa de siempre. Era una voz profunda, oscura, cargada de autoridad y de una fuerza que no venía de los músculos, sino de siglos de existencia.

—Aléjense —dijo él. Solo eso. Dos palabras. Pero dichas con tal peso, con tal certeza, que incluso yo, detrás de él, sentí un escalofrío.

Los chicos se rieron. No se asustaron. Para ellos, seguía siendo el chico delgado y tranquilo. —¿O qué, niñato? —dijo el tercero, el más bajo pero el más ancho, dando un paso amenazante hacia él—. ¿Te crees muy valiente por defender a tu amigüita? Mejor apártate y déjanos ver qué lleva. No queremos hacerte daño, pero si te pones en medio…

Alexandro no se movió. No dio ni un paso atrás. Se quedó allí, plantado como un árbol viejo, como una montaña, algo que no se mueve ni se cae por mucho viento que sople. Y lo que pasó después fue tan rápido que apenas pude seguirlo con la vista.

Cuando el chico más grande levantó la mano para empujarlo, para apartarlo de un golpe brusco, pensando que caería fácilmente, Alexandro se movió. Fue un movimiento fluido, económico, perfecto, como si lo hubiera hecho mil veces. Y lo había hecho. Lo había hecho en guerras antiguas, en tierras lejanas, en tiempos donde la fuerza física era necesaria para sobrevivir.

Atrapó la muñeca del chico con una mano, con una fuerza sorprendente, apretando lo suficiente para detenerlo en seco, y con la otra mano le dio un golpe seco y preciso en el costado, justo en el punto exacto donde el cuerpo pierde el equilibrio. Con un giro suave, empujó al muchacho hacia atrás, haciéndolo tropezar y caer pesadamente al suelo, sin herirlo de gravedad, pero dejándolo claro: él no era lo que parecía.

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😍Jacky😘💓✨
es prepotente, engreída e inmadura, tenía que nacer en una familia pobre para que valorará todo y ser más humilde.. tiene que aprender😏
Nadezhda
Inmadura
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