En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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2°
...Alexei Morózov...
Apoyé los codos sobre el escritorio de caoba, entrelazando los dedos mientras contemplaba la espectacular panorámica de San Petersburgo a través del ventanal de piso a techo. Desde el piso veintiséis de la torre corporativa, los autos abajo parecían hormigas y las aguas del río Nevá reflejaban el gris plomizo del cielo. Tenía una tableta en la mano izquierda, pero mis ojos no estaban puestos en los graficos de rendimiento financiero de la empresa. Estaban fijos en la solicitud de pasantía de una estudiante de ingeniería.
Sus notas eran perfectas, impecables, el tipo de promedio que cualquier empresa de Silicon Valley rogaria por tener. Sin embargo, lo que me había hecho detener el pulso no eran sus calificaciones en física cuántica o desarrollo de software. Era su respuesta al cuestionario obligatorio de admisión.
Esbocé una sonrisa fria, releyendo por quinta vez las líneas manuscritas en formato digital.
—Esta universitaria tiene agallas —comenté sin apartar la vista de la pantalla—. Cree que sabe más que nosotros. Cree que puede juzgarnos.
Al otro lado del escritorio, Nikolai, mi mano derecha, mi Brat (hermano) de armas y el único hombre en toda Rusia en quien confiaba mi vida, soltó una carcajada ronca mientras se servía un poco de agua.
—Por esa respuesta exacta le diste la pasantia, Alexei —me recordó, acomodándose el saco gris a medida—. Ha sido la única postulante en los últimos cinco años que tuvo la honestidad de llamarnos monopolio invasivo en la cara, en lugar de arrastrarse e intentar impresionarte con elogios corporativos baratos.
No podía negarlo. Estaba harto de los lambiscones que temblaban al escuchar el apellido Morózov. La honestidad brutal era una anomalia en mi mundo, una mercancía extremadamente cara.
—¿Tienes su expediente completo? —pregunté, dejando la tableta de lado.
Nikolai se puso de pie, cruzó el despacho con pasos firmes y depositó una carpeta de cuero azul con el logotipo grabado en relieve de Techno Tecnológik Morózov sobre mi mesa.
—Isabella Conti Ivanov —recitó Nikolai de memoria mientras yo abría la carpeta—. Veintidós años. Hija única. Originaria de San Petersburgo. Madre italiana, padre ruso. Soltera desde hace tres años; su última relación fue un noviazgo universitario irrelevante,de meses, su mejor amiga es Elena Varga, la otra pasante que aceptamos. Diseñó dos proyectos independientes de redes neuronales adaptativas que ganaron el primer lugar en la Feria Tecnológica de la Federación Rusa.
Me quedé mirando la delgada hoja de papel. El informe terminaba ahí.
—¿Eso es todo? —alcé una ceja, buscando más páginas que no existían.
—Es todo lo que hay —respondió Nikolai, cruzandose de brazos con un destello de intriga en los ojos—. Su historial digital es... extrañamente limpio, Alexei. No hay multas de tránsito, no hay publicaciones comprometedoras, no hay rastro de metadatos más alla de sus entregas universitarias. Es como si solo existiera en el mundo lo necesario, o lo que ella quiere que el mundo sepa de ella.
Una chispa de fascinación se encendio en mi pecho. Un expediente demasiado limpio en la era digital no era una coincidencia; era una obra de arte.
—Eso significa que no solo es buena con la inteligencia artificial —comenté, pasando los dedos por el borde del papel—. Nuestra pequeña Isabella también tiene dotes de hacker. Sabe cómo borrar sus huellas. Se acaba de ganar toda mi curiosidad, Nikolai. Estoy ansioso por tenerla caminando por estos pasillos.
—O tal vez algún amigo experto en sistemas le ayudó a limpiar su rastro —sugirió Nikolai con escepticismo—. Debe tener conocidos fuera de la Universidad de San Petersburgo.
Su teoría era lógica, pero mi instinto me decia lo contrario. Acerqué la carpeta y amplié la fotografía digital adjunta en la pantalla de mi ordenador de alta resolución. Me quedé helado. La cámara de la universidad no le hacía justicia, pero la nitidez de mis monitores me permitió verla con claridad. Tenía unos ojos verdes fascinantes, afectados por una heterocromía central que dibujaba motas doradas alrededor de sus pupilas. Unos ojos que, incluso desde una maldita fotografía estática, parecían juzgarme, analizándome con una inteligencia fría y desafiante. Su cabello rubio caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su piel era tan pálida, tan traslúcida, que contrastaba de forma adictiva con el tono rosado de sus mejillas.
Era una tentación peligrosa. Una criatura que no pertenecía al lodo ni a la sangre de la Bratva.
«¿Qué tan capaz serás, mi pequeña rosa?», pensé para mis adentros, delineando inconscientemente el contorno de su rostro en la pantalla.
—Te estás fijando demasiado en la chica, Alexei —interrumpió Nikolai, rompiendo el silencio con una media sonrisa astuta.
—Tiene toda mi atención —admití sin rodeos, cerrando la carpeta con un golpe seco—. No negaré que se ganó mi curiosidad. Quiero saber de qué está hecha. Quiero ver qué pasa cuando sus espinas choquen contra mi mundo.
—Solo no olvides que estás comprometido por orden de tu padre , y ella es solo una universitaria —soltó Nikolai en tono de advertencia.
Me rei, un sonido oscuro y carente de humor que hizo eco en las paredes del despacho.
—Un compromiso que yo no pedí, Nikolai. Una alianza que, si me canso, romperé de un solo plumazo. Y ella no es una niña, tiene veintidós años; es una mujer adulta. No hay nada de malo en que me interese por las... habilidades de mis nuevas empleadas.
Mi mente seguía fija en sus facciones. Me estaba memorizando cada línea de su rostro, guardándola en el archivo de mis obsesiones. Era hermosa, una rosa con espinas ocultas, y yo siempre había tenido una debilidad por las cosas que podían hacerme sangrar.
—Deja de fantasear con la estudiante y ponte de pie —me reclamó Nikolai, golpeando dos veces el reloj de su muñeca—. Tenemos la reunión con los delegados japoneses en el puerto. Los cargamentos de armamento y la mercancía pesada ya están en el muelle. Hay un trato millonario que cerrar.
Aparte a Isabella de mis pensamientos por un par de horas. Guardé su expediente junto al de la otra practicante y salí del edificio escoltado por mi equipo de seguridad. El resto de la tarde y parte de la noche transcurrieron entre el olor a polvora, los almacenes del puerto de San Petersburgo, números con demasiados ceros y la diplomacia fría de la yakuza. Negocios de la Bratva. Sangre y dinero. Mi verdadera realidad.
Regresé a mi mansión en las afueras de la ciudad pasadas las dos de la mañana. Me quité el saco, me desabroché los primeros dos botones de la camisa y me encerré en mi despacho privado. Necesitaba el silencio de la noche y un trago de whisky escocés para apagar el ruido de mi cabeza.
Acababa de dar el primer sorbo cuando un pitido agudo y persistente provino de mi computadora portátil militar, la que estaba conectada a la red de contingencia de la empresa. Me puse alerta de inmediato, dejando el vaso sobre la mesa. Nadie atacaba esa red. Nadie tenía las coordenadas digitales para hacerlo.
Sin embargo, cuando abrí la consola de seguridad y vi qué estaba pasando, la tensión de mis hombros se disipó, reemplazada por una oleada de pura adrenalina. Alguien estaba intentando hackear mis servidores privados. Alguien estaba saltándose los cortafuegos perimetrales con una delicadeza y una velocidad asombrosas.
Rastreé la firma del código. El origen de la inyección de datos provenía de un entorno virtual aislado, pero el estilo del algoritmo de encriptación inversa era idéntico al de los proyectos de la feria tecnológica que había leído esa misma tarde.
—Esta rosa resultó ser muy traviesa —susurré al aire, y una sonrisa genuina, depredadora, se dibujó en mi rostro.
Le di un largo trago al whisky, fascinado. Ella ya había logrado desencriptar la primera capa de mi información confidencial. Aquello era una maldita locura. Nikolai se había encargado personalmente de estructurar esa seguridad con protocolos que ni el mismísimo servicio de inteligencia del gobierno ruso había podido vulnerar en años. Y una estudiante universitaria de veintidós años lo estaba logrando desde su habitación en cuestion de minutos.
Su ataque era limpio, silencioso. Si no fuera por la línea trampa oculta que Nikolai había diseñado como un anzuelo invisible, ella habría descargado mis archivos personales y se habría marchado sin dejar una sola huella en el sistema.
Apoyé el vaso de whisky y coloqué ambas manos sobre el teclado. Mis dedos comenzaron a teclear con una velocidad furiosa, bloqueando los puertos de acceso uno a uno, revirtiendo su avance y cercando su dirección IP hasta arrinconarla contra mi propio muro de seguridad. Disfruté el proceso. Sentir cómo ella intentaba contraatacar, buscando un escape digital, me encendió la sangre.
Antes de cortar la conexión por completo y dejarla fuera, decidí tomar el control de su terminal por un breve segundo. Quería que supiera que el monstruo la estaba mirando.
Tecleé una sola frase directa en su consola de comandos, borrando todo su código de la pantalla:
«Una rosa muy curiosa para ser el primer día, Isabella Conti. Te veo el lunes.»
Pasaron exactamente tres segundos antes de que su señal desapareciera por completo de la red. Había desconectado su equipo de golpe, probablemente muerta de miedo en la oscuridad.
Me recliné en mi sillón de cuero, soltando una risa suave mientras miraba la pantalla parpadear en silencio. Sentí una anticipación que no había experimentado en años. El aburrimiento de mi vida corporativa y mafiosa se había evaporado.
—Esto será muy divertido —dije en voz alta para la nada, sabiendo que el lunes por la mañana la bienvenida de las dos nuevas pasantes iba a ser inolvidable.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro